Buenos días. Hoy Lunes Santo las lecturas nos explican la misión del Mesías y la dura realidad de cómo su acción se vuelve incómoda para las autoridades que tienen miedo de perder el poder. Pero Cristo no ha venido a romper la caña cascada ni a apagar la mecha vacilante, sino a convertirse en la luz que ilumina. María, la hermana de Lázaro, lo unge con perfume anticipando su sepultura. Judas recrimina el gasto, porque su corazón está lleno del mundo. Hoy nosotros debemos descubrir si estamos dispuestos a prepararnos para morir o si nuestro corazón está agarrado al mundo; en cualquier caso Cristo será la defensa de nuestra vida. Seamos buenos y confiemos en Dios, que abre los ojos al ciego y liberta al justo de la cárcel.
1ª Lectura (Is 42, 1-7): Así dice el Señor: «Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, en quien me complazco. He puesto mi espíritu sobre él, manifestará la justicia a las naciones. No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no la apagará. Manifestará la justicia con verdad. No vacilará ni se quebrará, hasta implantar la justicia en el país. En su ley esperan las islas».
Esto dice el Señor, Dios, que crea y despliega los cielos, consolidó la tierra con su vegetación, da el respiro al pueblo que la habita y el aliento a quienes caminan por ella: «Yo, el Señor, te he llamado en mi justicia, te cogí de la mano, te formé e hice de ti alianza de un pueblo y luz de las naciones, para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la cárcel, de la prisión a los que habitan en tinieblas».
Salmo responsorial: 26
R/. El Señor es mi luz y mi salvación.
El Señor es la defensa de mí vida, ¿quién me hará temblar?
Cuando me asaltan los malvados para devorar mi carne, ellos, enemigos y adversarios, tropiezan y caen.
Si un ejército acampa contra mí, mi corazón no tiembla; si me declaran la guerra, me siento tranquilo.
Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor.
Versículo antes del Evangelio: ¡Salve, Rey nuestro! Sólo tú eres el que se compadece de nuestros errores.






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