Buenos días. Hoy lunes las lecturas explican cómo vivir la santidad: amando al prójimo como a ti mismo. El Levítico es claro: para ser santo como Dios hay que dejar la mentira, el robo, el engaño, la difamación, el odio y la usura. Por eso Jesús en el evangelio explica el final de los tiempos y se muestra como el Pastor que clasifica a los hombre según su santidad, según han amado al prójimo. ¿Donde nos pondrá a nosotros? Seamos buenos, confiemos en Dios y cumplamos y vivamos sus mandamientos, que son santos y alegran el corazón.
1ª Lectura (Lev 19, 1-2.11-18): El Señor habló así a Moisés: «Di a la comunidad de los hijos de Israel: ‘Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo. No robaréis ni defraudaréis ni os engañaréis unos a otros. No juraréis en falso por mi nombre, profanando el nombre de tu Dios. Yo soy el Señor. No explotarás a tu prójimo ni le robarás. No dormirá contigo hasta la mañana siguiente el jornal del obrero. No maldecirás al sordo ni pondrás tropiezo al ciego. Teme a tu Dios. Yo soy el Señor. No daréis sentencias injustas. No serás parcial ni por favorecer al pobre ni por honrar al rico. Juzga con justicia a tu prójimo. No andarás difamando a tu gente, ni declararás en falso contra la vida de tu prójimo. Yo soy el Señor. No odiarás de corazón a tu hermano, pero reprenderás a tu prójimo, para que no cargues tú con su pecado. No te vengarás de los hijos de tu pueblo ni les guardarás rencor, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor’».
Salmo responsorial: 18
R/. Tus palabras, Señor, son espíritu y vida.
La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma; el precepto del Señor es fiel e instruye a los ignorantes.
Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón; la norma del Señor es límpida y da luz a los ojos.
El temor del Señor es puro y eternamente estable; los mandamientos del Señor son verdaderos y enteramente justos.
Que te agraden las palabras de mi boca, y llegue a tu presencia el meditar de mi corazón, Señor, Roca mía, Redentor mío.
Versículo antes del Evangelio (2Cor 6, 2): He aquí el tiempo favorable, he aquí ahora el día de la salvación.




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