Pero de un modo especial derrama tus consuelos sobre el Pontífice Romano, hoy tan atribulado, y sobre la Iglesia, tan oprimida y vejada. ¿No oyes acaso las voces que, de la barquilla de Pedro, fluctuante en el agitado mar de las pasiones, os claman: Señor, sálvanos, que perecemos? Enemigos por dentro y fuera en todas partes nos acosan a trueque de robarnos la paz de hoy y la gloria de mañana.
Esto, pues, os pedimos y siempre os pediremos: la gloria del Cielo y la paz del alma por la gracia en la tierra. Amén.
No hay comentarios:
Publicar un comentario