jueves, 27 de febrero de 2014

ORACIÓN POR LAS ALMAS BENDITAS DEL PURGATORIO (1)

Esposas muy queridas del Señor, que arrojadas en la cárcel de indecibles penas carecéis de la presencia del Amado hasta que os purifiquéis, como el oro en el crisol, de las reliquias que os dejaron las culpas; vosotras, que desde esas voraces llamas clamáis con mucha razón a vuestros amigos misericordia, yo me compadezco de vuestro dolor, y quisiera tener caudal suficiente para satisfacer vuestra deuda. Pero ya que soy más pobre que vosotras mismas, apelo a la piedad de los justos, a los ruegos de los bienaventurados, al tesoro de las indulgencias, a la intercesión de María Santísima, y a la sangre de Jesucristo, para que por este medio logréis el deseado consuelo, y yo la gracia con que deteste cualquier culpa, aun la más ligera, y con que venza mi pasión dominante, hasta que el Señor nos lleve a la gloria. Amén.

¿QUÉ ES SIGNARSE Y SANTIGUARSE?

Signarse es hacer tres cruces con el dedo pulgar de la mano derecha: la primera, en la frente, diciendo "Por la señal de la Santa Cruz"; la segunda, en la boca, diciendo "de nuestros enemigos"; y la tercera, en el pecho, diciendo "líbranos, Señor, Dios nuestro".
Santiguarse es hacer una cruz con la mano derecha desde la frente al pecho y desde el hombro izquierdo al derecho, diciendo "En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén".
Persignarse es signarse y santiguarse a continuación.

VIRTUDES MORALES O CARDINALES

Las principales virtudes morales son cuatro: prudencia, justicia, fortaleza y templanza.

La prudencia es la virtud que dispone la razón práctica a discernir en toda circunstancia nuestro verdadero bien y a elegir los medios rectos para realizarlo.

La justicia es la virtud que consiste en la constante y firme voluntad de dar a Dios y al prójimo lo que les es debido.

La fortaleza es la virtud que asegura en las dificultades la firmeza y la constancia en la búsqueda del bien.

La templanza es la virtud que modera la atracción de los placeres y procura el equilibrio en el uso de los bienes creados.

martes, 25 de febrero de 2014

SAN JOSÉ ( Santa Teresa de Jesús)

    Tomé por abogado y señor al glorioso San José, y me encomendé mucho a Él... No me acuerdo hasta ahora haber suplicado cosa al glorioso San José que la haya dejado de hacer; es cosa que me espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios por medio de este bienaventurado santo, y de los peligros que me ha librado, así de cuerpo como de alma: que a otros santos parece que les dio el Señor la gracia para socorrer una necesidad; este glorioso santo, tengo experiencia que socorre todas y que quiere el Señor darnos a entender que así como le estuvo sujeto en la tierra..., así en el cielo hace cuanto le pide... Sólo pido, por amor de Dios, que lo pruebe quien no lo creyere, y verá por experiencia el gran bien que es encomendarse a este glorioso Patriarca.
 
            Del "Libro de su vida", de Santa Teresa de Jesús

VIRTUDES TEOLOGALES

Las virtudes teologales son tres: fe, esperanza y caridad.
 
La fe es una virtud sobrenatural por la que creemos firmemente lo que Dios ha revelado y la Iglesia nos enseña.
 
La esperanza es una virtud sobrenatural por la cual confiamos que Dios nos dará la gloria mediante su gracia y nuestras buenas obras.
 
La caridad es una virtud sobrenatural por la que amamos a Dios sobre todas las cosas por ser quien es, y a nosotros y al prójimo por amor de Dios.

ORACIONES EN HONOR DE LOS DOLORES Y ALEGRÍAS DEL GLORIOSO PATRIARCA SAN JOSÉ

    I. ¡Oh Esposo purísimo de María, glorioso San José! Así como fue grande la angustia de vuestro corazón en la perplejidad sobre abandonar a vuestra inmaculada Esposa, así fue grande también vuestra alegría al saber por el Ángel el misterio inefable de la Encarnación.
    Por este dolor y por esta alegría os suplicamos que consoléis a nuestra alma, ahora con una santa vida, y en la hora extrema con morir santamente en medio de Jesús y de María.
    Padre nuestro, Ave María y Gloria.

    II. ¡Oh felicísimo Patriarca, escogido por Dios para servir de padre al Verbo de Dios hecho hombre! Grande fue el dolor que sentiste al ver nacer en tan extrema pobreza el Niño Jesús, y grande también tu alegría al verte en medio de un ejército de ángeles, que con su presencia y celestiales cánticos convirtieron en paraíso la miseria del lugar y la crudeza y tinieblas de aquella noche en que empezó la redención del mundo.
    Os suplicamos por este dolor y por este gozo, que después de esta vida pasemos a oír las alabanzas que dan a Dios los ángeles, y gozar de los resplandores de la gloria celestial.
    Padre nuestro, Ave María y Gloria.

    III. ¡Oh ejecutor obedientísimo de la ley de Dios, glorioso San José! La sangre preciosísima que en la circuncisión derramó Jesús, os traspasó el corazón; pero remedió este dolor el consuelo que sentisteis al llamar al Niño con el nombre dulcísimo de Jesús.
    Por este dolor y por este gozo os suplicamos nos alcancéis la gracia de que corregidos en vida de nuestros vicios, amemos as Jesús, para que grabando en nuestro corazón tan dulce nombre, tengamos la dicha de morir pronunciándolo.
    Padre nuestro, Ave María y Gloria.

    IV. ¡Oh fidelísimo santo, glorioso San José, a quien Dios concedió tener parte en los misterios de la Redención! Si el anuncio que oísteis de los labios de Simeón sobre lo que habrían de padecer Jesús y María os afligió en gran manera, os consoló mucho más el saber que serían infinitas las almas que se habrían de salvar en virtud de sus padecimientos.
    Alcanzadnos por este dolor y por este gozo que seamos del número de los que, por los méritos de Jesús e intercesión de María, hayan de resucitar gloriosos a la vida eterna.
    Padre nuestro, Ave María y Gloria.

    V. ¡Oh, custodio vigilantísimo e íntimo del Hijo de Dios encarnado, glorioso San José! Mucho afán, mucha pena os ocasionó el cuidado de haber de sustentar al Hijo del Altísimo, principalmente en la huída a Egipto; pero también os consoló grandemente el tener al mismo Dios en vuestros brazos, y ver caer en su presencia los ídolos de Egipto.
    Os suplicamos por este dolor y por este gozo, que alejando de nosotros al tirano infernal, sobre todo huyendo de las ocasiones peligrosas, caigan de nuestro corazón los ídolos de los afectos terrenos, para que no perteneciendo sino a Jesús y María vivamos con ellos, para morir santamente en ellos.
    Padre nuestro, Ave María y Gloria.
    VI. ¡Oh ángel de la tierra, glorioso San José, que admiraste al Rey del cielo obediente y sujeto a una señal tuya! Si el consuelo que tuviste al recibir del Ángel la orden de sacar a Jesús de Egipto, te enturbió la noticia de que reinaba Arquelao en lugar de Herodes: asegurado no obstante por el Ángel, arribaste gozoso con Jesús y María a Nazaret.
    Por este dolor y por este gozo te rogamos nos alcances que libre nuestro corazón de temores nocivos, con tranquilidad de espíritu vivamos con Jesús y María, y con ambos también muramos.
    Padre nuestro, Ave María y Gloria.
    VII. ¡Oh modelo de toda santidad, glorioso San José! Si perdiste, y no por culpa tuya, al divino Niño Jesús, añadiéndose a tal dolor la angustia de no encontrarle en tres días; tuviste al fin el consuelo inefable de hallarle en el templo honrado y admirado de los doctores.
    Por este dolor y por este gozo te suplicamos con todas las veras de nuestro corazón que intercedas para que jamás perdamos a Jesús por culpa grave; y que si tuviésemos tal desgracia, le busquemos sin descanso hasta encontrarle, y especialmente en el artículo de la muerte, para pasar a gozar de Él en el cielo, donde con Vos podamos cantar eternamente las misericordias del Señor.
    Padre nuestro, Ave María y Gloria.
    V. Ora pro nobis, S. Joseph.
    R. Ut digni efficiamur promissionibus Christi.
    Deus, qui ineffabili providentia beatum Joseph sanctissimae Genitricis tuae Sponsum eligere dignatus es; praesta, quaesumus, ut quem protectorem veneramur in terris, intercessorem habere mereamur in coelis. Qui vivis et regnas in saecula saeculorum. Amen. 

lunes, 24 de febrero de 2014

LAS BIENAVENTURANZAS

1.ª  Bienaventurados lod pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

2.ª  Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra.

3.ª Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

4.ª Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.

5.ª Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

6.ª Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

7.ª Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

8.ª Bienaventurados los que padecen persecución a causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.

MANDAMIENTOS DE LA SANTA MADRE IGLESIA

1. Oír Misa entera todos los domingos y fiestas de guardar.

2. Confesar los pecados mortales al menos una vez al año, y en peligro de muerte, y si se ha de comulgar.

3. Comulgar por Pascua de Resurrección.

4. Ayunar y abstenerse de comer carne cuando lo manda la Santa Madre Iglesia.

5. Ayudar a la Iglesia en sus necesidades.

ORACIÓN DE LA NOCHE

  ¡Dios mío y Señor mío! Os doy gracias por los beneficios que hoy me habéis concedido. Os pido perdón de todas las faltas que he cometido durante este día; me pesa de todo corazón de haberos ofendido y propongo firmemente nunca más pecar, ayudado de vuestra divina gracia.
  Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía.
  Jesús, José y María, asistidme en mi última agonía.
  Jesús, José y María, con Vos descanse en paz el alma mía.

ORACIÓN A SAN JOSÉ (5)



¡Oh cuán justamente, santísimo José, habéis sido escogido por especial protector de los agonizantes y de todos los que desean una buena muerte! Porque, en verdad, fue la vuestra tan dulce y tranquila, que no es de maravillar sea envidiada de todos los justos. Vos tuvisteis a uno y otro lado  de vuestra cama a Jesús y a María, y Vos los visteis rivalizar en caridad, para recompensaros en la muerte los servicios que a ambos hicisteis durante vuestra vida. Jesús y María os suministraban con su propia mano los auxilios que vuestra dolencia pedía. Jesús os consolaba con palabras del cielo, mientras que María con amor, más de madre que de esposa, atendía a todas vuestras necesidades. ¡Oh cuántas veces Jesús, mientras que con una mano sostenía vuestra lánguida cabeza, os abrazaba amorosamente con la otra! ¡Oh cuántas enjugó María el sudor de vuestra pálida frente! Moríais de amor, oh José, al sentir confortada vuestra agonía por un Dios, y asistida vuestra dolencia por la Madre del mismo Dios. Cerró en paz sus ojos el santo viejo Simeón, después de haber tenido a Jesús una sola vez en sus brazos; y Vos, José venturosísimo, que por tantos años le tuvisteis en vuestra compañía haciéndole y recibiendo de él cien caricias; Vos que sabíais que Dios mismo recogería vuestro último suspiro en el ósculo santo con que os despediría Jesús; Vos finalmente que no ignorabais que vuestros ojos serían cerrados por María; ¿con cuánta más razón que aquel anciano y venerable Profeta podríais exclamar al morir: "Nunc dimittis servum tuum, patrem tuum, Domine Fili mi Jesu, secundum verbum tuum in pace"? Y ya que vuestra muerte ¡oh gran Patriarca! fue tan honrada, tan dulce, tan bella y tan preciosa, imploro por ella vuestra protección, a fin de que, en aquella hora tan terrible para los pecadores, me alcancéis un verdadero dolor de mis pecados, junto con una gran confianza en la misericordia de mi Señor y en los méritos de María: desde ahora para entonces lo pido diciéndoos:
    Jesús, José y María, asistidme en mi agonía.

LA MISA DE SAN JOSÉ (Cuento de Aurelio Macedonio Espinosa))

    Había una vez un hombre viudo que tenía tres hijos. Y tenía la costumbre de pagarle una misa a San José en su día cada año. Y cuando ya sus tres hijos estaban mayorcitos y ya hacía muchos años que se había muerto la madre, se murió el mayor el mismo día de San José por la tarde. Y el pobre padre se disgustó mucho con San José, y por unos días estuvo tan triste y tan acongojado, que ya ni se acordaba de rezarle a San José.
    Pero al llegar otra vez el día de San José, se acordó de la costumbre que tenía de decirle su misa en su día, y fue a ver al cura y le pagó por la misa a San José. Y esa misma tarde se murió el segundo de sus tres hijos.
    Con eso ya el pobre padre estaba tan desesperado y tanto se disgustó con San José, que ya no quiso decirle más misas.
    Y llegó otra vez el día de San José y no le pagó su misa. A todos los santos del cielo les rezaba, menos a San José. Y como vio que el hijo menor no se había muerto el día de San José, ya no se volvió a acordar de San José para nada.
    Conque una noche, cuando estaba rezando en su habitación, se le apareció San José y le dijo:
    - ¿Por qué no me pagas las misas que tenías costumbre de decir?
    Y como el pobre padre estaba tan asustado, nada contestó. Y entonces le dijo el santo:
    - Te he quitado a tus dos hijos mayores porque te iban a deshonrar y se iban a condenar.
    Y le dijo que mirara por la ventana. Y miró el hombre por la ventana, y vio a sus hijos, ya hombres, ahorcados de un árbol. Y le dijo entonces el santo que mirara por otra ventana. Y miró el hombre, y vio a sus dos hijos ardiendo en el infierno. Y le dijo entonces San José:
    - Eso les iba a pasar a tus hijos, y por eso te los he quitado. Y el menor te lo dejo porque ese va a ser santo y arzobispo.
    Y entonces San José desapareció. Y el pobre padre ya vio que San José le había hecho un bien en vez de un mal, y volvió a decirle la misa a San José todos los años hasta que murió.
    Y su hijo menor estudió para cura y fue obispo y después arzobispo, y murió santo. 

                                                                                   De "Cuentos populares de España"

domingo, 23 de febrero de 2014

LA MISA DE LAS ÁNIMAS (Cuento de Aurelio Macedonio Espinosa)

    Ésta era una criada que servía en una casa. Y todos los meses, cuando le pagaban los amos, dejaba dinero para pagar por una misa para el ánima más necesitada. Y estuvo trabajando por muchos años y nunca dejaba de pagar por esa misa.
    Y  llegó el tiempo que la despidieron sus amos y estuvo algún tiempo sin servir. Y vino a verla una amiga suya y la halló muy triste y desconsolada y le preguntó por qué estaba tan triste, que qué le pasaba. Y ella le dijo:
    - Pues mira, ya que eres mi mejor amiga te diré la verdad. Siempre que he servido he tenido la costumbre de pagar cada vez que me pagan a mí una misa por el ánima más necesitada del purgatorio, y este mes como no trabajo me falta el dinero para pagar esa misa. Por eso estoy triste.
    Y su amiga le dijo:
    - Pues por eso no estés triste que yo te daré dinero para que pagues por esa misa.
    Y le dio el dinero y la moza fue en seguida y pagó por que dijeran la misa.
    Y cuando volvía de ver al cura se encontró en el camino con un hombre muy pálido y flaco que le dijo:
    - ¿Por qué estás tan triste?
    Y ella le contestó:
    - Porque me encuentro sin trabajo. Hace ya unos días que he salido de la casa donde servía y ahora no sé qué hacer.
    Y el hombre le dijo:
    - Pues mira, en aquella casa están ahora despidiendo a la criada que tienen. Anda allí y dile a doña Mariana que yo te envié a servir en vez de la que ahora despiden.
    Y se fue la moza a donde le dijo el hombre y llegó y llamó a la puerta. Y salió la señora y le preguntó qué quería. Y ella le dijo:
    - Me ha enviado un señor alto, flaco y pálido que he encontrado en el camino y me ha dicho que aquí les hace falta ahora una criada porque despiden en este momento la que tienen.
    Y le dijo la señora que entrara y le preguntó:
    - ¿Pero quién es ese señor que te ha enviado acá?
    Y entonces la moza vio a un señor que estaba retratado y dijo:
    - Aquel señor que tiene usted retratado allá, ése es el que me ha enviado.
    Y la señora dijo:
    - Pero, ¿cómo es eso? Si ese es mi hijo que murió hace diez años.
    - Pues, ése es, señora, el que me ha dicho que viniera -dijo la moza.
    Y en ese momento miró la moza hacia la puerta y vio al hombre que estaba allí de pie. Y le dijo a la madre:
    - Mire, señora, allí está ahora su hijo, el que me ha dicho que viniera a su casa.
    Y la madre miró hacia la puerta pero no vio nada. Y entonces la moza le dijo al hombre:
    - ¿Verdad que usted me dijo que viniera aquí a servir?
    Y el hombre le dijo que sí. Pero como la madre no veía ni sentía nada le preguntó a la moza por qué la había enviado allí su hijo. Y le contó la moza cómo estaba acostumbrada ella a pagar por una misa cada mes por el ánima más necesitada del purgatorio y que una vez que no servía una amiga le había dado con que pagara la misa; y que después se había encontrado con ese señor, y como la había encontrado triste le había preguntado por qué estaba tan triste, y que cuando ella le había contado lo que le pasaba la había enviado a esa casa.
    Y la madre comprendió que el ánima necesitada era su hijo y que se le había aparecido a la moza para premiarla porque ella pagaba las misas para que él saliera del purgatorio. Y en la casa del hijo nunca pagaban misas. Y la madre entonces le dijo a la moza que estuviera allí con ella toda su vida. Y cuando murió la señora le dejó toda su riqueza a la moza. Y la moza nunca se quiso casar y vivió siempre muy cristiana y daba limosnas a los pobres y pagaba misas para las ánimas del purgatorio. Y cuando murió dejó todo su dinero para que dijeran misas por las ánimas.
 
                               De "Cuentos populares de España" 

sábado, 22 de febrero de 2014

AMOR MEDITERRÁNEO (Bertín Osborne)

Amor que vino fresco a la sombra de un ciprés,
el vuelo de una nube solitaria al atardecer,
amor de arena blanca, luna blanca y blanca sal,
de brisa hecha sonrisa, pies descalzos en el mar,
amor de media tarde y ojos negros junto a mí,
amor mediterráneo.
Amor de dulce música, jazmín tumbado al sol
de pasos en la hierba salpicados por el calor,
amor de cuerpo entero, a fuego lento, piel con piel,
amor fuera del tiempo, amor de espuma, amor de miel,
amor que no se mancha, amor que vuela junto a mí,
amor mediterráneo.
Y yo que he recorrido el mundo entero detrás de ti,
buscando un puerto abierto donde anclarme y echar raíz,
por fin hallé tu sombra donde crece el puro amor,
amor mediterráneo.
Por fin hallé tu sombra donde crece el puro amor,
amor mediterráneo




ORACIÓN A SAN JOSÉ (4)

¡Oh amabilísimo san José, cuán bien conozco ahora la causa de mis recaídas! Si en vez de mi necia presunción hubiera seguido humilde la lección que me das, de huir de los peligros, no habría recaído con tanta frecuencia. De hoy más propongo vigilar sobre mí mismo, atendiendo a mi salud eterna con santo temor. ¡Asísteme tú, oh santo Protector mío! Y cuando veáis ¡oh Custodio fiel de Jesús y Esposo de la Inmaculada María! que la duda, la perplejidad, la turbación asaltan mi corazón en cualquier necesidad del alma, y especialmente en la elección del estado en que el Señor me quiere, o de los medios más a propósito para santificarme en el ya escogido, alcanzadme Vos la luz necesaria para hacer la voluntad de Dios en todo, repitiendo siempre, como Vos acostumbrabais hacerlo "¡viva yo y viva para ver cumplida la voluntad de Dios en todas las cosas!" (Libro de las Revelaciones Celestiales de Santa Brígida).
Por esto os escojo hoy, en presencia de Jesús y de María, por mi Ángel del consejo, a fin de que me dirijáis en todos mis pasos. Vuestro corazón se vio con frecuencia afligido con las angustias de la ansiedad: por ellas os suplico que aceptéis el nombramiento.
V. Ora pro nobis S. Joseph
R. Ut digni efficiamur promissionibus Christi.

ORACIÓN DE SOR CÁNDIDA BELLOTI (RELIGIOSA CAMILIANA DE 107 AÑOS)

Señor, te adoro y te agradezco por tu amor y tu misericordia.

viernes, 21 de febrero de 2014

LOS SIETE DOLORES Y SIETE GOZOS DE SAN JOSÉ

Primer dolor. Cuando al ver preñada a su Esposa la quiso dejar, y gozo, cuando el Ángel le declaró que había concebido por obra del Espíritu Santo.
Segundo dolor. Cuando miró al Niño Dios recién nacido en tanta desnudez y pobreza, y gozo, cuando le vio festejado de los ángeles, y venerado de los pastores.
Tercer dolor. Cuando en la circuncisión le vio herido derramar sangre, y gozo, cuando le puso el nombre de Jesús, sabiendo que había de salvar al mundo.
Cuarto dolor. Cuando oyó profetizar a Simeón los trabajos del Hijo, y el cuchillo de dolor que había de traspasar el corazón de la Madre, y gozo, cuando añadió Simeón que aquel Niño sería el remedio y resurrección de muchos.
Quinto dolor. Cuando por la persecución de Herodes se vio obligado a huir con el Niño y con la Madre a Egipto, y gozo, cuando al entrar el Niño Dios en Egipto cayeron todos los ídolos de aquel reino.
Sexto dolor. Cuando al volver de Egipto supo que reinaba Arquelao, y temió su ira, y gozo, cuando el Ángel le avisó que se retirase a Galilea.
Séptimo dolor. Cuando perdió al Niño Jesús en Jerusalén, y gozo, cuando lo halló después de tres días sentado entre los doctores.

ORACIÓN A SAN JOSÉ (3)

¡Oh, qué confusión para mí, amabilísimo San José, ver en Vos tanta solicitud para encontrar algún abrigo al divino Jesús, y en mí tanta resistencia a las voces con que me llama, por el deseo que tiene de habitar en mi alma, de la que tanto tiempo he dejado pacífico poseedor al demonio!... Y pues conozco que el seros devoto es para mí un oportuno socorro, heme aquí a vuestros pies, glorioso Patriarca. En vuestras manos pongo mi causa, confiando que hablaréis en mi favor a Jesús y a María, a fin de obtenerme la gracia de no estar jamás en pecado mortal. Doy miles de gracias al Señor por la confianza que me inspira en Vos, y espero que dándome por vuestros méritos una contrición perfecta, habitará siempre en mi corazón su gracia, no permitiendo jamás que por el pecado le despida de él. ¡Ah, santo Abogado mío! sed mi protector en los peligros: movedme a acudir a Vos siempre que me vea en alguno, en que pueda faltar a la fidelidad que he prometido a Jesús mi Redentor, y a María mi amada Madre.
V. Ora pro nobis S. Joseph.
R. Ut digni efficiamur promissionibus Christi.

martes, 18 de febrero de 2014

YO, PECADOR (CONFESIÓN GENERAL)

Yo, pecador, me confieso a Dios Todopoderoso, a la bienaventurada siempre Virgen María, al bienaventurado San Miguel Arcángel, al bienaventurado San Juan Bautista, a los Santos Apóstoles San Pedro y San Pablo, a todos los Santos, y a vos, padre, que pequé gravemente con el pensamiento, palabra y obra, por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa; por tanto, ruego a la bienaventurada siempre Virgen María, al bienaventurado San Miguel Arcángel, al bienaventurado San Juan Bautista, a los Santos Apóstoles San Pedro y San Pablo, a todos los Santos, y a vos, padre, que roguéis por mí a Dios nuestro Señor. Amén.

INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA



lunes, 17 de febrero de 2014

ALADINO Y LA LÁMPARA MARAVILLOSA (DE "LAS MIL Y UNA NOCHES")














LA ORACIÓN DE LA MAESTRA (Gabriela Mistral)


¡Señor! Tú que enseñaste, perdona que yo enseñe; que lleve el nombre de maestra, que Tú llevaste por la Tierra.
Dame el amor único de mi escuela; que ni la quemadura de la belleza sea capaz de robarle mi ternura de todos los instantes.
Maestro, hazme perdurable el fervor y pasajero el desencanto. Arranca de mí este impuro deseo de justicia que aún me turba, la protesta que sube de mí cuando me hieren. No me duela la incomprensión ni me entristezca el olvido de las que enseñé.
Dame el ser más madre que las madres, para poder amar y defender como ellas lo que no es carne de mis carnes. Alcance a hacer de una de mis niñas mi verso perfecto y a dejarte en ella clavada mi más penetrante melodía para cuando mis labios no canten más.
Muéstrame posible tu Evangelio en mi tiempo, para que no renuncie a la batalla de cada hora por él.
Pon en mi escuela democrática el resplandor que se cernía sobre tu corro de niños descalzos,
Hazme fuerte aun en mi desvalimiento de mujer, y de mujer pobre; hazme despreciadora de todo poder que no sea puro, de toda presión que no sea la de tu voluntad ardiente sobre mi vida. ¡Amigo, acompáñame!, ¡sosténme! Muchas veces no tendré sino a Ti a mi lado. Cuando mi doctrina sea más cabal y más quemante mi verdad, me quedaré sin los mundanos; pero Tú me oprimirás entonces contra tu corazón, el que supo harto de soledad y desamparo.
Yo sólo buscaré en tu mirada las aprobaciones.
Dame sencillez y dame profundidad; líbrame de ser complicada o banal en mi lección cotidiana.
Dame el levantar los ojos de mi pecho con heridas al entrar cada mañana a mi escuela. Que no lleve a mi mesa de trabajo mis pequeños afanes materiales, mis menudos dolores.
Aligérame la mano en el castigo y suavízame más en la caricia. ¡Reprenda con dolor, para saber que he corregido amando! Haz que haga de espíritu mi escuela de ladrillos. Le envuelva la llamarada de mi entusiasmo su atrio pobre, su sala desnuda.
Mi corazón le sea más columna y mi buena voluntad más oro que las columnas y el oro de las escuelas ricas.

¡Y, por fin, recuérdame, desde la palidez del lienzo de Velázquez, que enseñar y amar intensamente sobre la Tierra es llegar al último día con el lanzazo de Longinos de costado a costado!


COMPOSICIÓN DE FRAY PEDRO DE LOS REYES

Yo ¿para qué nací? Para salvarme.
Que tengo que morir es infalible;
Dejar de ver a Dios y condenarme
Triste cosa será, pero posible.
Posible, ¿y río, y duermo, y quiero holgarme?
Posible, ¿y tengo amor a lo visible?
¿Qué hago, en qué me ocupo, en qué me encanto?
Loco debo de ser, si no soy santo.

SALVE A LA SANTÍSIMA VIRGEN (CÁNTICO PIADOSO)

Reina del cielo,
Madre de Dios,
danos piadosa
tu bendición.

Salve, María,
mística rosa,
Madre gloriosa
del Salvador.
Canten mis labios
con dulce acento,
que eres portento
de un Dios de amor.
Satán furioso
manchar quería,
Virgen María,
tu Concepción.
Mas tú humillaste
con pie bendito
del ser maldito
la rebelión.
Salve, María,
nítida Estrella,
la pura y bella
divina flor.
Eres la gloria
de mis loores,
de los amores
divino amor.

sábado, 15 de febrero de 2014

ACTO DE CONTRICIÓN

Señor mío Jesucristo, Dios y hombre verdadero, Criador y Redentor mío: por ser Vos quien sois y porque os amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón haberos ofendido, propongo firmemente nunca más pecar y apartarme de todas las ocasiones de ofenderos, confesarme y cumplir la penitencia que me fuera impuesta; os ofrezco mi vida, obras y trabajos en satisfacción de todos mis pecados; y así como os suplico, así confío en vuestra bondad y misericordia infinita, me los perdonaréis por los merecimientos de vuestra preciosísima Sangre, Pasión y muerte, y me daréis gracia para enmendarme y para perseverar en vuestro santo servicio hasta la muerte. Amén.

viernes, 14 de febrero de 2014

ORACIÓN POR LOS VIVOS Y LOS DIFUNTOS

Derrama, Señor, tus bendiciones sobre mis parientes, mis bienhechores, mis amigos y mis enemigos. Protege a todos los que me has dado por superiores, tanto espirituales como temporales. Socorre a los pobres, a los prisioneros, a los afligidos, a los viajeros, a los enfermos, a los agonizantes. Convierte a los herejes y a los pecadores e ilumina a los infieles. Dios de bondad y de misericordia, ten también piedad de las benditas almas del Purgatorio, especialmente de las de mi mayor obligación. Dígnate poner fin a sus penas y concederles el eterno descanso. Amén.

ORACIÓN A TODOS LOS SANTOS

Almas bienaventuradas, que tuvisteis la dicha de llegar a la Gloria, alcanzad para nosotros dos cosas del que es nuestro común Dios y Padre, a saber: que no le ofendamos jamás mortalmente, y que quite de nosotros todo lo que le desagrade. Así sea.

martes, 11 de febrero de 2014

A LA SANTÍSIMA VIRGEN

A Málaga viene
la madre de Dios.
Oye, malagueño,
su amorosa voz.

Ave, ave, ave María.
Ave, ave, ave María.

María te llama.
Ven a la Misión.
Oirás la palabra
del Hijo de Dios.

Ave, ave, ave María.
Ave, ave, ave María.

Si quieres la vida,
si quieres perdón,
la Virgen te llama.
Ven a la Misión.

Ave, ave, ave María.
Ave, ave, ave María.

La Virgen María
sonríe de amor
cuando oye a sus hijos
tan dulce canción.

Ave, ave, ave María.
Ave, ave, ave María.

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Salve, Madre, en la tierra de los amores
te saludan los cantos que alza el amor,
Reina de nuestras almas, flor de las flores,
muestra aquí de tu gloria los resplandores,
que en el cielo solo te aman mejor.

Virgen pura, Virgen santa,
vida, esperanza y dulzura
del alma que en ti confía,
madre de Dios, madre mía,
cuando mi vida alentare
todo mi amor para ti,
mas si de ti me olvidare,
madre mía, madre mía,
tú no te olvides de mí.

                                          

 "Cancionero de la Santa Misión" (Málaga, febrero de 1950)



miércoles, 9 de octubre de 2013

ORACIÓN CONTRA TODO MAL MUY PODEROSA (Autor anónimo)

Espíritu del Señor, Espíritu de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo; Santísima Trinidad, Virgen Inmaculada, ángeles y arcángeles, santos del paraíso: descended sobre mí.
Fúndeme, Señor. Modélame, lléname de Ti, utilízame. Expulsa de mí todas las fuerzas del mal, aniquílalas, destrúyelas para que yo pueda estar bien y hacer el bien. Expulsa de mí los maleficios, las brujerías, la magia negra, las misas negras, los hechizos y ataduras, las maldiciones y el mal de ojo; la infestación diabólica, la posesión diabólica y la obsesión y perfidia; todo lo que es mal, pecado, envidia, celos, enfermedad física, psíquica, moral, espiritual y diabólica. Quema todos estos males en el infierno, para que nunca más me toquen a mí ni a ninguna otra criatura en el mundo.
Ordeno y mando con la fuerza de Dios omnipotente, en nombre de Jesucristo Salvador, por intercesión de la Virgen Inmaculada, a todos los espíritus inmundos, a todas las presencias que me molestan, que me abandonen inmediatamente y que se vayan al infierno eterno, encadenados por San Miguel Arcángel, por san Gabriel, por san Rafael, por nuestros ángeles custodios, aplastados bajo el talón de la Virgen Santísima Inmaculada. Amén.

sábado, 21 de septiembre de 2013

ORACIÓN POR LA CURACIÓN INTERIOR (PADRE ROY GISLAIN)

 
Señor Jesús: Tú has venido a curar los corazones heridos y atribulados. Te ruego

que cures los traumas que provocan turbaciones en mi corazón; te ruego en especial que

cures a aquellos que son causa de pecado. Te pido que entres en mi vida, que me cures de

los traumas psíquicos que me han afectado en tierna edad y de aquellas heridas que me han

provocado a lo largo de toda la vida. Señor Jesús: Tú conoces mis problemas, los pongo

todos en tu corazón de Buen Pastor. Te ruego, en virtud de aquella gran llaga abierta en tu

corazón que cures las pequeñas heridas que hay en el mío. Cura las heridas de mis

recuerdos, a fin de que nada de cuanto me ha acaecido me haga permanecer en el dolor, en

la angustia, en la preocupación. Cura Señor todas esas heridas íntimas que son causa de

enfermedades físicas. Yo te ofrezco mi corazón; acéptalo Señor; purifícalo y dame los

sentimientos de tu Corazón divino. Ayúdame a ser humilde y benigno. Concédeme Señor la

curación del dolor que me oprime por la muerte de las personas queridas. Haz que pueda

recuperar la paz y la alegría por la certeza de que tú eres la Resurrección y la Vida. Hazme

testigo auténtico de tu Resurrección, de tu victoria sobre el pecado y la muerte, de tu

presencia viviente entre nosotros. Amén.

ORACIÓN MUY PODEROSA Y EFICIENTE (POR EL PADRE PETER MARY ROOKEY, ESTADOS UNIDOS)

 
Señor Jesús: vengo ante ti tal como soy. Siento mucho haber pecado; me arrepiento

de mis pecados. Por favor, perdóname.

En tu nombre, perdono a todos aquellos que me han hecho daño. Renuncio con todo

mi corazón a Satanás, a todos los espíritus malignos y a sus obras. Te doy todo mi ser,

Señor Jesús, y te acepto como mi Señor, Dios y Salvador. Sáname, cámbiame y fortaléceme

tanto en cuerpo como alma y espíritu.

Ven Señor Jesús... Cúbreme con tu preciosa sangre y lléname de tu Santo Espíritu.

Te quiero, Señor Jesús. Te alabo, Señor Jesús. Y te doy gracias, Jesús.

Te seguiré todos los días de mi vida.

María Madre de Dios, Reina de la Paz, y todos los santos y ángeles del cielo: por

favor ayudadme. Amén.

ORACIÓN DE SANACIÓN DE LOS RECUERDOS (PADRE EMILIANO TARDIF)



Padre de bondad, Padre de Amor, yo te bendigo, te alabo y te doy gracias porque, por amor, nos has dado a Jesús.
Gracias Padre porque a la luz de tu Espíritu comprendemos que Él es la Luz, la Verdad y el buen Pastor que ha venido para que tengamos vida en abundancia.
Hoy, Padre, quiero presentarme: me conoces por mi nombre. Me presento a ti para que pongas sobre mi vida tu mirada de Padre. Tú conoces mi corazón y todas las heridas de mi historia. Tú sabes todo lo que he querido hacer y no he hecho. Tú sabes lo que he hecho y el daño que me han hecho. Tú conoces mis límites, mis errores y mis pecados. Tú conoces mis traumas y los complejos de mi vida.
Hoy, Padre, te pido, por el Amor de tu Hijo Jesús, que derrames tu Espíritu Santo sobre mí, para que el calor de tu Amor sanador penetre hasta lo más íntimo de mi corazón.
Tú que sanas los corazones desgarrados y vendas las heridas, sáname. Padre, entra en mi corazón como entraste en la casa donde estaban tus discípulos acobardados. Tú te apareciste en medio de ellos y les dijiste: «La Paz esté con vosotros». Entra en mi corazón y llénalo de tu Paz. Llénalo de tu Amor. Sé que el Amor expulsa el miedo. Entra en mi vida y sana mi corazón.
Sabemos, Señor, que lo haces cada vez que te lo pido y te lo pido ahora con María, Tu Madre. Ella que estuvo en las bodas de Caná, cuando ya no tenían vino, Tú respondiste a su deseo transformando el agua en vino.
Cambia mi corazón; dame un corazón generoso, afable, lleno de bondad. Dame un corazón nuevo. Haz brotar en mí los frutos de tu presencia. Dame los frutos de tu Espíritu, que son: Amor, Paz y Alegría. Haz que descienda sobre mí el Espíritu de las Bienaventuranzas para que pueda saborear y buscar a Dios cada día viviendo sin complejos ni traumas junto a mi cónyuge, familia y hermanos.
Te doy las gracias, Padre, por lo que haces hoy en mi vida. Te doy gracias con todo mi corazón porque eres Tú quien me sana, me libera y quien rompe mis cadenas y me devuelve mi libertad. Gracias, Señor porque soy templo de tu Espíritu y éste templo no puede ser destruido porque es la Casa de Dios. Te doy gracias Señor por el don de la fe y por el amor que has puesto en mi corazón. ¡Bendito y alabado seas siempre, Señor!

lunes, 19 de agosto de 2013

HIMNO DE GRATITUD AL MAESTRO ECUATORIANO

 
Gratitud al Maestro, que alumbra
nuestra vida y la llena de estrellas;
gratitud de la Patria que, en ellas,
ve otro cielo, en palabras de luz.
Gratitud de la Patria, que sabe
lo que sufre el Maestro y se afana,
frente al joven, la voz del mañana;
junto al niño, inocencia y virtud.

¡Oh Maestro que estás en la Cátedra
de tus labios queremos la aurora;
tu palabra es la luz que se aflora
y amanece en las cumbres del bien!
Nadie quiera laureles de gloria,
si en el pecho de barro le falta
la grandeza más noble y más alta:
Gratitud a quien hizo un laurel.

Niños todos, amad vuestras aulas,
la lección del Maestro y su ejemplo;
porque, en ellas también hay un templo,
que la Patria construye en su honor.
Gratitud: ¡flor del alma! Perfume,
que en el pecho embalsama la vida;
nada puede el ingrato que olvida,
quien le abrió las ventanas al sol.

 
 
 


LA ZORRA Y EL BUSTO (Daniel Barros Gretz)

  Según cuenta don Félix
María Samaniego
y La Fontaine lo mismo,
después de Esopo y Fedro,
"dijo la Zorra al Busto,
después de olerlo:
-Tu cabeza es hermosa,
pero sin seso".
Mas yo he sabido después
que, por permisión de Dios,
arrugando el entrecejo,
el buen Busto contestó:
 
  "Cierto es que no tengo seso,
mas sirvo de adorno y soy
de todos los transeúntes
la constante admiración.
A nadie hice mal ninguno,
y aunque sin talento estoy,
el arte rival me hizo
de natura en perfección.
Pero a ti, animal perverso,
¿de qué te sirve el honor
de estar provisto de sesos,
si te falta discreción?
No sabes más que hacer daño,
bicho cobarde y traidor,
y tu puntiagudo hocico
se ceba en la destrucción
de animales inocentes,
con sensualidad atroz.
A mí nadie me desprecia,
nadie me guarda rencor,
y honrado en mi pedestal
do el arte me puso estoy,
mientras que a ti te persiguen
todos cual a vil ladrón".
 
  ¡Cuántos raposos astutos
en el mundo he visto yo,
que creen reírse del busto
y merecen el sermón!

LA VÍCTIMA VERDUGO (Cayetano Fernández)

Un severo monarca
hubo en lo antiguo,
que tal condena puso
al asesino:
¡Llevar a cuestas
el horrendo cadáver
la vida entera!
 
Con sistema tan raro,
el buen difunto,
de víctima pasaba
a ser verdugo.
Con la conciencia,
¿no sucede lo mismo
cuando se peca?

domingo, 18 de agosto de 2013

CIELO E INFIERNO: VERDADES DE DIOS (María Vallejo-Nágera)

Cielo e infierno: verdades de Dios

TESTIMONIO DE CATALINA RIBAS SOBRE LA SANTA MISA




Era la vigilia del día de la Anunciación y los componentes de nuestro grupo


habíamos ido a confesarnos. Algunas de las señoras del grupo de oración no alcanzaron a


hacerlo y dejaron su confesión para el día siguiente antes de la Santa Misa.

Cuando llegué al día siguiente a la iglesia un poco atrasada, el señor arzobispo y los

sacerdotes ya estaban saliendo al presbiterio. Dijo la Virgen con aquella voz tan suave y

femenina que a una le endulza el alma:

—Hoy es un día de aprendizaje para ti y quiero que prestes mucha atención, porque

de lo que seas testigo hoy, todo lo que vivas en este día, tendrás que compartirlo a la

humanidad.

Me quedé sobrecogida sin entender, pero procurando estar muy atenta.

Lo primero que percibí es que había un coro de voces muy hermosas que cantaban

como si estuviesen lejos. En momentos se acercaban y luego las voces se alejaban;

producían una música como la del sonido del viento.

El señor arzobispo empezó la Santa Misa y al llegar a la oración penitencial dijo la

Santísima Virgen:

—Desde el fondo de tu corazón pide perdón al Señor por todas tus culpas, por

haberlo ofendido, así podrás participar dignamente de este privilegio que es asistir a la

Santa Misa.

Seguramente que por una fracción de segundo pensé: «Pero si estoy en gracia de

Dios... Me acabo de confesar anoche». Ella contestó:

—¿Y crees que desde anoche no has ofendido al Señor? Déjame que Yo te recuerde

algunas cosas. Cuando salías para venir aquí, la persona que te ayuda se acercó para pedirte

algo y como estabas retrasada y con prisas, le contestaste de malas maneras. Eso ha sido

una falta de caridad por tu parte. ¿Y dices que no has ofendido a Dios? De camino hacia

aquí un autobús se ha atravesado en tu camino y casi te choca. Te expresaste en forma poco

conveniente contra ese pobre hombre, en lugar de venir haciendo tus oraciones,

preparándote para la Santa Misa... Has faltado a la caridad y has perdido la paz, la

paciencia. ¿Y dices no haber lastimado al Señor? Has llegado en el último momento,

cuando ya la procesión de los celebrantes está saliendo para celebrar la misa... Y vas a

participar en ella sin una previa preparación...

—Ya, Madre mía. Ya no me digas más... No me recuerdes más cosas porque me

voy a morir de tristeza y vergüenza —contesté.

—¿Por qué tienen que llegar en el último momento? Ustedes deberían estar antes

para poder hacer una oración y pedir al Señor que envíe Su Santo Espíritu, que les otorgue

un espíritu de paz que eche fuera al espíritu del mundo, las preocupaciones, los problemas y

las distracciones para ser capaces de vivir este momento tan sagrado. Pero llegan casi al

comenzar la misa, y participan como si participaran en un evento cualquiera, sin ninguna

preparación espiritual. ¿Por qué? Es el milagro más grande, van a vivir el momento de

regalo más grande de parte del Altísimo y no lo saben apreciar.

Era bastante. Me sentía tan mal que tuve más que suficiente para pedir perdón a

Dios, no solamente por las faltas de ese día, sino por todas las veces que, como muchísimas

otras personas, esperé a que terminara la homilía del sacerdote para entrar en la iglesia. Por

las veces que no supe o me negué a comprender lo que significaba estar allí, por las veces

que tal vez habiendo estado mi alma llena de pecados más graves, me había atrevido a

participar de la Santa Misa. Era día de fiesta y debía recitarse el gloria. Dijo Nuestra

Señora:

—Glorifica y bendice con todo tu amor a la Santísima Trinidad en tu

reconocimiento como criatura suya.

¡Qué distinto fue aquel gloria! De pronto me veía en un lugar lejano, lleno de luz

ante la presencia majestuosa del trono de Dios, y con cuánto fervor fui agradeciendo al

repetir: «Por tu inmensa gloria te alabamos, te bendecimos, te adoramos, te glorificamos; te

damos gracias, Señor, Dios Rey Celestial, Dios Padre Todopoderoso...». Y evoqué el rostro

paternal del Padre lleno de bondad... «Señor, Hijo único Jesucristo, Señor Dios, Cordero de

Dios, Hijo del Padre, Tú que quitas el pecado del mundo». Y Jesús estaba delante de mí,

con ese rostro lleno de ternura y misericordia. Y entonces pedí: «Señor: líbrame de todo

espíritu malo, mi corazón te pertenece, Señor mío envíame tu paz para conseguir el mejor

provecho de esta Eucaristía y que mi vida dé sus mejores frutos. Espíritu Santo de Dios,

transfórmame, actúa en mí, guíame... ¡Oh Dios, dame los dones que necesito para servirte

mejor!».

Llegó el momento de la liturgia de la palabra y la Virgen me hizo repetir: «Señor,

hoy quiero escuchar Tu Palabra y producir fruto abundante. Que tu Santo Espíritu limpie el

terreno de mi corazón para que tu Palabra crezca y se desarrolle, purifica mi corazón para

que esté bien dispuesto».

La Virgen me dijo:

—Quiero que estés atenta a las lecturas y a toda la homilía del sacerdote. Recuerda

que la Biblia dice que la Palabra de Dios no vuelve sin haber dado fruto. Si estás atenta,

quedará algo en ti de todo lo que escuches. Debes tratar de recordar todo el día esas

palabras que dejaron huella en ti. Serán dos frases unas veces; otras será la lectura del

Evangelio entera. Tal vez solo una palabra... Deberás paladear el resto del día y eso hará

carne en ti, porque ésa es la manera de transformar la vida, haciendo que la Palabra de Dios

lo transforme a uno. Y ahora dile al Señor que estás aquí para escuchar lo que quieres que

Él diga hoy a tu corazón».

Nuevamente agradecí a Dios por darme la oportunidad de escuchar su Palabra y le

pedí perdón por haber tenido el corazón tan duro por tantos años y haber enseñado a mis

hijos que deberían ir a Misa solo los domingos, porque así lo mandaba la Iglesia, no por

amor ni por necesidad de llenarse de Dios... Yo que había asistido a tantas Eucaristías, más

por compromiso que por otra cosa y con ello creía estar salvada. De vivirla, ni soñar; de

poner atención en las lecturas y la homilía del sacerdote, menos... ¡Cuánto dolor sentí por

tantos años de pérdida inútil, por mi ignorancia! ¡Cuánta superficialidad en las misas a las

que asistimos porque es una boda, una misa de funeral o porque tenemos que hacernos ver

con la sociedad! ¡Cuánta ignorancia sobre nuestra Iglesia y sobre los sacramentos! ¡Cuánto

desperdicio en querer instruirnos y culturizarnos en las cosas del mundo, que en un

momento pueden desaparecer sin quedarnos nada, y que al final de la vida no nos sirven ni

para alargar un minuto nuestra existencia! Y sin embargo, de aquello que va a ganarnos un

poco de cielo en la tierra y luego la vida eterna, no sabemos nada... ¡Y nos queremos llamar

cultos!

Un momento después llegó el ofertorio, y la Santísima Virgen dijo. «Reza así...».

Yo la seguía: «Señor, te ofrezco todo lo que soy, lo que tengo, lo que puedo, todo lo pongo

en Tus manos. Edifica Tú, Señor, con lo poco que soy. Por los méritos de tu Hijo,

transfórmame, Dios Altísimo. Te pido por mi familia, por mis bienhechores, por cada

miembro de nuestro apostolado, por todas las personas que nos combaten, por aquellos que

se encomiendan a mis pobres oraciones... Enséñame a poner mi corazón en el suelo para

que su caminar sea menos duro. Así oraban los santos, así quiero que lo hagáis».

[...]

De pronto empezaron a ponerse de pie unas figuras que no había visto antes. Era

como si del lado de cada persona que estaba en la catedral saliera otra persona y aquello se

llenó de unos personajes jóvenes, hermosos. Iban vestidos con túnicas muy blancas y

fueron saliendo hasta el pasillo central dirigiéndose hacia el altar. Dijo nuestra Madre:

—Observa: son ángeles de la guarda de cada una de las personas que están aquí. Es

el momento en que su ángel de la guarda lleve sus ofrendas y peticiones ante el altar del

Señor.

En aquel momento estaba completamente asombrada porque esos seres tenían

rostros tan hermosos, tan radiantes como no puede uno imaginarse. Lucían unos rostros

muy bellos, casi femeninos, sin embargo la complexión de su cuerpo, sus manos, su

estatura, eran de hombre. Los pies desnudos no pisaban el suelo, sino que iban como

deslizándose, como resbalando. Aquella procesión era muy hermosa. Algunos de ellos

sujetaban como una fuente de oro con algo que brillaba mucho con una luz blanca-dorada.

Dijo la Virgen:

—Son los ángeles de la guarda de las personas que están ofreciendo esta Santa Misa

por muchas intenciones, aquellas personas que están conscientes de lo que significa esta

celebración, aquellas que tienen algo que ofrecer al Señor... Ofrezcan en este momento...

Ofrezcan sus penas, sus dolores, sus ilusiones, sus tristezas, sus alegrías, sus peticiones.

Recuerden que la misa tiene un valor infinito, por lo tanto sean generosos en ofrecer y en

pedir.

Detrás de los primeros ángeles venían otros que no sujetaban nada en las manos, las

llevaban vacías. Dijo la Virgen:

—Son los ángeles de las personas que estando aquí no ofrecen nada, que no tienen

interés en vivir cada momento litúrgico de la misa y no tienen ofrecimientos que llevar ante

el altar del Señor.

En último lugar iban otros ángeles que estaban medio tristones, con las manos

juntas en oración pero con la mirada baja.

—Son los ángeles de la guarda de las personas que estando aquí, no están, es decir:

de las personas que han venido forzadas, que han venido por compromiso, pero sin ningún

deseo de participar de la Santa Misa y los ángeles van tristes porque no tienen qué llevar

ante el altar, salvo sus propias oraciones. No entristezcan al su ángel de la guarda... Pidan

mucho, pidan por la conversión de los pecadores, por la paz en el mundo, por sus

familiares, sus vecinos, por quienes se encomiendan a sus oraciones. Pidan, pidan mucho,

pero no solo por ustedes, sino por los demás también. Recuerden que el ofrecimiento que

más agrada al Señor es cuando se ofrecen ustedes mismos como holocausto, para que Jesús,

al bajar, los transforme por sus propios méritos. ¿Qué tienen que ofrecer al Padre por sí

mismos? La nada y el pecado, pero al ofrecerse unidos a los méritos de Jesús, aquel

ofrecimiento es grato al Padre.

Aquel espectáculo, aquella procesión era tan hermosa que difícilmente podría

compararse a otra. Todas aquellas criaturas celestiales haciendo una reverencia ante el altar,

unas dejando su ofrenda en el suelo, otras postrándose de rodillas con la frente casi en el

suelo y después de llegar allá, desaparecían de mi vista.

Llegó el momento final del Prefacio y cuando la asamblea decía: «Santo, santo,

santo...», de pronto todo lo que estaba detrás del los celebrantes desapareció. Del lado

izquierdo del señor arzobispo hacía atrás en forma diagonal aparecieron miles de ángeles

pequeños, grandes, otros con alas inmensas, con alas pequeñas... todos vestidos con unas

túnicas como las albas blancas de los sacerdotes o monaguillos. Todos se arrodillaban con

las manos unidas en oración y en reverencia inclinaban la cabeza. Se escuchaba una música

preciosa, como si fueran muchísimos coros con distintas voces y todos decían al unísono

junto el pueblo: «Santo, santo, santo...». Había llegado el momento de la consagración, el

momento del más maravilloso de los milagros... Del lado derecho del arzobispo hacia atrás

en forma también diagonal, una multitud de personas iban vestidas con la misma túnica

pero en colores pastel: rosa, verde, celeste, lila, amarillo... En fin, de distintos colores muy

suaves. Sus rostros también eran brillantes, llenos de gozo, parecían tener todos la misma

edad. Se podía apreciar (y no puedo decir por qué) que había gente de distintas edades, pero

todos parecían igual en las caras, sin arrugas, felices. Todos se arrodillaban también ante el

canto de «santo, santo, santo es el Señor...».

Dijo Nuestra Señora:

—Son todos los santos y bienaventurados del cielo y entre ellos, también están las

almas de los familiares de ustedes que gozan ya de la presencia de Dios.

Entonces la vi. Allá justamente a la derecha del señor arzobispo, un paso detrás del

celebrante, estaba un poco suspendida del suelo, arrodillada sobre unas telas muy finas,

transparentes pero a la vez luminosas, como agua cristalina, la Santísima Virgen con las

manos unidas, mirando atenta y respetuosamente al celebrante. Me hablaba desde allá, pero

silenciosamente, directamente al corazón sin mirarme.

—¿Te llama la atención verme un poco más atrás del monseñor, verdad? Así debe

ser... Con todo lo que me ama Mi Hijo, no me hada dado la dignidad que da a un sacerdote

de poder traerlo entre mis manos diariamente, como lo hacen las manos sacerdotales. Por

ellos siento tan profundo respeto y por todo el milagro que Dios realiza a través suyo, que

me obliga a arrodillarme aquí.

¡Dios mío, cuánta dignidad, cuánta gracia derrama el Señor sobre las almas

sacerdotales y ni nosotros, ni tal vez muchos de ellos somos conscientes! Delante del altar

empezaron a salir unas sombras de personas de color gris que levantaban las manos hacia

arriba. Dijo la Virgen Santísima:

—Son las almas benditas del purgatorio que están a la espera de las oraciones de

ustedes para refrescarse. No dejen de rezar por ellas. Piden por ustedes, pero no pueden

pedir por ellas mismas, son ustedes quienes tienen que pedir por ellas para ayudarlas a salir

para encontrarse con Dios y gozar eternamente de Él. Ya lo ves, aquí estoy todo el tiempo...

La gente hace peregrinaciones y busca los lugares de mis apariciones, y está bien por todas

las gracias que allá reciben, pero en ninguna aparición, en ninguna parte estoy más tiempo

presente que en la Santa Misa. Al pie del altar donde se celebra la Eucaristía, siempre me

van a encontrar; al pie del sagrario permanezco Yo con los ángeles, porque estoy siempre

con Él.

Ver ese rostro hermoso de la Madre en aquel momento «santo», al igual que todos

ellos, con el rostro resplandeciente, con las manos juntas en espera de aquel milagro que se

repite continuamente, era estar en el mismo cielo. Y pensar que hay gente, que hay

personas que podemos estar en ese momento distraídas, hablando... Que se quedan de pie,

cruzando los brazos, como si nada hubiera ante ellos en ese momento.

Dijo la Virgen:

—Dile al ser humano que nunca un hombre es más hombre que cuando dobla las

rodillas ante Dios.

El celebrante dijo las palabras de la consagración. Era una persona de estatura

normal, pero de pronto empezó a crecer, a volverse lleno de luz sobrenatural entre blanca y

dorada que lo envolvía y se centraba muy fuerte en la parte del rostro, de modo que no

podía ver sus rasgos. Cuando levantaba la Forma vi sus manos y tenían unas marcas en el

dorso de las cuales salía mucha luz. ¡Era Jesús! Era Él que con su Cuerpo envolvía al del

celebrante como si rodeara amorosamente las manos del señor arzobispo. En ese momento

la Sagrada Forma comenzó a crecer y crecer enorme, y en ella el rostro maravilloso de

Jesús mirando hacia su pueblo. Por instinto quise bajar la cabeza y dijo Nuestra Señora:

—No agaches la mirada, levanta la vista, contémplalo, cruza tu mirada con la suya y

repite la oración de Fátima: Señor, yo creo, adoro, espero y te amo; te pido perdón por los

que no creen, no adoran, no esperan y no te aman. Perdón y misericordia... Ahora dile

cuánto le amas, rinde tu homenaje al Rey de Reyes.

Se lo dije. Parecía que solo a mí me miraba desde la Sagrada Forma, pero supe que

así contemplaba a cada persona, lleno de amor... Luego bajé la cabeza hasta tener la frente

en el suelo, como hacían los ángeles y bienaventurados del cielo. Por fracción de un

segundo tal vez, pensé qué era aquello que Jesús tomara el cuerpo del celebrante y al

mismo tiempo que estuviera en la Hostia Sagrada, que al bajarla el celebrante se volvía

nuevamente pequeña. Tenía yo las mejillas llenas de lágrimas y no podía salir de mi

asombro. Inmediatamente monseñor dijo las palabras de la consagración del vino y junto a

sus palabras, empezaron unos relámpagos en el cielo y en el fondo. No había techo en la

iglesia ni paredes; todo había desparecido y quedaba como luz solo aquel resplandor

brillante del altar. De pronto suspendido en el aire vi a Jesús crucificado, de la cabeza a la

parte baja del pecho. El tronco transversal de la cruz estaba sostenido por unas manos

grandes, fuertes. De en medio de aquel resplandor se desprendió una lucecita como de una

paloma muy pequeña, pero muy brillante. Dio una vuelta velozmente por toda la iglesia y

se fue a posar en el hombro izquierdo del señor arzobispo, que seguía siendo Jesús, porque

podía distinguir su melena y sus llagas luminosas, su cuerpo grande, pero no podía ver su

rostro...

Arriba, Jesús crucificado estaba con el rostro caído sobre el lado derecho del

hombro. Podía contemplar el rostro y los brazos golpeados y descarnados. En el costado

derecho tenía una herida, en el pecho, y salía sangre a borbotones hacia la izquierda, y

hacia la derecha pienso que agua, pero muy brillante; más bien eran chorros de luz que iban

dirigiéndose hacia los fieles moviéndose hacia derecha e izquierda. ¡Me asombraba la

cantidad de sangre que fluía hacia el Cáliz! ¡Pensé que iba a resbalar y manchar todo el

altar!, pero no cayó una sola gota... En ese momento dijo la Virgen:

—Éste es el milagro de los milagros; te lo he repetido, para el Señor no existe ni

tiempo, ni distancia y en el momento de la consagración toda la asamblea es trasladada al

pie del calvario en el instante de la crucifixión de Jesús.

¿Puede alguien imaginarse eso? Nuestros ojos no lo pueden ver, pero todos estamos

allá, en el momento en el que a Él lo están crucificando y está pidiendo perdón al Padre, no

solamente por quienes lo matan, sino por cada uno de nuestros pecados. A partir de aquel

día no me importa si me toman por loca, pero pido a todos que se arrodillen, que traten de

vivir con el corazón y toda la sensibilidad de que son capaces aquel privilegio que el Señor

nos concede. Cuando íbamos a rezar el padrenuestro, habló el Señor por primera vez

durante la celebración y dijo:

—Aguarda, quiero que ores con la mayor profundidad que seas capaz y que en este

momento traigas a tu memoria a la persona o personas que más daño te hayan ocasionado

durante tu vida, para que las abraces junto a tu pecho y les digas de todo corazón: «En el

nombre de Jesús yo te perdono y te deseo la paz. En el nombre de Jesús te pido perdón y te

deseo mi paz». Si esa persona merece la paz, la va a recibir y le hará mucho bien; si esa

persona no es capaz de abrirse a la paz, esa paz volverá a tu corazón. Pero no quiero que

recibas y des la paz a otras personas cuando no eres capaz de perdonar y sentir esa paz

primero en tu corazón. Cuidado con lo que hacen. Ustedes repiten en el padrenuestro:

perdónanos así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden. Si ustedes son capaces

de perdonar y no olvidan, como dicen algunos, están condicionando el perdón de Dios.

Están diciendo perdóname únicamente como yo soy capaz de perdonar y no más allá.

No sé cómo explicar mi dolor al comprender cuánto podemos herir al Señor y

cuánto podemos lastimarnos nosotros mismos con tantos rencores, sentimientos malos y

cosas feas que nacen de los complejos y de las susceptibilidades. Perdoné, perdoné de

corazón y pedí perdón a todos los que me habían lastimado alguna vez para sentir la paz del

Señor. El celebrante decía: «La paz esté con ustedes...». De pronto vi que en medio de

algunas personas que se abrazaban (no todos), se colocaba en medio una luz muy intensa,

supe que era Jesús y me abalancé prácticamente a abrazar a la persona que estaba a mi lado.

Pude sentir verdaderamente el abrazo del Señor en esa luz, era él que me abrazaba para

darme su paz, porque en ese momento había sido yo capaz de perdonar y de sacar de mi

corazón todo el dolor que tenía contra otras personas. Eso es lo que Jesús quiere:

compartir ese momento de alegría abrazándonos para desearnos su paz. Llegó el

momento de la comunión de los celebrantes, ahí volví a notar la presencia de todos los

sacerdotes junto a Monseñor. Cuando él comulgaba, dijo la Virgen:

—Éste es el momento de pedir por el celebrante y los sacerdotes que lo acompañan.

Repite junto a Mí: «Señor, bendícelos, santifícalos, ayúdalos, purifícalos, ámalos, cuídalos,

sostenlos con tu amor...». Recuerden ahora a todos los sacerdotes del mundo, oren por

todas las almas consagradas.

Hermanos, ése es el momento en que debemos pedir por los sacerdotes, porque ellos

son Iglesia, como también lo somos nosotros los laicos. Muchas veces los laicos exigimos

mucho a los sacerdotes, pero somos incapaces de rezar por ellos, de entender que son

personas humanas, de comprender y valorar la soledad que muchas veces puede rodear a un

sacerdote. Debemos comprender que los sacerdotes son personas como nosotros y que

necesitan comprensión, cuidado, afecto, atención por parte nuestra, porque están dando su

vida por cada uno de nosotros, como Jesús, consagrándose a Él. El Señor quiere que la

gente del rebaño ore y ayude en la santificación de sus pastores. Algún día, cuando estemos

al otro lado, comprenderemos la maravilla que el Señor ha hecho al darnos sacerdotes que

nos ayuden a salvar nuestra alma.

Empezó la gente a salir de los bancos para ir a comulgar. Había llegado el gran

momento del encuentro, de la comunión. El Señor me dijo:

—Espera un momento; quiero que observes algo.

Por un impulso interior levanté la vista hacia la persona que iba a recibir la

comunión en la lengua de manos del sacerdote. Debo aclarar que esta persona era una de

las señoras de nuestro grupo que la noche anterior no había alcanzado a confesarse y lo hizo

esa mañana, antes de la Santa Misa. Cuando el sacerdote colocaba la Sagrada Forma sobre

su lengua, como un


flash de luz, aquella luz muy dorada-blanca atravesó a esta persona por


la espalda primero, y luego fue bordeándola en la espalda, los hombros y la cabeza. Dijo el


Señor:


—¡Así es como Yo me complazco en abrazar a un alma que viene con el corazón


limpio a recibirme!

El matiz de la voz de Jesús era de una persona contenta. Yo estaba atónita mirando

a esa amiga volver hacia su asiento rodeada de luz, abrazada por el Señor, y pensé en la

maravilla que nos perdemos tantas veces por ir con nuestras pequeñas o grandes faltas a

recibir a Jesús, cuando tiene que ser una fiesta. Muchas veces decimos que no hay

sacerdotes para confesarse a cada momento y el problema no está en confesarse a cada

momento. El problema radica en nuestra facilidad para volver a caer en el mal. Por otro

lado, así como nos esforzamos por ir a buscar un salón de belleza o los señores un

peluquero cuando tenemos una fiesta, tenemos que esforzarnos también en ir a buscar un

sacerdote cuando necesitamos que saque todas esas cosas sucias de dentro de nosotros, pero

no tener la desfachatez de recibir a Jesús en cualquier momento con el corazón lleno de

cosas feas.

Cuando me dirigía a recibir mi comunión, Jesús repetía:

—La última cena fue el momento de mayor intimidad con los míos... En esa hora

del amor instauré lo que ante los ojos de los hombres podría ser la mayor locura, hacerme

prisionero del amor. Instauré la Eucaristía. Quise permanecer con ustedes hasta la

consumación de los siglos, porque mi amor no podía soportar que quedaran huérfanos

aquellos a quienes amaba más que a mi vida.

Cuando llegué a mi asiento, al arrodillarme dijo el Señor: «Escucha». Y en un

momento comencé a escuchar dentro de mí las oraciones de una señora que estaba sentada

delante de mí, y que acababa de comulgar. Lo que ella decía sin abrir la boca era más o

menos así: «Señor, acuérdate que estamos a fin de mes y no tengo el dinero para pagar la

renta, las letras del coche, los colegios de los niños... Tienes que hacer algo para

ayudarme... Por favor, haz que mi marido deje de beber tanto, pues no puedo soportar más

sus borracheras; y mi hijo menor va a perder el año otra vez si no le ayudas, tiene exámenes

la semana que viene... Y no te olvides de la vecina que debe mudarse de casa, que lo haga

de una vez porque ya no lo puedo aguantar, etc.».

De pronto el señor arzobispo dijo: «Oremos», y obviamente toda la asamblea se

puso de pie para la oración final. Jesús dijo en tono triste:

—¿Te has dado cuenta? Ni una sola vez me ha dicho que me ama, ni una sola vez

ha agradecido el don que Yo le he hecho de bajar mi divinidad hasta su pobre humanidad,

para elevarla hacia Mí. Ni una sola vez ha dicho: gracias, Señor. Ha sido una letanía de

peticiones... y así son casi todos los que vienen a recibirme. Yo he muerto por amor y estoy

resucitado. Por amor espero a cada uno de ustedes y por amor permanezco con ustedes,

pero ustedes no se dan cuenta que necesito de su amor.

Cuando el celebrante iba a impartir la bendición final, la Santísima Virgen dijo:

—Atenta, cuidado... Ustedes hacen un garabato en el lugar de la señal de la cruz.

Recuerda que esta bendición puede ser la última que recibas en tu vida de manos de un

sacerdote. Tú no sabes si saliendo de aquí te vas a morir o no, y no sabes si vas a tener la

oportunidad de que otro sacerdote te dé una bendición. Esas manos consagradas te están

dando la bendición en el nombre de la Santísima Trinidad, por lo tanto, haz la señal de la

cruz con respeto y como si fuera la última vez de tu vida.

Jesús me pidió que me quedara con Él unos minutos más después de finalizar la

misa. Dijo:

—No salgan a la carrera terminada la misa; quédense un momento en mi compañía,

disfruten de ella y déjenme disfrutar de ustedes.

De niña escuché decir a alguien que el Señor permanecía en nosotros como cinco o

diez minutos después de la comunión. Se lo pregunté en ese momento:

—¿Señor, verdaderamente cuánto tiempo te quedas después de la comunión con

nosotros?

Supongo que el Señor se debió de reír de mí, porque contestó:

—Todo el tiempo que tú quieras tenerme contigo. Si me hablas todo el día,

dedicándome unas palabras durante tus quehaceres, te escucharé. Yo estoy siempre con

ustedes; son ustedes los que me dejan a Mí. Salen de la misa y se acabó el día de guardar.

Cumplieron con el día del Señor y se acabó. No piensan que me gustaría compartir vida

familiar con ustedes, al menos ese día.