Buenos días. Es martes y las lecturas de hoy quieres mostrar que Dios no quiere la muerte de ningún hijo, sino la vida. David, en la primera lectura, nos va a mostrar el dolor que siente por la pérdida de su hijo, aunque este se haya rebelado contra su padre. Dios nos mira con esa angustia y dolor cuando nos rebelamos contra Él, porque a pesar de todo nos quiere como hijos suyos. En el evangelio Jesús demuestra la grandeza de Dios, que devuelve una niña a sus padres y cura a una mujer que tiene una fe grande. Descubramos hoy cuál es nuestra relación con Dios, si lo amamos porque creemos en Él, o porque queremos apretujarnos contra él, para que nos haga el milagro. La mujer consiguió la curación porque sólo lo tocó con fe, el resto no consiguió nada porque apretujaba a Jesús. Seamos buenos y confiemos en Dios, que es clemente y misericordioso.
1ª Lectura (2Sam 8, 9-10.14b.24-25a.30—19,3): En aquellos dias, Absalón fue a dar en un destacamento de David. Iba montado en un mulo, y, al meterse el mulo bajo el ramaje de una encina copuda, se le enganchó a Absalón la cabeza en la encina y quedó colgando entre el cielo y la tierra, mientras el mulo que cabalgaba se le escapó. Lo vio uno y avisó a Joab: «¡Acabo de ver a Absalón colgado de una encina!». Agarró Joab tres venablos y se los clavó en el corazón a Absalón.
David estaba sentado entre las dos puertas. El centinela subió al mirador, encima de la puerta, sobre la muralla, levantó la vista y miró: un hombre venía corriendo solo. El centinela gritó y avisó al rey. El rey dijo: «Retírate y espera ahí». Se retiró y esperó alli. Y en aquel momento llegó el etíope y dijo: «¡Buenas nuevas, majestad! ¡El Señor te ha hecho hoy justicia de los que se habían rebelado contra ti!». El rey le preguntó: «¿Está bien mi hijo Absalón?». Respondió el etíope: «¡Acaben como él los enemigos de vuestra majestad y cuantos se rebelen contra ti!».
Entonces el rey se estremeció, subió al mirador de encima de la puerta y se echó a llorar, diciendo mientras subía: «¡Hijo mío, Absalón, hijo mío! iHijo mío, Absalón! ¡Ojalá hubiera muerto yo en vez de ti, Absalón, hijo mío, hijo mío!». A Joab le avisaron: «El rey está llorando y lamentándose por Absalón». Así la victoria de aquel dia fue duelo para el ejército, porque los soldados oyeron decir que el rey estaba afligido a causa de su hijo. Y el ejército entró aquel día en la ciudad a escondidas, como se esconden los soldados abochornados cuando han huido del combate.
Salmo responsorial: 85
R/. Inclina tu oído, Señor, escúchame.
Inclina tu oído, Señor, escúchame, que soy un pobre desamparado; protege mi vida, que soy un fiel tuyo, salva a tu siervo que confía en ti.
Tú eres mi Dios, piedad de mí, Señor, que a ti te estoy llamando todo el día; alegra el alma de tu siervo, pues levanto mi alma hacia ti.
Porque tú, Señor, eres bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan. Señor, escucha mi oración, atiende a la voz de mi súplica.
Versículo antes del Evangelio (Mt 8,17): Aleluya. Él mismo tomó nuestras enfermedades, y cargó con nuestras dolencias. Aleluya.
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