miércoles, 4 de marzo de 2026

MIÉRCOLES 2º DE CUARESMA A


Buenos días. Es miércoles. Hoy destacamos una realidad: el hombre justo padece en el mundo la maldad y el pecado. ¿Cómo los superamos? Confiando en Dios, único que comprende lo que significa la injusticia. El profeta se pregunta: ¿Es que se paga el bien con el mal? Y Cristo anuncia el desenlace de su camino a Jerusalén con la Pasión, muerte y Resurrección. ¿Entendemos y confiamos en que Dios nos dará parte de su gracia y vida? ¿O todavía no hemos entendido que el poder de Cristo nace del bien y la entrega sin medida? Seamos buenos y confiemos en Dios, que nos libra de todo mal si confiamos y esperamos en su promesa.




1ª Lectura (Jer 18, 18-20): Algunos dijeron: «Venga, tramemos un plan contra Jeremías porque no faltará la ley del sacerdote, ni el consejo del sabio, ni el oráculo del profeta. Venga, vamos a hablar mal de él y no hagamos caso de sus oráculos». Hazme caso, Señor, escucha lo que dicen mis oponentes. ¿Se paga el bien con el mal?, ¡pues me han cavado una fosa! Recuerda que estuve ante ti, pidiendo clemencia por ellos, para apartar tu cólera.


Salmo responsorial: 30

R/. Sálvame, Señor, por tu misericordia.

Sácame de la red que me han tendido, porque tú eres mi amparo. A tus manos encomiendo mi espíritu: tú, el Dios leal, me librarás.

Oigo el cuchicheo de la gente, y todo me da miedo; se conjuran contra mí y traman quitarme la vida.

Pero yo confío en ti, Señor; te digo: «Tú eres mi Dios». En tu mano está mi destino: líbrame de los enemigos que me persiguen.


Versículo antes del Evangelio (Jn 8, 12): Yo soy la luz del mundo, dice el Señor; el que me sigue tendrá la luz de la vida.


Texto del Evangelio (Mt 20, 17-28): En aquel tiempo, cuando Jesús iba subiendo a Jerusalén, tomó aparte a los Doce, y les dijo por el camino: «Mirad que subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y escribas; le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles, para burlarse de Él, azotarle y crucificarle, y al tercer día resucitará».
Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, y se postró como para pedirle algo. Él le dijo: «¿Qué quieres?». Dícele ella: «Manda que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y otro a tu izquierda, en tu Reino». Replicó Jesús: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber?». Dícenle: «Sí, podemos». Díceles: «Mi copa, sí la beberéis; pero sentarse a mi derecha o mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado por mi Padre».
Al oír esto los otros diez, se indignaron contra los dos hermanos. Mas Jesús los llamó y dijo: «Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo; de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos».

 









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