lunes, 31 de agosto de 2026

LUNES XXII T.O. A

 


Hoy lunes la Palabra de Dios nos quiere mostrar que la sabiduría de Dios se hace presente de manera sencilla y humilde; nos dice san Pablo que la sabiduría de Dios se manifiesta en la Cruz de Cristo y no en las palabras bonitas que adornan nuestros oídos. Y esto muestra Jesús en el evangelio, proclama el pasaje de Isaías que será su propósito: evangelizar a los pobres, y para eso el Espíritu de Dios está sobre Él, para curar, cuidar y dar libertad. Y con sus palabras acaba escandalizando a sus paisanos, que están dispuestos a despeñarlo, pero la sabiduría de Dios se abre paso. Hoy nosotros deberíamos preguntarnos si cuando escuchamos la Palabra de Dios buscamos algo bonito para nuestros oídos o si nos dice que tenemos que comprometernos dándonos al servicio de los demás. Seamos buenos y confiemos en Dios, que vivir su voluntad nos hace sabios.



1ª Lectura (1Cor 2, 1-5): Yo, hermanos, cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado. Me presenté a vosotros débil y temblando de miedo; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.


Salmo responsorial: 118

R/. ¡Cuánto amo tu voluntad, Señor!

¡Cuánto amo tu voluntad!: todo el día estoy meditando.

Tu mandato me hace más sabio que mis enemigos, siempre me acompaña.

Soy más docto que todos mis maestros, porque medito tus preceptos.

Soy más sagaz que los ancianos, porque cumplo tus leyes.

Aparto mi pie de toda senda mala, para guardar tu palabra.

No me aparto de tus mandamientos, porque tú me has instruido.


Versículo antes del Evangelio (Cf. Lc 4, 18): Aleluya. El Espíritu del Señor está sobre mí; me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres. Aleluya.


Texto del Evangelio (Lc 4, 16-30): En aquel tiempo, Jesús se fue a Nazaret, donde se había criado y, según su costumbre, entró en la sinagoga el día de sábado, y se levantó para hacer la lectura. Le entregaron el volumen del profeta Isaías y desenrollando el volumen, halló el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor».
Enrollando el volumen lo devolvió al ministro, y se sentó. En la sinagoga todos los ojos estaban fijos en Él. Comenzó, pues, a decirles: «Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír». Y todos daban testimonio de Él y estaban admirados de las palabras llenas de gracia que salían de su boca. Y decían: «¿No es éste el hijo de José?». Él les dijo: «Seguramente me vais a decir el refrán: ‘Médico, cúrate a ti mismo’. Todo lo que hemos oído que ha sucedido en Cafarnaúm, hazlo también aquí en tu patria». Y añadió: «En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su patria. Os digo de verdad: muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses, y hubo gran hambre en todo el país; y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue purificado sino Naamán, el sirio».
Oyendo estas cosas, todos los de la sinagoga se llenaron de ira; y, levantándose, le arrojaron fuera de la ciudad, y le llevaron a una altura escarpada del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarle. Pero Él, pasando por medio de ellos, se marchó.











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