Buenos días. Feliz domingo 2º de Cuaresma. Día de la nueva creación. Hoy las lecturas señalan la gloria que esperamos alcanzar. En el evangelio de Mateo, Cristo se presenta como heredero de las promesas del Antiguo Testamento y abrirá el camino de la gloria. Pero este camino hay que vivirlo con fe, como Abraham, poniéndonos en camino, recorriendo la vida y tomando parte en los duros trabajos del evangelio. Por eso Jesús quiere mostrarnos que todo las dificultades que vivamos o la dureza del camino nos llevará a la gloria si tenemos fe. Seamos buenos y confiemos en Dios, que es nuestro auxilio y salvación.
1ª Lectura (Gén 12,1-4a): En aquellos días, el Señor dijo a Abrán: «Sal de tu tierra y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré. Haré de ti un gran pueblo, te bendeciré, haré famoso tu nombre, y será una bendición. Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan. Con tu nombre se bendecirán todas las familias del mundo». Abrán marchó, como le había dicho el Señor.
Salmo responsorial: 32
R/. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.
La palabra del Señor es sincera, y todas sus acciones son leales; él ama la justicia y el derecho, y su misericordia llena la tierra.
Los ojos del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia, para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre.
Nosotros aguardamos al Señor: él es nuestro auxilio y escudo. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.
2ª Lectura (2Tim 1, 8b-10): Toma parte en los duros trabajos del Evangelio, según la fuerza de Dios. Él nos salvó y nos llamó a una vida santa, no por nuestros méritos, sino porque, desde tiempo inmemorial, Dios dispuso darnos su gracia, por medio de Jesucristo; y ahora, esa gracia se ha manifestado al aparecer nuestro Salvador Jesucristo, que destruyó la muerte y sacó a la luz la vida inmortal, por medio del Evangelio.
Versículo antes del Evangelio (Cf. Mt 17, 5): En la nube resplandeciente se oyó la voz del Padre: «Éste es mi Hijo el amado; oídle».

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