En Zamora hay una torre,
en la torre hay un balcón,
en el balcón una niña:
su madre la peina al sol.
Ha pasado un caballero,
(¡quién sabe por qué pasó!)
y al ver a la blanca niña,
volver de noche pensó.
Embozado en negra capa
el caballero volvió,
y antes de salir la luna,
la niña se apareció.
Desde el balcón a la calle,
desde la calle al balcón,
si palabras de amor suben,
bajan palabras de amor.
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Pasada la media noche,
cuando quebraba el albor,
el conde vuelve de caza
de los montes de León.
Salióle al paso la niña;
–Por aquí paséis, señor,
tengo en mi lecho un hermano
que malherido cayó.
No entréis en la alcoba, Conde...
–Dejadme pasar, por Dios,
que yerbas traigo del monte
y habré de sanarle yo.

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