
Madre dulcísima, acuérdate de este hijo tuyo y de la consagración que de sí mismo te hace. Y si yo, vencido por el desaliento y la tristeza, por la perturbación o el desvarío, llegase alguna vez a olvidarme de Ti, entonces, Madre mía, te pido y te suplico insistentemente, por el amor que tienes a Jesús, por sus llagas y por su Sangre, que me protejas como a hijo tuyo y no me abandones hasta que esté contigo en la Gloria. Amén.
Gloria por siempre al poder, a la sabiduría y al amor infinito de Dios por medio del Corazón de María, Madre nuestra.
Oh María, sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a Ti, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
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