famosa por sus laureles,
le dio Mario los papeles
de ángel y furia a escoger.
- ¿Qué duda puede caber?
- dijo la actriz impasible.
- Cualquier mujer sensible,
haciendo al sexo una injuria,
puede imitar a una furia,
pero a un ángel... ¡imposible!
Buenos días. Las lecturas hoy nos invitan a descubrir la acción de Dios en la vida de los que aceptan creer y confiar en su palabra. Por eso hoy las lecturas nos permiten descubrir dos actitudes: la de Naamán (extranjero) que sale de su tierra y consigue descubrir en su camino al Dios vivo; y la actitud de los paisanos de Jesús (judíos) que no han salido de su tierra ni han conseguido cambiar su interior y aún así se molestan cuando Jesús les recuerda que Dios actúa incluso en la vida de los extranjeros si hay un camino de conversión en el corazón. Que la Cuaresma nos sirva para caminar hacia nuestro crecimiento interior y descubramos al Dios vivo. Seamos buenos y confiemos en Dios, que nos quiere conducir hasta su monte santo.
1ª Lectura (2Re 5, 1-15): En aquellos días, Naamán, jefe del ejército del rey de Siria, era hombre notable y muy estimado por su señor, pues por su medio el Señor había concedido la victoria a Siria. Pero, siendo un gran militar, era leproso. Unas bandas de arameos habían hecho una incursión trayendo de la tierra de Israel a una muchacha, que pasó al servicio de la mujer de Naamán. Dijo ella a su señora: «Ah, si mi señor pudiera presentarse ante el profeta que hay en Samaría. Él lo curaría de su lepra». Fue (Naamán) y se lo comunicó a su señor diciendo: «Esto y esto ha dicho la muchacha de la tierra de Israel». Y el rey de Siria contestó: «Vete, que yo enviaré una carta al rey de Israel».
Entonces tomó en su mano diez talentos de plata, seis mil siclos de oro, diez vestidos nuevos y una carta al rey de Israel que decía: «Al llegarte esta carta, sabrás que te envío a mi siervo Naamán para que lo cures de su lepra». Cuando el rey de Israel leyó la carta, rasgó sus vestiduras, diciendo: «¿Soy yo Dios para repartir vida y muerte? Pues me encarga nada menos que curar a un hombre de su lepra. Daos cuenta y veréis que está buscando querella contra mí». Eliseo, el hombre de Dios, oyó que el rey de Israel había rasgado sus vestiduras y mandó a que le dijeran: «Por qué has rasgado tus vestiduras? Que venga a mí y sabrá que hay un profeta en Israel».
Llegó Naamán con sus carros y caballos y se detuvo a la entrada de la casa de Eliseo. Envió este un mensajero a decirle: «Ve y lávate siete veces en el Jordán. Tu carne renacerá y quedarás limpio». Naamán se puso furioso y se marchó diciendo: «Yo me había dicho: ‘Saldrá seguramente a mi encuentro, se detendrá, invocará el nombre de su Dios, frotará con su mano mi parte enferma y sanaré de la lepra’. El Abaná y el Farfar, los ríos de Damasco, ¿no son mejores que todas las aguas de Israel? Podría bañarme en ellos y quedar limpio». Dándose la vuelta, se marchó furioso.
Sus servidores se le acercaron para decirle: «Padre mío, si el profeta te hubiese mandado una cosa difícil, ¿no lo habrías hecho? ¡Cuánto más si te ha dicho: ‘Lávate y quedarás limpio’!». Bajó, pues, y se bañó en el Jordán siete veces, conforme a la palabra del hombre de Dios. Y su carne volvió a ser como la de un niño pequeño: quedó limpio. Naamán y toda su comitiva regresaron al lugar donde se encontraba el hombre de Dios. Al llegar, se detuvo ante él exclamando: «Ahora conozco que no hay en toda la tierra otro Dios que el de Israel».
Salmo responsorial: 41
R/. Mi alma tiene sed del Dios vivo: ¿cuándo veré el rostro de Dios?
Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío.
Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo: ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios?
Envía tu luz y tu verdad: que ellas me guíen y me conduzcan hasta tu monte santo, hasta tu morada.
Me acercaré al altar de Dios, al Dios de mi alegría; y te daré gracias al son de la cítara, Dios, Dios mío.
Versículo antes del Evangelio (Sal 129, 5.7): Espero en el Señor, espero en sus palabras; porque en Él hay misericordia y abundante redención.
No le das al pobre de lo tuyo, sino que le devuelves lo suyo. Pues lo que es común y ha sido dado para el uso de todos, lo usurpas tú solo. La tierra es de todos, no sólo de los ricos; pero son muchos menos los que no gozan de ella que los que gozan. Pagas, pues, un débito, no das gratuitamente lo que no debes. «Presta atención, sin enojarte, al pobre, y paga tu deuda, y respóndele con benignidad y mansedumbre».
Buenos días. Feliz domingo, día del Señor Resucitado. Las lecturas de hoy son una catequesis que nos enseña a descubrir que la vida del hombre sin el agua viva es una vida que siempre buscará pozos en los que calmar la sed, pero ninguno lo conseguirá. San Pablo lo tiene claro: la fe es una esperanza que no defrauda porque es el Espíritu Santo quien ha entrado en nuestros corazones inundándonos de amor. Seamos buenos, confiemos en Dios y escuchemos su voz que nos cambia el corazón.
1ª Lectura (Éx 17, 3-7): En aquellos días, el pueblo, torturado por la sed, murmuró contra Moisés: «¿Nos has hecho salir de Egipto para hacernos morir de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?». Clamó Moisés al Señor y dijo: «¿Qué puedo hacer con este pueblo? Poco falta para que me apedreen». Respondió el Señor a Moisés. «Preséntate al pueblo llevando contigo algunos de los ancianos de Israel; lleva también en tu mano el cayado con que golpeaste el río, y vete, que allí estaré yo ante ti, sobre la peña, en Horeb; golpearás la peña, y saldrá de ella agua para que beba el pueblo». Moisés lo hizo así a la vista de los ancianos de Israel. Y puso por nombre a aquel lugar Masá y Meribá, por la reyerta de los hijos Israel y porque habían tentado al Señor, diciendo: «¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?».
Salmo responsorial: 94
R/. Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón».
Venid, aclamemos al Señor, demos vítores a la Roca que nos salva; entremos a su presencia dándole gracias, aclamándolo con cantos.
Entrad, postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, creador nuestro. Porque él es nuestro Dios, y nosotros su pueblo, el rebaño que él guía.
Ojalá escuchéis hoy su voz: «No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto; cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras».
2ª Lectura (Rom 5, 1-2.5-8): Ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo. Por él hemos obtenido con la fe el acceso a esta gracia en que estamos: y nos gloriamos, apoyados en la esperanza de alcanzar la gloria de Dios. Y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado. En efecto, cuando nosotros todavía estábamos sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; en verdad, apenas habrá quien muera por un justo; por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir; mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros.
Versículo antes del Evangelio (Jn 4, 42.15): Señor, Tú eres verdaderamente el Salvador del mundo; dame agua viva para que no tenga sed.
En su onomástica, recordemos su ejemplo de fidelidad y valentía. Pidámosles que intercedan por nosotros ante Dios, para que nos conceda la gracia de mantener nuestra fe firme en medio de las pruebas y dificultades. Que su testimonio nos inspire a vivir nuestra vida con integridad y a amar a Dios sobre todas las cosas.
Hoy sábado por la mañana meditamos el evangelio de la parábola del hijo pródigo. Aunque lo que más destaca es la actitud de perdón y acogida incondicional del Padre. En la primera lectura el profeta nos da la clave: ¿qué Dios hay como Tú que perdonas y acoges y quieres eliminar el pecado y no al pecador? Esto señala la parábola: un padre que respeta la libertad de sus hijos a pesar de que ellos no se sienten hijos y se rebelan creyendo que la libertad está en los bienes materiales. El evangelista quiere que descubramos cómo actúa Dios-Padre, acoge a los publicanos y pecadores (hijo menor) y quiere que los fariseos y escribas (hijo mayor) descubran el amor que libera y acoge siempre. Y la pregunta que nos plantean las lecturas es si nosotros nos sentimos hijos amados y respetados capaces de amar o todavía buscamos otra libertad distinta de la que nos ofrece Dios a través del Amor. Seamos buenos y confiemos en Dios, que no nos trata como merecen nuestros pecados, sino con AMOR.
¿Qué Dios hay como tú, capaz de perdonar el pecado, de pasar por alto la falta del resto de tu heredad?
No conserva para siempre su cólera, pues le gusta la misericordia.
Volverá a compadecerse de nosotros, destrozará nuestras culpas, arrojará nuestros pecados a lo hondo del mar.
Concederás a Jacob tu fidelidad y a Abrahán tu bondad, como antaño prometiste a nuestros padres.
El padre les repartió los bienes.
No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.
Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad.
Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a apacentar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían ¡os cerdos, pero nadie le daba nada.
Se levantó y vino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos.
Y empezaron a celebrar el banquete.
Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello.
Él se indignó y no quería entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo.
A Blanca Quiroga y Pardo Bazán
Un ángel y el demonio, a Eva un día contemplan con amor. -y ¿qué opináis, decid, de esa obra mía?- les preguntó el Señor. | |||
| Mirando de Eva la gentil cabeza, | |||
| dijo el demonio así: | |||
| -¡La mujer! A pesar de su belleza | |||
| es inferior a mí. | |||
| ¡Sentir sin comprender! ¡Perpetua ilusa | |||
| que goza en delirar! | |||
| ¡Que tiene, sin razón, la ciencia infusa | |||
| del arte de engañar! | |||
| Uniendo la inconstancia a la hermosura | |||
| (el demonio añadió), | |||
| creedme, Señor, vuestra mejor hechura | |||
| vale menos que yo. |
| -La mujer (siguió el ángel) de tal modo | ||||
| desafía al dolor, | ||||
| que, aunque débil su fe, se arriesga a todo | ||||
| por servir al amor. | ||||
| De la santa piedad hija querida, | ||||
| ni piensa, ni hace el mal, | ||||
| y, próvida, transmite con la vida | ||||
| la sed de lo ideal. | ||||
| La mujer es tan buena (enardecido | ||||
| el ángel concluyó), | ||||
| que, aunque soy en el cielo un elegido, | ||||
| ella es mejor que yo. Tú, dotada de espíritu sublime y de gran corazón, Blanca, entre el ángel y el demonio, dime: ¿quién tiene más razón? | ||||
Buenos días. Hoy viernes de penitencia, recemos para que el Señor nos ayude a convertir nuestro corazón. Las lecturas hoy nos muestran que Dios escribe derecho con renglones torcidos. La primera lectura cuenta la historia de una injusticia cometida por los propios hermanos. La envidia lleva a oscurecer el corazón y lo venden como esclavo, pero Dios conduce la historia y esa piedra desechada se convierte en salvación para el pueblo de Israel salvándolos del hambre. Y en el evangelio Jesús nos muestra con la parábola que Dios ha arrendado una viña al pueblo de Israel, pero los labradores no dan frutos y se quedan con la viña matando al heredero. Pero Dios utiliza esa muerte injusta para traer la salvación, Cristo será la piedra desechada. Y nosotros deberíamos reflexionar si descubrimos que a pesar de nuestro pecado Dios reescribe nuestras vidas y trata de llevarnos a la salvación. Pidamos hoy a Cristo que convierta nuestra miseria en vida. Seamos buenos y confiemos en Dios, que hace maravillas si le dejamos.
1ª Lectura (Gén 37, 3-4.12-13a.17b-28): Jacob amaba a José más que a todos los otros hijos, porque le había nacido en la vejez, y le hizo una túnica con mangas. Al ver sus hermanos que su padre lo prefería a los demás, empezaron a odiarlo y le negaban el saludo.
Sus hermanos trashumaron a Siquén con los rebaños de su padre. Israel dijo a José: «Tus hermanos deben de estar con los rebaños en Siquén; ven, que te voy a mandar donde están ellos». José fue tras sus hermanos y los encontró en Dotán. Ellos lo vieron desde lejos y, antes de que se acercara, maquinaron su muerte. Se decían unos a otros: «Ahí viene el soñador. Vamos a matarlo y a echarlo en un aljibe; luego diremos que una fiera lo ha devorado; veremos en qué paran sus sueños».
Oyó esto Rubén, e intentando salvarlo de sus manos, dijo: «No le quitemos la vida». Y añadió: «No derraméis sangre; echadlo en este aljibe, aquí en la estepa; pero no pongáis las manos en él». Lo decía para librarlo de sus manos y devolverlo a su padre. Cuando llegó José al lugar donde estaban sus hermanos, lo sujetaron, le quitaron la túnica, la túnica con mangas que llevaba puesta, lo cogieron y lo echaron en un pozo. El pozo estaba vacío, sin agua.
Luego se sentaron a comer y, al levantar la vista, vieron una caravana de ismaelitas que transportaban en camellos goma, bálsamo y resina de Galaad a Egipto. Judá propuso a sus hermanos: «¿Qué sacaremos con matar a nuestro hermano y con tapar su sangre? Vamos a venderlo a los ismaelitas y no pongamos nuestras manos en él, que al fin es hermano nuestro y carne nuestra». Los hermanos aceptaron. Al pasar unos mercaderes madianitas, tiraron de su hermano; y, sacando a José del pozo, lo vendieron a unos ismaelitas por veinte monedas de plata. Estos se llevaron a José a Egipto.
Salmo responsorial: 104
R/. Recordad las maravillas que hizo el Señor.
Llamó al hambre sobre aquella tierra: cortando el sustento de pan; por delante había enviado a un hombre, a José, vendido como esclavo.
Le trabaron los pies con grillos, le metieron el cuello en la argolla, hasta que se cumplió su predicción, y la palabra del Señor lo acreditó.
El rey lo mandó desatar, el señor de pueblos le abrió la prisión, lo nombró administrador de su casa, señor de todas sus posesiones.
Versículo antes del Evangelio (Jn 3, 16): De tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo Unigénito; todo aquel que cree en Él, tiene la vida eterna.