Hoy martes leemos que Dios invita a la conversión del corazón para descubrir su Amor. La primera lectura nos muestra al profeta que describe la situación de Israel que se está apartando de Dios; eso lleva al pueblo a la muerte y pide perdón y que Dios tenga misericordia. En el evangelio Jesús muestra a los discípulos que si escuchamos la Palabra de Dios y somos fieles a ella, a pesar del mal en el mundo, alcanzaremos la Gloria. Pidamos hoy a Dios mantenernos firmes en la fe y no dejar que la cizaña contamine nuestro corazón. Seamos buenos y confiemos en Dios, que nos mira con paciencia y misericordia.
1ª Lectura (Jer 14,17-22): Mis ojos se deshacen en lágrimas, día y noche no cesan: por la terrible desgracia de la Doncella de mi pueblo, una herida de fuertes dolores. Salgo al campo: muertos a espada; entro en la ciudad: desfallecidos de hambre; tanto el profeta como el sacerdote vagan sin sentido por el país. «¿Por qué has rechazado del todo a Judá? ¿Tiene asco tu garganta de Sión? ¿Por qué nos has herido sin remedio? Se espera la paz, y no hay bienestar, al tiempo de la cura sucede la turbación. Señor, reconocemos nuestra impiedad, la culpa de nuestros padres, porque pecamos contra ti. No nos rechaces, por tu nombre, no desprestigies tu trono glorioso; recuerda y no rompas tu alianza con nosotros. ¿Existe entre los ídolos de los gentiles quien dé la lluvia? ¿Soltarán los cielos aguas torrenciales? ¿No eres, Señor Dios nuestro, nuestra esperanza, porque tú lo hiciste todo?».
Salmo responsorial: 78
R/. Líbranos, Señor, por el honor de tu nombre.
No recuerdes contra nosotros las culpas de nuestros padres; que tu compasión nos alcance pronto, pues estamos agotados.
Socórrenos, Dios salvador nuestro, por el honor de tu nombre; líbranos y perdona nuestros pecados, a causa de tu nombre.
Llegue a tu presencia el gemido del cautivo: con tu brazo poderoso salva a los condenados a muerte. Mientras, nosotros, pueblo tuyo, ovejas de tu rebaño, te daremos gracias siempre, contaremos tus alabanzas de generación en generación.
Versículo antes del Evangelio: Aleluya. La semilla es la palabra de Dios, Cristo el sembrador; todo el que lo encuentra, permanece para siempre. Aleluya.
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