viernes, 28 de julio de 2017

ORACIÓN PARA ANTES DE CONFESARSE CON LAS JACULATORIAS DE UN PECADOR ARREPENTIDO

Dios y Señor de las misericordias, todo cubierto de confusión y penetrado del dolor de mis culpas, vengo, Señor, a tus pies. Vengo con firme resolución de abominarlas todas, y con un verdadero pesar de haber ofendido a un Dios tan bueno, tan amable y tan digno de ser amado. ¡Ay Dios mío de mi alma! ¿Esta es, Señor, la correspondencia que merecen tus piedades? ¿Este es, Dios mío, el reconocimiento que Tú esperas de mí, después de haberme amado, hasta derramar tu preciosa sangre para librarme de mi eterna perdición? Sí, señor, yo he sido contigo muy vil e ingrato. He despreciado tu santa ley, de tus mismos beneficios he hecho armas para ofenderte, he tenido el atrevimiento de pecar en tu misma presencia, y siendo delante de Ti más despreciable que un gusano de tierra, te he dicho, si no de palabra al menos con las obras, que no te quiero servir. ¿Qué hubiera sido de mí si me hubieses querido castigar como yo merecía? ¿Cuántos pecadores arden por ventura en el infierno por menores culpas que las que yo he cometido? ¿Qué he de hacer ahora sino arrojarme a tus pies y confesar mis maldades, ya que con tan gran bondad quieres recibirme a penitencia? Oh Padre misericordiosísimo, a tus brazos me arrojaré como el hijo pródigo, confesaré enteramente todas mis culpas en este santo tribunal de tu clemencia, y no desecharás Tú los sentimientos de mi corazón contrito y humillado, antes recibiéndome en tu gracia y amistad me restituirás el título de hijo tuyo y el derecho a tu eterna gloria.

JACULATORIAS DE UN PECADOR ARREPENTIDO

Compadécete, Señor, compadécete de mí, según la grandeza de tus misericordias.
Perdóname mis culpas, por tu bondad infinita, por los merecimientos de Jesucristo y de su santísima Madre.
¿A dónde iré, Dios mío? ¿A dónde iré para huir de los terrores del infierno sino al seno de tu infinita clemencia?
¡Gravemente te ofendí, Creador y Padre mío! Pero yo sé que tu bondad es incomparablemente mayor que mi malicia.
En Ti hallará paz mi alma, Tú restituirás la tranquilidad a mi espíritu, y cesará de remorderme la conciencia culpable.
Llagada está mi alma. Solo Tú puedes curarme, porque eres mi médico celestial.
Tarde vengo a Ti, y lleno de rubor y confusión, cuando mis pecados se han multiplicado sobre los cabellos de mi cabeza.
Acuérdate ahora de tu gran misericordia, Tú, que ves el abismo de mi gran miseria.
He pecado, Señor, contra Ti, he obrado el mal en tu presencia; y te he vuelto a ofender después de haberme ya perdonado.
Destruye con tu gracia esta ley del pecado que me oprime, muéstrate desde hoy más fuerte para salvarme que yo soy débil para perderme.
Confieso que no hay otra cosa en mí que flaqueza, mentira y pecado; solo de tu gracia espero todo mi bien.
Sácame, Señor, de los peligros del infierno, y dame tu mano para ponerme en el camino del cielo.
¡Oh dulce Salvador de mi alma! He hecho firme propósito de guardar de hoy en adelante tus santos mandamientos.
Confirma pues, Señor, la resolución de mi voluntad, con la maravillosa virtud de tu divina gracia.
Clava mis carnes con tu santo temor, que es cosa horrenda caer en las manos de tu espantosa Justicia.
No permitas que ninguna cosa de este mundo me separe de Ti; ni la pobreza ni la riqueza, ni la honra ni la deshonra, ni la salud ni la enfermedad, ni la vida ni la muerte.
¡Dios mío! ¡Creador mío! ¡Jesús mío! Antes morir mil veces que ofenderte. Envíame la muerte si sabes que de abusar de la vida para agraviarte y pecar gravemente contra Ti. 
Me basta haber sido ya un monstruo de ingratitud, no quiero afear más en mí la hermosura de tu imagen y semejanza.
Podías repentinamente condenarme cuando pequé; si ahora me perdonas, me haces un beneficio igual al que me hicieras librándome del infierno.
¡Qué hombre ha sido tan ingrato a otro hombre como lo he sido yo contigo, Dios mío, Rey mío y Padre mío!
No puedo sin lágrimas acordarme de tanta ingratitud; recíbelas, Señor, y mézclalas con la preciosísima sangre de mi Redentor adorable.
¿Qué hubiera sido de mí si mi buen Jesús no hubiese muerto por mí? Pon, Señor, los ojos en esa víctima de propiciación por nuestros pecados.
¡Malditos los abominables placeres que me habían hecho perder para siempre las delicias eternas de tu paraíso!
¡Malditos los torpísimos gustos que había de pagar con sempiternos suplicios!
¡Malditas ambiciones, las que me costaban la pérdida de la gloria inmortal de los cielos!
¡Maldita codicia, la que me sumergía en el abismo de eterna miseria!
¡Malditas aficiones desordenadas de mi corazón, las que me apartaban de Ti que eres el único centro de mi alma, en donde solo puedo hallar descanso y reposo!
No merezco levantar los ojos a Ti, Dios mío, y apenas me atrevo a llamarte con el nombre de Padre.
Pero no me desprecies, Señor, y no mires la multitud de mis pecados sino la grandeza de tu misericordia.
Por tu amor aborrezco todas mis culpas, y las detesto más que a la muerte y al infierno.
Te amo ahora tanto, oh Bien mío, que aunque no hubiera infierno ni paraíso, me pesaría con toda mi alma haberte agraviado.
Estoy resuelto a cambiar de vida con tu gracia, y a amarte tanto como te he ofendido.
Lejos de mí, perversos amigos, cómplices de mis iniquidades; desde hoy solo quiero ser amigo de Dios y de los que le aman y sirven.
Lejos de mí, ocasiones de pecar, lazos del infierno; desde hoy huyo de las sendas de la maldad, y solo quiero andar por el camino de la virtud y de la voluntad divina.
Mucho he servido al mundo, al demonio y a la carne; desde hoy solo quiero servir a mi Dios.
Mucho tiempo de mi vida he perdido; lo que falta ha de ser para prepararme a la eternidad, sirviendo con toda fidelidad a mi Dios.