Hoy martes celebramos la memoria de la Virgen María, nuestra Señora de los Dolores. Las lecturas nos enseñan que Dios ha escogido en la cruz a María, su madre, y no ha querido dejarnos solos, sino que nos ha regalado a su propia madre para que nos enseñe a vivir la fe, el amor y la esperanza, como ella. La primera lectura nos enseña a buscar siempre los carismas mayores para que, como María, seamos capaces de ponerlos al servicio de los demás. Seamos buenos y confiemos en Dios, que es fiel en sus promesas y no abandona a nadie.
1ª Lectura (1Tim 2, 1-8): Ante todo recomiendo que se hagan plegarias, oraciones, súplicas y acciones de gracias por todos los hombres; por los reyes y por todos los constituidos en autoridad, para que podamos vivir una vida tranquila y apacible con toda piedad y dignidad. Esto es bueno y agradable a Dios, nuestro Salvador, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad. Porque hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también, que se entregó a sí mismo como rescate por todos. Este es el testimonio dado en el tiempo oportuno, y de este testimonio —digo la verdad, no miento— yo he sido constituido heraldo y apóstol, maestro de los gentiles en la fe y en la verdad. Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar elevando hacia el cielo unas manos piadosas, sin ira ni discusiones.
Salmo responsorial: 27
R/. Salva, Señor, a tu pueblo.
Escucha, Señor, mi súplica cuando te pido ayuda y levanto las manos hacia tu santuario.
El Señor es mi fuerza y mi escudo, en él confía mi corazón; él me socorrió y mi corazón se alegra y le canta agradecido.
El Señor es la fuerza de su pueblo, el apoyo y la salvación de su Mesías. Salva, Señor, a tu pueblo y bendícelo porque es tuyo; apaciéntalo y condúcelo para siempre.
Versículo antes del Evangelio (Jn 3, 16): Aleluya. Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él tenga vida eterna. Aleluya.
Texto del Evangelio (Lc 2, 33-35):En aquel tiempo, el padre de Jesús y su madre estaban admirados de lo que se decía de Él. Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: «Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción -¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!- a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones».






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