Gracias Padre, que nos amaste tanto que nos diste a tu Hijo.
Gracias Jesús, por haberte hecho niño para salvarnos.
Gracias Padre, que nos amaste tanto que nos diste a tu Hijo.
Gracias Jesús, por haberte hecho niño para salvarnos.
Oh, bendito San Juan Cancio, tú viviste en carne propia los efectos de la venganza, luego de que tus compañeros hicieran que te alejaras por un tiempo de tu vocación, y compartiste siempre con las personas la importancia de alejar por completo de nuestra vida las malas palabras, los chismes, las ofensas y los deseos de hacer mal al prójimo.
Es por esta razón que hoy recurro a ti, para que me ayudes a mantener aquello para lo que Dios me dio mi voz y mis pensamientos, y me alejes de la tendencia de destruir a los demás con ellos. Te pido intercedas por mí para que el Señor Todopoderoso me dé la sabiduría necesaria para que por mi mente y por mi boca solo pasen palabras positivas.
Ayúdame a elevar esta humilde plegaria a los cielos, para que este deseo de venganza y ofensa desaparezca por completo de mí, que mi alma tenga la tranquilidad necesaria y que, con el amor de nuestro Dios, aprenda a perdonar, a olvidar y a soltar. Por la gracia y la dulce presencia del Señor confío plenamente en que así será, y que tu maravillosa intercesión será clave en ello. Amén.
“Te llenarás de alegría y gozo, y muchos se alegrarán de su nacimiento” (Lc 1,5-25)
Señor Jesús ¡cómo me gustaría sentir eso que el ángel le dijo a Zacarías! ¡Cómo me gustaría vivir en estado de alegría y gozo permanente, que nada ni nadie me quitara la alegría que de ti procede y que se nutre en lo profundo! ¡Cómo me gustaría cantar maranathá porque sé que te acercas, que estás a las puertas y que ninguna de nuestras cegueras, de nuestras rencillas y divisiones es capaz de parar la fuerza de la vida verdadera!
Te pido en esta mañana que me acompañes, que me llenes de alegría y gozo, y que con muchos me alegre de tu nacimiento!
Señor Jesús ¡hay tantos motivos que apagan mi alegría y dejan sin fundamento a ese gozo del que nos habla tu palabra! Vivo rodeado de personas que no respetan a los demás, de gente que impone su ideología gritando más, de personas que parece que sólo piensan en hacer el mal y en hablar mal de los demás, de gente que sufre por mil y un motivos, de personas enfermas que apenas pueden sostener una ligera sonrisa, de gente que ve en estas fiestas solo fachada, obligación y cumplimiento!
Por eso, Señor Jesús, te pido en esta mañana que me llenes de alegría y gozo, esos que sólo proceden de saberte cerca, de saberte con nosotros, Dios. Esa alegría que surge cuando hay verdad y cuando somos capaces de rescatar lo genuino de las cosas, de los acontecimientos y, sobre todo, de las personas.
Haz que contribuya con mi vida cotidiana a que muchos se alegren de tu nacimiento. Te lo pido convencido de que sólo tú puedes hacerlo.
Así sea.


Albina -nombre latino que significa “blanca”, en el sentido de pura, inmaculada- nació en Cesarea de Palestina el año 238, en el seno de una ilustre familia, siendo una muchacha de extraordinaria belleza y rara inteligencia, y que, conforme a su ideal cristiano, transcurría las horas diurnas y nocturnas dedicándose al ayuno, a la oración y a las limosnas.
Debido a su fe cristiana, la joven sufrió el martirio en el año 250, en tiempos del emperador Cayo Mesio Quinto Decio, quien había ordenado que todos los ciudadanos del Imperio hicieran acto de fidelidad al emperador y a la fe de los dioses bajo pena de muerte, haciéndolo luego plasmar en el documento conocido como libellum.
De este modo, Albina, como era conocida por ser hija de ilustre familia y se sabía que era cristiana, fue detenida al negarse a sacrificar a los dioses y sometida a diversas torturas ante los ojos del emperador Decio, pero nunca accedió a abjurar de su fe. La joven, llena del Espíritu Santo, no tenía miedo de las torturas y por un prodigio divino estas no hicieron efecto en su cuerpo.
Derramaron plomo fundido sobre ella, pero este se endureció al contacto con su cuerpo. Le vertieron en la boca aceite hirviendo, pero este se enfrió al tocar sus labios. Le acercaron antorchas al cuerpo y estas se apagaron al rozarla. Después de todo ello, fue llevada a un horno, desnudada, untada con aceite y arrojada a las llamas, pero estas se extinguieron y fue imposible reavivarlas.
Después de ello, el césar trató de convencerla con lisonjas, con oro y plata, con promesas de poder, pero ella se declaró esposa del Señor y nada pareció persuadirla. “Yo nunca dejaré de confesar mi fe en Cristo, mi Señor, en el cual confía mi alma y en honor del cual elevo mis alabanzas”. Tales palabras son consideraras su testamento espiritual.
De modo que se dio orden de que fuera golpeada hasta la sangre con bastones nudosos, pero estos cayeron de las manos de los verdugos y los brazos se les quedaron secos. Finalmente fue llevada al exterior de la ciudad y decapitada, según la tradición, al atardecer del 16 de diciembre del año 250. En ese momento Albina tenía solo doce años de edad, es decir, era poco más que una niña.
“Las obras que yo hago dan testimonio de mí” (Jn 5, 33-36)
Señor Jesús, obras. Quieres obras. Ya dicen que obras son amores y no buenas razones. Quieres obras que hablen por sí mismas, por sí solas. Obras que hablen sin pronunciar palabra alguna. Obras que todo el mundo entienda sin saber más idioma que el amor.
Señor Jesús, obras. Quieres obras. Obras que hablen de vida, de alegría, de ilusión, de compromiso, de vida y esperanza para todos. Obras humanas que hablen de Dios. Obras divinas que humanicen lo más divino y divinicen lo más humano.
Señor Jesús, obras. Quieres obras. Obras que testimonien aquello que creemos. Obras que digan verdaderamente qué somos, qué esperamos y quién es la razón primera y última de nuestra vida. Obras sencillas, cotidianas, domésticas. Obras... nada más.
Eso seguro quieres hoy de nosotros. Obras en tu nombre. Obras que den testimonio de que en tu nombre todo es posible.
Así te lo pido. Así sea.
Glorioso san Juan de la Cruz, a quien el Señor quiso destinar para compartir con santa Teresa de Jesús los trabajos de la insigne Reforma de la Orden del Carmelo, hasta poblar a España de monasterios de descalzos que hicieron célebre vuestro nombre, y venerada vuestra memoria: yo os felicito porque os cupo tan gran dicha, así como por la felicidad de que gozáis en el cielo, en justo premio de tantas y tan grandes virtudes; y os pido me alcancéis de Dios un gran amor a la Sacratísima Virgen María, que fue el principal distintivo de vuestra gloriosa vida, para que, sirviéndola aquí en la Tierra, pueda gozar de ella con Vos en el Cielo. Amén.