A Vos, Reina del mundo, elevamos nuestros ojos. Debiéndonos presentar delante de nuestro Juez después de haber cometido tantos pecados, ¿quién podrá aplacarle? Nadie mejor que Vos, oh santa Señora, Vos que tanto le amáis y estáis de Él tan tiernamente enamorada. Abrid, pues, oh Madre de misericordia, vuestro corazón a nuestros suspiros y a nuestros ruegos. Nosotros nos refugiamos bajo vuestra protección; aplacad la cólera de vuestro Hijo y reponednos en su gracia. Vos no aborrecéis al pecador, por criminal que sea; Vos no le despreciáis si suspira por Vos y arrepentido implora vuestra intercesión. Vos, con vuestra liberal mano, le libráis de la desesperación, le infundís esperanza, le consoláis y no le abandonáis hasta reconciliarle con su Juez.
Vos sois la única mujer en la cual el Salvador encontró su esposa, y ha depositado a manos llenas sus tesoros. Por esto todo el mundo, oh santa Señora mía, honra vuestro casto seno como templo de Dios, en el que empezó la salvación del mundo, y se verificó la reconciliación entre Dios y los hombres. Vos sois, oh gran Madre de Dios, el huerto cerrado en el que no penetró jamás la mano del pecador para coger las flores. Vos sois el hermoso jardín en el que Dios ha colocado las flores que adornan a la Iglesia, y entre otras la violeta de la humildad, la azucena de vuestra pureza y la rosa de vuestra caridad. ¿Con quién podré compararos, oh Madre de gracia y hermosura? Vos sois el paraíso de Dios. De Vos ha salido el manantial de agua viva que fecunda toda la tierra. ¡Cuántos beneficios ha recibido el mundo de Vos, que merecisteis ser un acueducto tan saludable!

¡Oh, santa Señora!, fortaleced nuestra debilidad. Y ¿quién puede hablar a Nuestro Señor Jesucristo mejor que Vos, que gozáis con tanta intimidad de su dulcísima conversación? Hablad, hablad, Señora, pues vuestro Hijo os escucha y alcanzáis de Él cuanto le pedís.
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