miércoles, 15 de marzo de 2017

HABLA EL CRUCIFIJO QUE ESTÁ EN LA IGLESIA

Quien quiera que por aquí pasas y entras en este sagrado templo, espera un poco y pon los ojos en mí que, siendo inocente, por tus culpas padecí muerte tan cruel.
Mira traspasada mi cabeza con una corona de espinas, corriendo hilos de sangre viva sobre mi rostro, en pena de tus vanos y perversos pensamientos. ¿Y tú, emplearás aún el entendimiento y razón que yo te di, para acrecentar mis dolores?
Mira mis ojos tristísimos y llenos de lágrimas que en esa cruz se oscurecieron para librarte a ti de las tinieblas perdurables. ¿Y tú, me ofenderás con tus ojos lascivos, y los harás ventanas por donde entre la muerte en tu alma?
Mira cómo están mis labios cárdenos y secos, y amargados con hiel y vinagre, en justo castigo de lo que pecaste por tu boca. ¿Y tú soltarás esa lengua para blasfemarme, y para maldecir y murmurar de tu prójimo?
Mira la palidez de mi rostro difunto, afeado con las salivas que escupieron en él mis verdugos, cuando por ti padecía yo tan grandes ultrajes. ¿Y tú me afrentarás todavía, avergonzándote de parecer mi discípulo, entre los impíos y pecadores?
Mira los agujeros de mis manos taladradas por tu amor con los clavos durísimos, para satisfacer la pena de tus malas obras. ¿Y tú osarás hacer de tus manos instrumentos para ofenderme con abominables torpezas?
Mira las llagas de mis pies enclavados también en este árbol de la cruz para redimirte. ¿Y tú, llevarás tus pasos como Judas traidor, por los caminos de la iniquidad, huyendo siempre como Caín de tu Dios?
Mira esa gran herida de mi costado que me abrieron con la lanza para que pudiese derramar por tu amor hasta las últimas gotas de sangre que en mi corazón quedaban. ¿Y tú me pagarás estas finezas de amor imitando la negra ingratitud de los judíos?
Mira todo mi cuerpo descoyuntado, consumido y hecho un retablo de dolores para librarte a ti de los eternos suplicios. ¿Y tú, volverás a crucificarme por no mortificar un poco ese tu cuerpo criminal que debieras mirar como tu mayor enemigo?
Mírame colgado y lleno de ignominia en este patíbulo airentoso, pagando aquí el castigo de la soberbia del hombre. ¿Y tú, te alzarás aún con orgullo, hasta el extremo de no humillarte a nadie ni aun a tu Dios?
Mira cuán desnudo y avergonzado estoy habiéndose los verdugos repartido mis vestiduras. ¿Y tú, añadirás a mi confusión tus impurezas, escándalos y desvergüenzas?
Mira qué pobre y miserable me ha puesto la codicia de los hombres, sin tener una gota de agua para templar mi sed, ni vestido con que cubrir mis carnes, ni otro lecho en que morir que este lecho durísimo de la cruz. ¿Y tú, que tantas veces usaste de mis bienes para ofenderme, no podrás llevar en paciencia alguna falta de las cosas necesarias?
Mírame ultrajado y escarnecido en esta cruz por los autores de mi muerte, y rogando yo a mi Padre Eterno por los sayones que me estaban crucificando. ¿Y tú, no perdonarás a tus enemigos, después de haberte yo perdonado y haberte librado de la muerte eterna?
Mírame clavado en este madero, por obedecer a mi Padre celestial, que con mi pasión y muerte quiso salvar a los pecadores. ¿Y tú, desobedecerás a Dios, y arrojarás como el rebelde Lucifer el yugo suavísimo de mis santos mandamientos?
Mira cuánta sangre derramé por ti cuando con acerbísima muerte te compré el paraíso y la vida eterna. Y tú por un vil interés, por un punto de honra y por un sucio placer venderás el cielo que me ha costado toda la sangre de mis venas?
Mírame, pecador, hecho víctima de propiciación y llevando sobre mí el peso de la ira de Dios, irritada por el pecado de los hombres. ¡Ay de ti si no te conviertes y no te acoges a mi clemencia y misericordia infinita! porque, ¿qué será del pecador, si Dios no perdonó a su unigénito Hijo?
Haz de saber en fin, que cuando yo moría en la cruz, el sol se oscureció, y la tierra tembló con espantoso terremoto, y se quebraron las piedras, y hasta los pérfidos judíos, atemorizados y consternados, se daban golpes al pecho y me confesaban por Hijo de Dios. ¿Y tú, cristiano, serás más insensible que la naturaleza falta de sentido, y más duro que las piedras y más obstinado que los judíos? Hinca pues las rodillas y adórame como a tu divino Redentor en ese venerable madero de la cruz: todo el día te estoy aguardando con los brazos extendidos para abrazarte, no solo a ti sino a todos los pecadores. A todos los tenía presentes cuando por todos padecía y moría. En ti pensaba también, por ti padecía y por ti moría. Y era tanto mi amor que por ti solo hubiera padecido y muerto en esa cruz. No desprecies mi amor: besa con reverencia mis llagas y mezcla tus lágrimas con mi sangre preciosa, para alcanzar por los méritos de mi pasión y muerte la eterna vida.

(Del libro "Manual del pueblo" del R. P. Francisco de P. Morell, S. J., 1894)   


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