Buenos días. Feliz Navidad. Día 7º de la Octava. Hoy por la mañana las lecturas nos recuerdan que el plan de Dios desde el principio de la creación ha sido que el hombre conozca el Amor de Dios y viva unido a Él. Por eso, san Juan, en el evangelio y en la carta de hoy, nos cuenta que los que viven unidos a Dios no han nacido de carne, ni de sangre, sino de la fe y quien ha nacido de esta manera sabe descubrir la Verdad, la Palabra auténtica que lleva a dejar atrás la mentira y el engaño de lo antiguo y aparente, de lo pasajero. Y así, nos alegramos porque llega el Señor a regir la Tierra con misericordia y fidelidad. Seanos buenos y confiemos en Dios, porque su Palabra se ha hecho carne y habita en nosotros.
1ª Lectura (1Jn 2,18-21): Hijos míos, es el momento final. Habéis oído que iba a venir un Anticristo; pues bien, muchos anticristos han aparecido, por lo cual nos damos cuenta que es el momento final. Salieron de entre nosotros, pero no eran de los nuestros. Si hubiesen sido de los nuestros, habrían permanecido con nosotros. Pero sucedió así para poner de manifiesto que no todos son de los nuestros. En cuanto a vosotros, estáis ungidos por el Santo, y todos vosotros lo conocéis. Os he escrito, no porque desconozcáis la verdad, sino porque la conocéis, y porque ninguna mentira viene de la verdad.
Salmo responsorial: 95
R/. Alégrese el cielo, goce la tierra.
Cantad al Señor un cántico nuevo, cantad al Señor, toda la tierra; cantad al Señor, bendecid su nombre, proclamad día tras día su victoria.
Alégrese el cielo, goce la tierra, retumbe el mar y cuanto lo llena; vitoreen los campo y cuanto hay en ellos, aclamen los árboles del bosque.
Delante del Señor, que ya llega, ya llega a regir la tierra: regirá el orbe con justicia y los pueblos con fidelidad.
Versículo antes del Evangelio (Jn 1,14a.12a): Aleluya. Aquel que es la Palabra se hizo hombre y habitó entre nosotros. A todos los que lo recibieron les concedió poder llegar a ser hijos de Dios. Aleluya.
Texto del Evangelio (Jn 1,1-18): En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe. En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron.
Hubo un hombre, enviado por Dios: se llamaba Juan. Éste vino para un testimonio, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por Él. No era él la luz, sino quien debía dar testimonio de la luz.
La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; la cual no nació de sangre, ni de deseo de hombre, sino que nació de Dios. Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad.
Juan da testimonio de Él y clama: «Éste era del que yo dije: El que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo». Pues de su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia. Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo. A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, Él lo ha contado.
Buenos días. Feliz Navidad. Día 6º de la Octava. Continuamos leyendo el pasaje del Evangelio de Lucas que nos presenta hoy a la profetisa Ana, mujer que no se aparta del Templo sirviendo a Dios, que es capaz de reconocer al Mesías y que sus labios no pueden dejar de hablar de la Salvación que ha llegado. Juan, en la primera lectura, nos muestra que el camino de la salvación está en unirnos a Dios, servir a Dios y descubrir el proyecto de Dios: el Amor. La profetisa no conoce la magnitud de lo que viene, pero sabe que es de Dios. ¿Y nosotros, descubriremos a Dios y nos uniremos a su corazón para poder crecer en sabiduría y gracia delante de los hombres y de Dios? Seamos buenos, confiemos en Dios y vivamos el mandamiento nuevo del Amor.
1ª Lectura (1Jn 2, 12-17): Os escribo, hijos míos, que se os han perdonado vuestros pecados por su nombre. Os escribo, padres, que ya conocéis al que existía desde el principio. Os escribo, jóvenes, que ya habéis vencido al Maligno. Os repito, hijos, que ya conocéis al Padre. Os repito, padres, que ya conocéis al que existía desde el principio. Os repito, jóvenes, que sois fuertes y que la palabra de Dios permanece en vosotros, y que ya habéis vencido al Maligno. No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguno ama al mundo, no está en él el amor del Padre. Porque lo que hay en el mundo –las pasiones de la carne, y la codicia de los ojos, y la arrogancia del dinero–, eso no procede del Padre, sino que procede del mundo. Y el mundo pasa, con sus pasiones. Pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.
Salmo responsorial: 95
R/. Alégrese el cielo, goce la Tierra
Familias de los pueblos, aclamad al Señor, aclamad la gloria y el poder del Señor, aclamad la gloria del nombre del Señor.
Entrad en sus atrios trayéndole ofrendas, postraos ante el Señor en el atrio sagrado, tiemble en su presencia la Tierra toda.
Decid a los pueblos: «El Señor es rey, él afianzó el orbe, y no se moverá; él gobierna a los pueblos rectamente».
Versículo antes del Evangelio: Aleluya, aleluya. Un día sagrado ha brillado para nosotros. Vengan, naciones, y adoren al Señor, porque hoy ha descendido una gran luz sobre la Tierra. Aleluya.
Texto del Evangelio (Lc 2, 36-40): Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad avanzada; después de casarse había vivido siete años con su marido, y permaneció viuda hasta los ochenta y cuatro años; no se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones. Como se presentase en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba del Niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.
Así que cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El Niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre Él.
La gracia de Dios acompañaba a Jesús. La gracia de Dios te acompaña a ti para que crezcas cada día más en entrega, en felicidad, en esperanza, en sabiduría, en fe...
“Señor, acompáñame, aunque a veces te olvide”. “Ayúdanos a descubrir tu cercanía”. “Enséñanos a ser buenos acompañantes”.
Donde acaba la ciudad y empieza el miedo, donde terminan los caminos y empiezan las preguntas, cerca de los pastores y lejos de los dueños, en el calor de María y en el frío del invierno, viniendo de la eternidad y gestándose en el tiempo, salvación poderosa para todos en una fragilidad recién nacida, liberador de todos los yugos atado a un edicto del imperio, rebajado hasta un pesebre de animales el que a todos nos sube hasta los cielos, nació el Hijo del Padre, Jesús, el hijo de María.
Sólo abajo está el Señor del mundo que nosotros soñamos en lo alto. Aquí se ve la grandeza de Dios contemplando la humildad de este pequeño. Aquí está la lógica de Dios, rompiendo el discurso de los sabios. Aquí ya está toda la salvación de Dios que llenará todos los pueblos y los siglos.
Buenos días. Feliz Navidad. Hoy lunes 5º día de la Octava de Navidad las lecturas nos muestran a Cristo Luz del mundo. La primera lectura nos habla de que el mandamiento del Amor no es nuevo, la novedad viene de cómo Cristo nos habla de ese amor. Y nos enseña que si no vivimos amando como Él, entonces significa que dentro de nosotros todavía hay oscuridad y no hemos llegado a la auténtica felicidad. Y en el evangelio Simeón señala que sus ojos ciegos y ancianos han visto la Luz, la salvación en el niño frágil e inocente. La Luz ha venido al mundo y los que se dejan iluminar se sienten llenos de alegría. Los que se dejan iluminar se convertirán en espejos que reflejan la Luz que ilumina desde el Cielo. Seamos buenos, confiemos en Dios y contemos sus maravillas a todas las naciones.
1ª Lectura (1Jn 2, 3-11): En esto sabemos que conocemos a Jesús: en que guardamos sus mandamientos. Quien dice: «Yo le conozco», y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso, y la verdad no está en él. Pero quien guarda su palabra, ciertamente el amor de Dios ha llegado en él a su plenitud. En esto conocemos que estamos en él. Quien dice que permanece en él debe vivir como vivió él.
Queridos, no os escribo un mandamiento nuevo, sino el mandamiento antiguo que tenéis desde el principio. Este mandamiento antiguo es la palabra que habéis escuchado. Y, sin embargo, os escribo un mandamiento nuevo —lo cual es verdadero en él y en vosotros—, pues las tinieblas pasan, y la luz verdadera brilla ya. Quien dice que está en la luz y aborrece a su hermano está aún en las tinieblas. Quien ama a su hermano permanece en la luz y no tropieza. Pero quien aborrece a su hermano está en las tinieblas, camina en las tinieblas, no sabe a dónde va, porque las tinieblas han cegado sus ojos.
Salmo responsorial: 95
R/. Alégrese el cielo, goce la tierra.
Cantad al Señor un cántico nuevo, cantad al Señor, toda la tierra; cantad al Señor, bendecid su nombre.
Proclamad día tras día su victoria. Contad a los pueblos su gloria, sus maravillas a todas las naciones.
El Señor ha hecho el cielo; honor y majestad lo preceden, fuerza y esplendor están en su templo.
Versículo antes del Evangelio (Cf. Lc 2,32): Aleluya. Tú eres, Señor, la luz que alumbra a las naciones y la gloria de tu pueblo, Israel. Aleluya.
Texto del Evangelio (Lc 2, 22-35): Cuando se cumplieron los días de la purificación según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor.
Y he aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y en él estaba el Espíritu Santo. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al Niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre Él, le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel».
Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de Él. Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: «Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción -¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!- a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones».
Señor, dame un corazón humilde y confiado, como el de Simeón y Ana, como el de María. Ellos no tenían nada y, precisamente por eso, se acercaban a Ti, ponían en Ti toda su confianza, cumplían tu voluntad, observaban la ley.
Señor, líbrame de la idolatría de las riquezas, no dejes que tenga otro Dios fuera de Ti y ayúdame a vivir siempre atento a Ti y a tu palabra. No permitas que confíe demasiado en las personas, ni siquiera en mis propias fuerzas. Qué sólo confíe plenamente en Ti.
Ayúdame a estar siempre disponible para caminar hacia Ti, para compartir todo lo que tengo con total generosidad, sin dejarme atar por ninguna propiedad.
Dame sabiduría y fuerza para ser libre de verdad, para renunciar a todo lo que me aparte de Ti, para estar abierto del todo a la plenitud de tu Amor.
Algo en tus labios tienes que embelesas a quienesquiera, amor, te han conocido. Algo en tus labios dulces escondido para sentirme así, cuando me besas.
Puede que de ese amor que me profesas me hayan tus labios dado su cumplido: si alegres, gozo, y tristes, su quejido, para sentirme así, cuando me besas.
Puede que cuando, al fin, por mí regresas, después de haber de mí lejos huido, dejen tus labios ver lo que has sufrido, para sentirme así, cuando me besas.
Puede que en esos labios haya impresas huellas de una pasión que has reprimido. Puede que sea mi amor quien la ha encendido, para sentirme así, cuando me besas.
Pueden, quizá, tus cálidas promesas haberme en esos labios seducido, pero jamás pensara, enloquecido, sentirme así morir, cuando me besas.
Buenos días. Feliz Navidad. Hoy domingo celebramos la Sagrada Familia de Nazaret, que es nuestro modelo. Madre que con fe dice SÍ al plan de Dios, lo guarda en su corazón y lo transmite en sus obras. Un padre bueno, justo y piadoso que trata de guardar del peligro a su familia y que es capaz de abrir su corazón y descubrir la voluntad de Dios. Y un hijo que crece rodeado de fe y amor. Hoy las lecturas nos ayudan a reflexionar sobre la importancia de la familia como núcleo de la sociedad y nos recuerdan que debemos mucho a la familia, ya que es el lugar donde crecemos en sabiduría, gracia y fe y que nos permite desarrollar nuestras cualidades. Hoy damos gracias a Dios por nuestras familias y pedimos que sea siempre el amor lo que guíe y una a las familias. Seamos buenos y confiemos en Dios, que nos ayuda a sobrellevarnos con fe y amor.
1ª Lectura (Eclo 3, 2-6.12-14): El Señor honra al padre en los hijos y respalda la autoridad de la madre sobre la prole. El que honra a su padre queda limpio de pecado; y acumula tesoros, el que respeta a su madre. Quien honra a su padre, encontrará alegría en sus hijos y su oración será escuchada; nel que enaltece a su padre, tendrá larga vida y el que obedece al Señor, es consuelo de su madre. Hijo, cuida de tu padre en la vejez y en su vida no le causes tristeza; aunque se debilite su razón, ten paciencia con él y no lo menosprecies por estar tú en pleno vigor. El bien hecho al padre no quedará en el olvido y se tomará a cuenta de tus pecados.
Salmo responsorial: 127
R/. Dichosos los que temen al Señor y siguen sus caminos.
Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos. Comerás del fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien.
Tu mujer, como parra fecunda, en medio de tu casa; tus hijos, como renuevos de olivo, alrededor de tu mesa.
Esta es la bendición del hombre que teme al Señor. Que el Señor te bendiga desde Sión, que veas la prosperidad de Jerusalén todos los días de tu vida.
2ª Lectura (Col 3, 12-21): Como elegidos de Dios, santos y amados, vestíos de la misericordia entrañable, bondad, humildad, dulzura, comprensión. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos, cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo. Y por encima de todo esto, el amor, que es el ceñidor de la unidad consumada. Que la paz de Cristo actúe de árbitro en vuestro corazón; a ella habéis sido convocados, en un solo cuerpo. Y sed agradecidos.
La palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; corregíos mutuamente. Cantad a Dios, dadle gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados. Y, todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él.
Mujeres, vivid bajo la autoridad de vuestros maridos, como conviene en el Señor. Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas. Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, que eso le gusta al Señor. Padres, no exasperéis a vuestros hijos, no sea que pierdan los ánimos.
Versículo antes del Evangelio (Col 3, 15a.16a): Aleluya. Que en sus corazones reine la paz de Cristo; que la palabra de Cristo habite en ustedes con toda su riqueza. Aleluya.
Texto del Evangelio (Mt 2, 13-15.19-23): Después que se fueron los Magos, el Ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, toma contigo al niño y a su madre y huye a Egipto; y estate allí hasta que yo te diga. Porque Herodes va a buscar al niño para matarle». Él se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se retiró a Egipto; y estuvo allí hasta la muerte de Herodes; para que se cumpliera el oráculo del Señor por medio del profeta: De Egipto llamé a mi hijo.
Muerto Herodes, el Ángel del Señor se apareció en sueños a José en Egipto y le dijo: «Levántate, toma contigo al niño y a su madre, y ponte en camino de la tierra de Israel; pues ya han muerto los que buscaban la vida del niño». El se levantó, tomó consigo al niño y a su madre, y entró en tierra de Israel. Pero al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allí; y avisado en sueños, se retiró a la región de Galilea, y fue a vivir en una ciudad llamada Nazaret; para que se cumpliese el oráculo de los profetas: «Será llamado Nazareno».
Buenos días. Feliz Navidad. Hoy por la mañana celebramos el segundo día de la Octava de Navidad, que es la celebración de san Juan evangelista. Y nos cuenta en sus escritos que la Palabra, que se ha hecho carne humana, es Dios. Y lo creen en el Evangelio, con la expresión de María Magdalena: “Se han llevado al Señor (el Enviado de Dios)”. A partir de ahí todos corren para ver el sepulcro vacío, prueba de la la resurrección. Juan es testigo y nos narra que entró en el sepulcro y creyó. Creer en el Señor Resucitado significa unirse a la carne mortal como Él lo ha hecho, significa despojarse de toda superioridad y pasar por el mundo como Cristo, y así poder llegar a la vida eterna una vez que hemos entrado con Cristo en su carne mortal, así podemos llegar con Él a su destino divino. Pero esto es un proceso de transformación de nuestra existencia. ¿Estamos dispuestos a morir con Él, para resucitar con Él? Seamos buenos, confiemos en Dios, alegrémonos y celebraremos su gran regalo: la Resurrección.
1ª Lectura (1Jn 1, 1-4): Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos: la Palabra de la vida (pues la vida se hizo visible), nosotros la hemos visto, os damos testimonio y os anunciamos la vida eterna que estaba con el Padre y se nos manifestó. Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos, para que estéis unidos con nosotros en esa unión que tenemos con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Os escribimos esto, para que nuestra alegría sea completa.
Salmo responsorial: 96
R/. Alegraos, justos, con el Señor.
El Señor reina, la tierra goza, se alegran las islas innumerables. Tiniebla y nube lo rodean, justicia y derecho sostienen su trono.
Los montes se derriten como cera ante el dueño de toda la tierra; los cielos pregonan su justicia, y todos los pueblos contemplan su gloria.
Amanece la luz para el justo, y la alegría para los rectos de corazón. Alegraos, justos, con el Señor, celebrad su santo nombre.
Versículo antes del Evangelio: Aleluya. Señor, Dios eterno, alegres te cantamos, a ti nuestra alabanza. A ti, Señor, te alaba el coro celestial de los apóstoles. Aleluya.
Texto del Evangelio (Jn 20, 2-8): El primer día de la semana, María Magdalena fue corriendo a Simón Pedro y a donde estaba el otro discípulo a quien Jesús quería y les dice: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto». Salieron Pedro y el otro discípulo, y se encaminaron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió por delante más rápido que Pedro, y llegó primero al sepulcro. Se inclinó y vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llega también Simón Pedro siguiéndole, entra en el sepulcro y ve las vendas en el suelo, y el sudario que cubrió su cabeza, no junto a las vendas, sino plegado en un lugar aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó.
Señor, ayúdame a escuchar tu voz y a responderte, con la misma decisión y generosidad de Juan Evangelista. Cuando lo llamaste, a orillas del lago Tiberiades, inmediatamente dejo la barca y a su padre y te siguió. No lo dejó para dentro de un rato, o para mañana. Casi no te conocía. No sabía qué le esperaba, pero tu voz resonó en su corazón con tal fuerza que lo dejó todo y te siguió.
Señor, ayúdame a escuchar tu voz y a responderte, con decisión y generosidad.
Señor, ayúdame a acercarme a Ti cada día y a dejar que tu cercanía me transforme, como a Juan. Juan y su hermano Santiago iban en busca de privilegios. Pero estar a tu lado les fue cambiando. Entendieron que es menester beber el cáliz del amor, del servicio y de la entrega hasta la última gota. Experimentaron que el camino de la gloria pasa por Getsemaní y por el Calvario.
Señor, ayúdame a acercarme a Ti cada día y a dejar que tu cercanía me transforme.
Señor, ayúdame a cuidar mi relación contigo, a dejarme amar por Ti, como Juan. Él es "el discípulo a quien Jesús amaba", "el discípulo predilecto", el que se siente amado “hasta el extremo”. También yo soy amado por amado por Ti. Tú me amas como si yo fuera tu único amigo y como si tú fueras el único amor que hay en mi vida. Tú quieres que yo sea tu amigo y en ocasiones parece que me conformo con ser tu siervo.
Señor, ayúdame a cuidar mi relación contigo, a dejarme amar por ti.
Señor, ayúdame a ser miembro activo de mi comunidad cristiana, de la Iglesia, como Juan. Es él una “columna” de la comunidad de Jerusalén. Que sepa agradecer los talentos y capacidades que me has dado, poniéndolos al servicio de la comunidad. Que sepa apoyar mi fe en las columnas de mis hermanos y que mi fe sea columna donde otros puedan encontrar seguridad y fuerza.
Señor, ayúdame a ser miembro activo de mi comunidad cristiana, de la Iglesia.
Señor, dame valentía, humildad y alegría para vivir, compartir y defender nuestra fe en Ti, como Juan. Ante el Sanedrín que perseguía a los primeros cristianos, Juan dijo: "No podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído". Ayúdanos a proclamar nuestra fe, ante el sanedrín de los que te niegan y los que te buscan, ante el sanedrín de facebook, instagram, tik tok o twitter, ante el sanedrín de la injusticia y la pobreza.
Señor, dame valentía, humildad y alegría para vivir, compartir y defender nuestra fe.
En tus brazos de Padre misericordioso nos abandonamos y encomendamos ¡oh, Dios! A través de la oración que te ofrecemos, y por intercesión de santa Fabiola que oró ante Ti para suplicar a tu Misericordia, sanaras sus heridas y las de los demás, te pedimos que sanes las nuestras y nos ayudes a ser misericordiosos para acoger y abrazar al hermano herido, y que con infinito amor, en comunión caminemos hacia tu corazón misericordioso para alabarte, bendecirte y servirte.
Suplicantes, Señor, en el silencio te ofrecemos oraciones para ser misericordiosos como Tú y así dar testimonio vivo de Ti, donando nuestro tiempo y caridad al servicio de los hermanos necesitados.
Señor, toma nuestro compromiso de oración para pedir por las necesidades de los matrimonios divorciados, por nuestros sacerdotes guías espirituales, y porque en nuestro corazón crezca un espíritu de servicio hacia el más necesitado.
¡Oh, Espíritu Santo! Inspira nuestro corazón y nuestra mente para recibir de Ti todo lo bueno y divino, y así nutrir nuestra alma y nuestro ser para poder llevarte y reflejarte, como lo hiciera santa Fabiola un día, por aquellos que necesitaban tanto de Ti. Permítenos tener un corazón limpio y puro, para que te instales y obres en él.
Buenos días. Feliz Navidad. Primer día de la Octava de Navidad. Ayer nos decía el evangelio de Juan que la Palabra vino a los suyos y no la recibieron, pero a los que la recibieron por la fe les dio poder de ser hijos de Dios. Hoy vemos en las lecturas lo que significa ser hijo de Dios: recibir una sabiduría y palabras a las que el mundo no puede hacer frente. Significa la capacidad de mirar al cielo y descubrir la gloria que Dios nos ha prometido. Y significa que por querer ser fieles al amor, sufriremos incomprensión y rechazo. Pero nuestra perseverancia nos hará llegar a Ia Gloria. Seamos buenos, confiemos en Dios y encomendemos nuestra vida en sus manos, que no nos defraudará.
Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 6, 8-10; 7, 54-59
En aquellos días, Esteban, lleno de gracia y poder, realizaba grandes prodigios y signos en medio del pueblo. Unos cuantos de la sinagoga llamada de los libertos, oriundos de Cirene, Alejandría, Cilicia y Asia, se pusieron a discutir con Esteban; pero no lograban hacer frente a la sabiduría y al espíritu con que hablaba.
Oyendo sus palabras se recomían en sus corazones y rechinaban los dientes de rabia. Esteban, lleno de Espíritu Santo, fijando la mirada en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús de pie a la derecha de Dios, y dijo:
«Veo los cielos abiertos y al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios».
Dando un grito estentóreo, se taparon los oídos; y, como un solo hombre, se abalanzaron sobre él, lo empujaron fuera de la ciudad y se pusieron a apedrearlo. Los testigos dejaron sus capas a los pies de un joven llamado Saulo y se pusieron a apedrear a Esteban, que repetía esta invocación:
«Señor Jesús, recibe mi espíritu».
Salmo 30, 3cd-4. 6 y 8ab. 16bc-17 R/. A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu
Sé la roca de mi refugio,
un baluarte donde me salve,
tú que eres mi roca y mi baluarte;
por tu nombre dirígeme y guíame. R/.
A tus manos encomiendo mi espíritu:
tú, el Dios leal, me librarás;
tu misericordia sea mi gozo y mi alegría.
Te has fijado en mi aflicción. R/.
Líbrame de los enemigos que me persiguen.
Haz brillar tu rostro sobre tu siervo,
sálvame por tu misericordia. R/.
Lectura del santo evangelio según san Mateo 10, 17-22
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Cuidado con la gente!, porque os entregarán a los tribunales, os azotarán en las sinagogas y os harán comparecer ante gobernadores y reyes por mi causa, para dar testimonio ante ellos y ante los gentiles.
Cuando os entreguen, no os preocupéis de lo que vais a decir o de cómo lo diréis: en aquel momento se os sugerirá lo que tenéis que decir, porque no seréis vosotros los que habléis, sino que el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros.
El hermano entregará al hermano a la muerte, el padre al hijo; se rebelarán los hijos contra sus padres y los matarán.
Y seréis odiados por todos a causa de mi nombre; pero el que persevere hasta el final, se salvará».
Al leer hoy tu Palabra me pregunto: ¿Cómo doy testimonio de ti? ¿Qué hace de un creyente ser profeta? ¿Qué me pides como profeta de tu Reino?
Y sé que quieres que más que profeta sea profecía, anuncio comprometido, denuncia subversiva, alegría desbordante, optimismo movilizador y esperanza fundamentada. Y sé que quieres que afronte con serenidad el rechazo que vivo cuando te vivo, el rechazo que experimento cuando te anuncio, el rechazo que en mi propia “tierra” veo que causa la radicalidad de tu mensaje y el escándalo de la cruz.
Al leer hoy tu Palabra me pregunto: ¿Qué tipo de profeta soy? ¿Qué genera en mí ser profeta? ¿Qué me exige ser profeta?
Y me doy cuenta que a veces me puede la cobardía o la incoherencia o mi falta de autenticidad y valentía. Y me doy cuenta de que confías siempre en mí. ¡Mucho más de lo que a veces creo! ¡Mucho más de lo que a veces aprovecho! ¡Mucho más de lo que a veces me merezco!
Señor, hazme profeta. Hazme profecía.
Señor, que no tema tanto el rechazo como la esterilidad que produce hacer lo de siempre, lo que todos, lo que se lleva… simplemente por evitar el conflicto y la reacción que provoca escuchar tu Palabra y ponerla en práctica, ponerla en práctica y dar testimonio profético de que lo de tu Reino es verdad y vida verdaderas.