viernes, 6 de febrero de 2026

VIERNES 4º TIEMPO ORDINARIO A


Buenos días. Es viernes, donde tenemos presente la misericordia de Dios. Las lecturas presentan a dos reyes, David y Herodes. El primero es ensalzado porque, a pesar de su debilidad, Dios miró su corazón quebrantado y humillado y le concedió su alianza. El segundo, a pesar de sentir en su corazón la necesidad de misericordia, se deja llevar por las apariencias, la prepotencia y la soberbia y desoye su conciencia, y por eso cuando escucha hablar de Jesús y sus obras vuelven a él la muerte de Juan el Bautista y un deseo de que esté vivo. Oigamos la palabra de esperanza y amor: convertíos porque está cerca el Reino de los cielos y vivamos la nueva vida que Jesús nos da. Seamos buenos y confiemos en Dios, nuestro escudo y fortaleza ante la debilidad. 



1ª Lectura (Eclo 47, 2-13): Como la grasa es lo mejor del sacrificio, así David es el mejor de Israel. Jugaba con leones como con cabritos, y con osos como con corderillos; siendo un muchacho, mató a un gigante, removiendo la afrenta del pueblo, cuando su mano hizo girar la honda, y derribó el orgullo de Goliat. Invocó al Dios Altísimo, quien hizo fuerte su diestra para eliminar al hombre aguerrido y restaurar el honor de su pueblo. Por eso le cantaban las mozas, alabándolo por sus diez mil.

Ya coronado, peleó y derrotó a sus enemigos vecinos, derrotó a los filisteos hostiles, quebrantando su poder hasta hoy. De todas sus empresas daba gracias, alabando la gloria del Dios Altísimo; de todo corazón amó a su Creador, entonando salmos cada día; trajo instrumentos para servicio del altar y compuso música de acompañamiento; celebró solemnemente fiestas y ordenó el ciclo de las solemnidades; cuando alababa el nombre santo, de madrugada, resonaba el rito. El Señor perdonó su delito y exaltó su poder para siempre; le confirió el poder real y le dio un trono en Jerusalén.


Salmo responsorial: 17

R/. Bendito sea mi Dios y Salvador.

Perfecto es el camino de Dios, acendrada es la promesa del Señor; él es escudo para los que a él se acogen.

Viva el Señor, bendita sea mi Roca, sea ensalzado mi Dios y Salvador. Por eso te daré gracias entre las naciones, Señor, y tañeré en honor de tu nombre.

Tú diste gran victoria a tu rey, tuviste misericordia de tu Ungido, de David y su linaje por siempre.


Versículo antes del Evangelio (Cf. Lc 8, 15): Aleluya. Bienaventurados los que con corazón bueno y sano retienen la palabra de Dios y llevan fruto en paciencia. Aleluya.




Texto del Evangelio (Mc 6, 14-29): En aquel tiempo, se había hecho notorio el nombre de Jesús y llegó esto a noticia del rey Herodes. Algunos decían: «Juan el Bautista ha resucitado de entre los muertos y por eso actúan en él fuerzas milagrosas». Otros decían: «Es Elías»; otros: «Es un profeta como los demás profetas». Al enterarse Herodes, dijo: «Aquel Juan, a quien yo decapité, ése ha resucitado». Es que Herodes era el que había enviado a prender a Juan y le había encadenado en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, con quien Herodes se había casado. Porque Juan decía a Herodes: «No te está permitido tener la mujer de tu hermano». Herodías le aborrecía y quería matarle, pero no podía, pues Herodes temía a Juan, sabiendo que era hombre justo y santo, y le protegía; y al oírle, quedaba muy perplejo, y le escuchaba con gusto. Y llegó el día oportuno, cuando Herodes, en su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a los tribunos y a los principales de Galilea. Entró la hija de la misma Herodías, danzó, y gustó mucho a Herodes y a los comensales. El rey, entonces, dijo a la muchacha: «Pídeme lo que quieras y te lo daré». Y le juró: «Te daré lo que me pidas, hasta la mitad de mi reino». Salió la muchacha y preguntó a su madre: «¿Qué voy a pedir?». Y ella le dijo: «La cabeza de Juan el Bautista». Entrando al punto apresuradamente adonde estaba el rey, le pidió: «Quiero que ahora mismo me des, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista». El rey se llenó de tristeza, pero no quiso desairarla a causa del juramento y de los comensales. Y al instante mandó el rey a uno de su guardia, con orden de traerle la cabeza de Juan.


Se fue y le decapitó en la cárcel y trajo su cabeza en una bandeja, y se la dio a la muchacha, y la muchacha se la dio a su madre. Al enterarse sus discípulos, vinieron a recoger el cadáver y le dieron sepultura.




"Cuando lo escuchaba quedaba desconcertado, y lo escuchaba con gusto" (Mc 6, 14-29)

Señor, cuando te escucho, ¿qué siento?¿cómo me interpelan tus palabras?¿Y tus obras?¿Se me ha acostumbrado el oído a oirte hablar y ya no me conmueve tu Palabra y tus gestos solidarios en lo profundo?

Señor, cuando te escucho, ¿Me desconciertas?¿Logras descentrarme?¿Pones en tela de juicio mis seguridades y afirmaciones rotundas? ¿Desequilibras mi balanza, mi modo de mirar, mi tendencia al juicio rápido, mi murmuro en torno a los otros; interpelas mi fe, esperanza y caridad?

Señor, cuando te escucho, ¿Lo hago con gusto? ¿Dedico tiempo para hacerlo? ¿Logro reservarte espacios importantes en mi jornada para que mi mente y mi corazón se serenen y reposen tu Palabra? ¿Me dejo transformar por ella?

Señor, sabes que te escucho ya conoces mis sorderas, mis reticencias, resistencias y mis peros, por eso hoy te pido que antes de hablar, te escuche; que antes de juzgar, te escuche; que antes de dirigir, te escuche; que antes de corregir, te escuche; que antes de liarme a hacer cosas, te escuche; que antes de orar, te escuche; que antes de acompañar, te escuche; que antes de quejarme, te escuche; que antes de tirar la toalla, te escuche; que antes de buscar excusas, te escuche; que antes de perderme, te escuche.












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