Hoy sábado por la mañana las lecturas nos transmiten que la Palabra de Dios es la Verdad, es Cristo. Hoy tenemos el peligro, como advierte san Pablo, de escuchar maestros a la medida, que digan lo que queremos oír, pero la Verdad del evangelio es radical. La viuda del evangelio ha echado lo que tenía para vivir, como ofrenda a Dios, se ha entregado por completo a la providencia de Dios y no se ha guardado nada, como el resto de los oferentes que solo echan de lo que les sobra. Pablo dice a Timoteo que insista a tiempo y a destiempo en transmitir la Palabra de Dios, que no se canse, que gaste su vida, porque la recompensa no vendrá de los hombres sino de Dios. Preguntémonos hoy cómo ofrezco mi vida, como la viuda o como los que dan de lo que les sobra. Seamos buenos, confiemos en Dios y contemos al mundo las maravillas de vivir el Evangelio. Recemos por este viaje del Papa para que nos ayude a crecer en la fe.
1ª Lectura (2Tim 4, 1-8): Ante Dios y ante Cristo Jesús, que ha de juzgar a vivos y muertos, te conjuro por su venida en majestad: proclama la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, reprocha, exhorta, con toda paciencia y deseo de instruir. Porque vendrá un tiempo en que la gente no soportará la doctrina sana, sino que, para halagarse el oído, se rodearán de maestros a la medida de sus deseos y, apartando el oído de la verdad, se volverán a las fábulas. Tú estate siempre alerta; soporta lo adverso, cumple tu tarea de evangelizador, desempeña tu ministerio.
Yo estoy a punto de ser sacrificado, y el momento de mi partida es inminente. He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, me premiará en aquel día; y no sólo a mí, sino a todos los que tienen amor a su venida.
Salmo responsorial: 70
R/. Mi boca contará tu salvación, Señor.
Llena estaba mi boca de tu alabanza y de tu gloria, todo el día. No me rechaces ahora en la vejez, me van faltando las fuerzas, no me abandones.
Yo, en cambio, seguiré esperando, redoblaré tus alabanzas; mi boca contará tu auxilio, y todo el día tu salvación.
Contaré tus proezas, Señor mío, narraré tu victoria, tuya entera. Dios mío, me instruiste desde mi juventud, y hasta hoy relato tus maravillas.
Y yo te daré gracias, Dios mío, con el arpa, por tu lealtad; tocaré para ti la cítara, Santo de Israel.
Versículo antes del Evangelio (Mt 5, 3): Aleluya. Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos. Aleluya.












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