¡Oh loable santa Francisca! Qué bien supiste no sólo superar los respetos humanos, sino buscar cada oportunidad para despreciarlos y demostrar que solo tú estabas presionando el servicio a Dios y la gloria que le llega. Sin embargo, nosotros, tibios y negligentes en el servicio al Señor, por temor a los juicios falaces de los hombres, a menudo no lo hacemos bien, descuidamos nuestros propios deberes por un respeto humano básico, y poco o nada tememos a los poderosos juicios de Dios. Oigamos y busquemos una llama viva y una gracia eficaz para que no tengamos otro ámbito que Dios, que será nuestro juez y en manos de quien está nuestro destino. Por Cristo, nuestro Señor. Amén.

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