Hoy las lecturas quieren ayudarnos a comprender la grandeza de nuestra vocación como cristianos. San Pablo nos invita a ser humildes, a sobrellevarnos los unos a los otros porque así mostramos que es la paz de Cristo la que habita en nosotros. Jesús, en el evangelio, nos invita a descubrir los caminos de Dios. Igual que somos capaces de interpretar los signos de la Tierra y sabemos si hará calor, deberíamos estar atentos a la vocación a la que nos ha llamado Dios y vivirla en plenitud, como nos ha señalado san Pablo. Seamos buenos y confiemos en Dios, que el hombre de manos inocente y puro corazón recibirá la bendición del Señor.
1ª Lectura (Ef 4, 1 -6): Yo, el prisionero por el Señor, os ruego que andéis como pide la vocación a la que habéis sido convocados. Sed siempre humildes y amables, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente con amor; esforzaos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza de la vocación a la que habéis sido convocados. Un Señor, una fe, un bautismo. Un Dios, Padre de todo, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo.
Salmo responsorial: 23
R/. Este es el grupo que viene a tu presencia, Señor.
Del Señor es la Tierra y cuanto la llena, el orbe y todos sus habitantes: él la fundó sobre los mares, él la afianzó sobre los ríos.
¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro? El hombre de manos inocentes y puro corazón, que no confía en los ídolos.
Ese recibirá la bendición del Señor, le hará justicia el Dios de salvación. Este es el grupo que busca al Señor, que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
Versículo antes del Evangelio (Cf. Mt 11, 25): Aleluya. Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has revelado los misterios del Reino a la gente sencilla. Aleluya.
Texto del Evangelio (Lc 12, 54-59):En aquel tiempo, Jesús decía a la gente: «Cuando veis una nube que se levanta en el occidente, al momento decís: ‘Va a llover’, y así sucede. Y cuando sopla el sur, decís: ‘Viene bochorno’, y así sucede. ¡Hipócritas! Sabéis explorar el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo no exploráis, pues, este tiempo? ¿Por qué no juzgáis por vosotros mismos lo que es justo? Cuando vayas con tu adversario al magistrado, procura en el camino arreglarte con él, no sea que te arrastre ante el juez, y el juez te entregue al alguacil y el alguacil te meta en la cárcel. Te digo que no saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último céntimo».
¿Cómo no sabéis interpretar el tiempo presente? (Lc 12, 54-59)
Señor Jesús, vivimos tiempos complejos, revueltos, desconcertantes. Sabemos estupendamente hacer análisis, dibujar estrategias, controlar procesos y resultados, viabilidades y logros, pero seguimos sin saber cómo arreglar este mundo nuestro herido.
Sí, Señor Jesús, este mundo nuestro herido por tanta fragilidad, por tanta miseria, por tanta injusticia, por tanta enfermedad y tanto dolor, por tanta avaricia sin fronteras, por tanta comodidad y tanta indiferencia deshumanizante. Y vas tú hoy y nos preguntas: «¿Cómo no sabéis interpretar el tiempo en que vivís?»
Señor Jesús, es todo tan grande y nosotros tan poca cosa. Todo lo que sucede y que requiere ser cambiado es de tal calibre que apenas alcanzamos a ver qué debemos hacer en nuestro alrededor más cercano.
Por eso esta mañana te digo desde lo más hondo de mi corazón: Renuévame, Señor Jesús, ya no quiero ser igual. Renuévame, pon en mi tu corazón. Porque todo lo que hay dentro de mí necesita ser cambiado, Señor, porque todo lo que hay dentro de mi corazón necesita más de Ti.
Así te lo pido. Así sea.


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