Buenos días. Es viernes, donde tenemos presente la misericordia de Dios. Las lecturas presentan a dos reyes, David y Herodes. El primero es ensalzado porque, a pesar de su debilidad, Dios miró su corazón quebrantado y humillado y le concedió su alianza. El segundo, a pesar de sentir en su corazón la necesidad de misericordia, se deja llevar por las apariencias, la prepotencia y la soberbia y desoye su conciencia, y por eso cuando escucha hablar de Jesús y sus obras vuelven a él la muerte de Juan el Bautista y un deseo de que esté vivo. Oigamos la palabra de esperanza y amor: convertíos porque está cerca el Reino de los cielos y vivamos la nueva vida que Jesús nos da. Seamos buenos y confiemos en Dios, nuestro escudo y fortaleza ante la debilidad.
1ª Lectura (Eclo 47, 2-13): Como la grasa es lo mejor del sacrificio, así David es el mejor de Israel. Jugaba con leones como con cabritos, y con osos como con corderillos; siendo un muchacho, mató a un gigante, removiendo la afrenta del pueblo, cuando su mano hizo girar la honda, y derribó el orgullo de Goliat. Invocó al Dios Altísimo, quien hizo fuerte su diestra para eliminar al hombre aguerrido y restaurar el honor de su pueblo. Por eso le cantaban las mozas, alabándolo por sus diez mil.
Ya coronado, peleó y derrotó a sus enemigos vecinos, derrotó a los filisteos hostiles, quebrantando su poder hasta hoy. De todas sus empresas daba gracias, alabando la gloria del Dios Altísimo; de todo corazón amó a su Creador, entonando salmos cada día; trajo instrumentos para servicio del altar y compuso música de acompañamiento; celebró solemnemente fiestas y ordenó el ciclo de las solemnidades; cuando alababa el nombre santo, de madrugada, resonaba el rito. El Señor perdonó su delito y exaltó su poder para siempre; le confirió el poder real y le dio un trono en Jerusalén.
Salmo responsorial: 17
R/. Bendito sea mi Dios y Salvador.
Perfecto es el camino de Dios, acendrada es la promesa del Señor; él es escudo para los que a él se acogen.
Viva el Señor, bendita sea mi Roca, sea ensalzado mi Dios y Salvador. Por eso te daré gracias entre las naciones, Señor, y tañeré en honor de tu nombre.
Tú diste gran victoria a tu rey, tuviste misericordia de tu Ungido, de David y su linaje por siempre.
Versículo antes del Evangelio (Cf. Lc 8, 15): Aleluya. Bienaventurados los que con corazón bueno y sano retienen la palabra de Dios y llevan fruto en paciencia. Aleluya.
Se fue y le decapitó en la cárcel y trajo su cabeza en una bandeja, y se la dio a la muchacha, y la muchacha se la dio a su madre. Al enterarse sus discípulos, vinieron a recoger el cadáver y le dieron sepultura.
"Cuando lo escuchaba quedaba desconcertado, y lo escuchaba con gusto" (Mc 6, 14-29)
Señor, cuando te escucho, ¿qué siento?¿cómo me interpelan tus palabras?¿Y tus obras?¿Se me ha acostumbrado el oído a oirte hablar y ya no me conmueve tu Palabra y tus gestos solidarios en lo profundo?
Señor, cuando te escucho, ¿Me desconciertas?¿Logras descentrarme?¿Pones en tela de juicio mis seguridades y afirmaciones rotundas? ¿Desequilibras mi balanza, mi modo de mirar, mi tendencia al juicio rápido, mi murmuro en torno a los otros; interpelas mi fe, esperanza y caridad?
Señor, cuando te escucho, ¿Lo hago con gusto? ¿Dedico tiempo para hacerlo? ¿Logro reservarte espacios importantes en mi jornada para que mi mente y mi corazón se serenen y reposen tu Palabra? ¿Me dejo transformar por ella?
Señor, sabes que te escucho ya conoces mis sorderas, mis reticencias, resistencias y mis peros, por eso hoy te pido que antes de hablar, te escuche; que antes de juzgar, te escuche; que antes de dirigir, te escuche; que antes de corregir, te escuche; que antes de liarme a hacer cosas, te escuche; que antes de orar, te escuche; que antes de acompañar, te escuche; que antes de quejarme, te escuche; que antes de tirar la toalla, te escuche; que antes de buscar excusas, te escuche; que antes de perderme, te escuche.







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