Buenos días. La misericordia del Señor está siempre disponible para el que se reconoce pecador y necesitado del Amor de Dios, pero la soberbia nos empuja a desconfiar de Dios y creer que todo podemos hacerlo por nuestras fuerzas, lo que nos hace despreciar a todo el que nosotros juzgamos que es indigno. Nos convertimos en jueces y ya nos enseña en NT: “No juzguéis, y no seréis juzgados… porque la medida que usemos la usará nuestro Padre con nosotros”. Por eso la humildad y el corazón que se sabe pecador recibirá la misericordia. Seamos buenos y confiemos en Dios, que no desprecia un corazón quebrantado y humillado.
1ª Lectura (Os 6, 1-6): «Venid, volvamos al Señor. Porque Él ha desgarrado, y Él nos curará; Él nos ha golpeado, y Él nos vendará. En dos días nos volverá a la vida y al tercero nos hará resurgir; viviremos en su presencia y comprenderemos. Procuremos conocer al Señor. Su manifestación es segura como la aurora. Vendrá como la lluvia, como la lluvia de primavera que empapa la tierra». ¿Qué haré de ti, Efraín, qué haré de ti, Judá? Vuestro amor es como nube mañanera, como el rocío que al alba desaparece. Sobre una roca tallé mis mandamientos; los castigué por medio de los profetas con las palabras de mi boca. Mi juicio se manifestará como la luz. Quiero misericordia y no sacrificio, conocimiento de Dios, más que holocaustos.
Salmo responsorial: 50
R/. Quiero misericordia, y no sacrificios.
Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado.
Los sacrificios no te satisfacen: si te ofreciera un holocausto, no lo querrías. El sacrificio agradable a Dios es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú, oh, Dios, tú no lo desprecias.
Señor, por tu bondad, favorece a Sión, reconstruye las murallas de Jerusalén: entonces aceptarás los sacrificios rituales, ofrendas y holocaustos.
Versículo antes del Evangelio (Sal 94, 8): Hoy no endurezcáis vuestros corazones y oíd la voz del Señor.
Texto del Evangelio (Lc 18, 9-14): En aquel tiempo, Jesús dijo también a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, esta parábola: «Dos hombres subieron al templo a orar; uno fariseo, otro publicano. El fariseo, de pie, oraba en su interior de esta manera: ‘¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano. Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias’. En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: ‘¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!’. Os digo que este bajó a su casa justificado y aquel no. Porque todo el que se ensalce será humillado, y el que se humille será ensalzado».
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