Hoy celebramos la Transfiguración del Señor. Esta fiesta nos invita a reflexionar acerca de la presencia de Dios en medio del mundo y si somos capaces de reconocer la Gloria de Dios. Los discípulos nos cuentan su historia, que no es una fábula o un cuento, sino su experiencia cercana. Han escuchado la voz de Dios: “Este es mi hijo amado” y el Hijo de Dios les ha manifestado su resplandor con ternura y preocupación ante el miedo que sienten, Él les dice: “No temáis“. Hoy nosotros tenemos que abrir nuestros corazones y almas para dejar que la Gloria de Cristo nos acompañe y transforme, porque siempre está a nuestro lado diciéndonos: "No temáis". Seamos buenos y confiemos en Dios, que manifiesta su Gloria para el bien de todos.
1ª Lectura (Dan 7, 9-10.13-14): Durante la visión, vi que colocaban unos tronos, y un anciano se sentó; su vestido era blanco como nieve, su cabellera como lana limpísima; su trono, llamas de fuego; sus ruedas, llamaradas. Un río impetuoso de fuego brotaba delante de él. Miles y miles le servían, millones estaban a sus órdenes. Comenzó la sesión y se abrieron los libros. Mientras miraba, en la visión nocturna vi venir en las nubes del cielo como un hijo de hombre, que se acercó al anciano y se presentó ante él. Le dieron poder real y dominio; todos los pueblos, naciones y lenguas lo respetarán. Su dominio es eterno y no pasa, su reino no tendrá fin.
Salmo responsorial: 96
R/. El Señor reina altísimo sobre toda la Tierra.
El Señor reina, la Tierra goza, se alegran las islas innumerables. Tiniebla y nube lo rodean, justicia y derecho sostienen su trono.
Los montes se derriten como cera ante el dueño de toda la tierra; los cielos pregonan su justicia, y todos los pueblos contemplan su gloria.
Porque tú eres, Señor, altísimo sobre toda la Tierra, encumbrado sobre todos los dioses.
2ª Lectura (2Pe 1, 16-19): Cuando os dimos a conocer el poder y la última venida de nuestro Señor Jesucristo, no nos fundábamos en fábulas fantásticas, sino que habíamos sido testigos oculares de su grandeza. Él recibió de Dios Padre honra y gloria, cuando la Sublime Gloria le trajo aquella voz: «Éste es mi Hijo amado, mi predilecto». Esta voz, traída del cielo, la oímos nosotros, estando con él en la montaña sagrada. Esto nos confirma la palabra de los profetas, y hacéis muy bien en prestarle atención, como a una lámpara que brilla en un lugar oscuro, hasta que despunte el día, y el lucero nazca en vuestros corazones.
Versículo antes del Evangelio (Mt 17, 5): Aleluya. Este es mi Hijo muy amado, dice el Señor, en quien tengo puestas todas mis complacencias; escuchadlo. Aleluya.











































