Buenos días. Hoy sábado por la mañana, las lecturas nos muestran lo que ocurre cuando no confiamos en Dios y actúa nuestro egoísmo y nuestro miedo. Los discípulos se adentran en el mar para cruzar a la otra orilla, y Jesús duerme en medio de la tempestad; sienten miedo y llega la desconfianza: “¿Es que no te importa que perezcamos?”. Jesús increpa al viento y al mar y enmudecen.
El rey David ha pecado y reconoce que se ha apartado de Dios, pero el mal que causamos tiene consecuencias. Dios nos perdona y quiere que no tengamos miedo sino fe y que confiemos que su voluntad siempre será darnos la felicidad, a pesar de nuestros pecados Dios quiere redimirnos y callar al viento y al mar. Seamos buenos y confiemos en Dios, que crea en nosotros un corazón puro.
Lectura del segundo libro de Samuel 12, 1-7a. 10-17
En aquellos días, el Señor envió a Natán a ver a David y, llegado a su presencia, le dijo:
«Había dos hombres en una ciudad, uno rico y el otro pobre. El rico tenía muchas ovejas y vacas. El pobre, en cambio, no tenía más que una cordera pequeña que había comprado. La alimentaba y la criaba con él y con sus hijos. Ella comía de su pan, bebía de su copa y reposaba en su regazo; era para él como una hija.
Llegó un peregrino a casa del rico, y no quiso coger una de sus ovejas o de sus vacas y preparar el banquete para el hombre que había llegado a su casa, sino que cogió la cordera del pobre y la aderezó para el hombre que había llegado a su casa».
La cólera de David se encendió contra aquel hombre y replicó a Natán:
«Vive el Señor que el hombre que ha hecho tal cosa es reo de muerte. Resarcirá cuatro veces la cordera, por haber obrado así y por no haber tenido compasión».
Entonces Natán dijo a David:
«Tú eres ese hombre. Pues bien, la espada no se apartará de tu casa jamás, por haberme despreciado y haber tomado como esposa a la mujer de Urías, el hitita”. Así dice el Señor: “Yo voy a traer la desgracia sobre ti, desde tu propia casa. Cogeré a tus mujeres ante tus ojos y las entregaré a otro, que se acostará con ellas a la luz misma del sol. Tú has obrado a escondidas. Yo, en cambio, haré esto a la vista de todo Israel y a la luz del sol”».
David respondió a Natán:
«He pecado contra el Señor».
Y Natán le dijo:
«También el Señor ha perdonado tu pecado. No morirás. Ahora bien, por haber despreciado al Señor con esa acción, el hijo que te va a nacer morirá sin remedio».
Natán se fue a su casa.
El Señor hirió al niño que la mujer de Urías había dado a David y cayó enfermo.
David oró con insistencia a Dios por el niño. Ayunaba y pasaba las noches acostado en tierra.
Los ancianos de su casa se acercaron a él e intentaban obligarlo a que se levantara del suelo, pero no accedió, ni quiso tomar con ellos alimento alguno.
Salmo 50, 12-13. 14-15. 16-17 R/. Oh, Dios, crea en mí un corazón puro
Oh, Dios, crea en mi un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme.
No me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu. R/.
Devuélveme la alegría de tu salvación,
afiánzame con espíritu generoso.
Enseñaré a los malvados tus caminos,
los pecadores volverán a ti. R/.
Líbrame de la sangre, oh, Dios,
Dios, Salvador mio,
y cantará mi lengua tu justicia.
Señor, me abrirás los labios,
y mi boca proclamará tu alabanza. R/.
Lectura del santo evangelio según san Marcos 4, 35-41
Aquel día, al atardecer, dice Jesús a sus discípulos:
«Vamos a la otra orilla».
Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; otras barcas lo acompañaban. Se levantó una fuerte tempestad y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. Él estaba en la popa, dormido sobre un cabezal.
Lo despertaron, diciéndole:
«Maestro, ¿no te importa que perezcamos?».
Se puso en pie, increpó al viento y dijo al mar:
«¡Silencio, enmudece!».
El viento cesó y vino una gran calma.
Él les dijo:
«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?».
Se llenaron de miedo y se decían unos a otros:
«¿Pero quién es este? ¡Hasta el viento y el mar lo obedecen!».
San Juan Bosco, no ocultó nunca su gran cariño a la Madre de Jesús y madre nuestra.
Es a Ella a quien elige como su auxilio en todo momento y a Ella recurre ante cualquier necesidad.
Pero su gran amor y devoción a Ella nunca le alejó de Jesús, sino que cada vez le acercó más y más a el Señor.
Con esta devoción a la Virgen, san Juan Bosco nos enseña a tener a María como nuestra madre, pues al recurrir a Ella nunca nos quedamos sin respuesta.
Es la madre de todos los cristianos, por tanto, en la figura de san Juan Bosco, podemos aprender que una sincera, pura y recta devoción mariana puede ser remedio eficaz para nuestros desvíos y acogedor amparo ante las tribulaciones
Reza hoy con las palabras de Don Bosco que solía decir así: «Un siervo de María jamás perecerá».
A veces tengo ganas de ser cursi para decir: La amo a usted con locura. A veces tengo ganas de ser tonto para gritar: ¡La quiero tanto!
A veces tengo ganas de ser niño para llorar acurrucado en su seno.
A veces tengo ganas de estar muerto para sentir, bajo la tierra húmeda de mis jugos, que me crece una flor rompiéndome el pecho, una flor, y decir: Esta flor, para usted.
Tú, Señor, que te complaces en habitar en los limpios y sinceros de corazón, por intercesión de santa Martina, virgen y mártir, concédenos vivir de tal manera que merezcamos tenerte siempre entre nosotros. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo. Amén.
Buenos días. Es viernes, recordamos la pasión del Señor y pedimos perdón en nuestra oración. Hoy las lecturas quieren mostrarnos que el Reino de Dios es algo muy profundo y que de manera misteriosa entra en nuestras almas, siempre que estemos dispuestos a acoger sus enseñanzas. Pero cuidado, porque podemos equivocarnos y, en lugar de hacer la voluntad de Dios, hacer nuestra voluntad. Lo mismo que le ocurre al rey David, que aunque cree y confía en Dios, sin embargo, ha pecado contra Dios. Y lo más importante de todo es que Dios muestra misericordia y fidelidad siempre que nos demos cuenta del error y pidamos perdón. Seamos buenos y confiemos en Dios porque en la sentencia Dios siempre tiene razón, pero en su juicio siempre nos mira como inocentes.
1ª Lectura (2Sam 11, 1-4a.5-10a.13-17): Al año siguiente, en la época en que los reyes van a la guerra, David envió a Joab con sus oficiales y todo Israel, a devastar la región de los amonitas y sitiar a Rabá. David, mientras tanto, se quedó en Jerusalén; y un día, a eso del atardecer, se levantó de la cama y se puso a pasear por la azotea del palacio, y desde la azotea vio a una mujer bañándose, una mujer muy bella. David mandó preguntar por la mujer, y le dijeron: «Es Betsabé, hija de Alián, esposa de Urías, el hitita».
David mandó a unos para que se la trajesen. Después Betsabé volvió a su casa, quedó encinta y mandó este aviso a David: «Estoy encinta». Entonces David mandó esta orden a Joab: «Mándame a Urías, el hitita». Joab se lo mandó. Cuando llegó Urías, David le preguntó por Joab, el ejército y la guerra. Luego le dijo: «Anda a casa a lavarte los pies».
Urías salió del palacio, y detrás de él le llevaron un regalo del rey. Pero Urías durmió a la puerta del palacio, con los guardias de su señor; no fue a su casa. Avisaron a David que Urías no había ido a su casa. Al día siguiente, David lo convidó a un banquete y lo emborrachó. Al atardecer, Urías salió para acostarse con los guardias de su señor, y no fue a su casa. A la mañana siguiente, David escribió una carta a Joab y se la mandó por medio de Urías. El texto de la carta era: «Pon a Urías en primera línea, donde sea más recia la lucha, y retiraos dejándolo solo, para que lo hieran y muera». Joab, que tenía cercada la ciudad, puso a Urías donde sabía que estaban los defensores más aguerridos. Los de la ciudad hicieron una salida, trabaron combate con Joab, y hubo bajas en el ejército entre los oficiales de David; murió también Urías, el hitita.
Salmo responsorial: 50
R/. Misericordia, Señor: hemos pecado.
Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado.
Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado: contra ti, contra ti solo pequé, cometí la maldad que aborreces.
En la sentencia tendrás razón, en el juicio resultarás inocente. Mira, en la culpa nací, pecador me concibió mi madre.
Hazme oír el gozo y la alegría, que se alegren los huesos quebrantados. Aparta de mi pecado tu vista, borra en mí toda culpa.
Versículo antes del Evangelio (Cf. Mt 11, 15): Aleluya. Bendito eres, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque revelaste los misterios del Reino a los niños. Aleluya.
Texto del Evangelio (Mc 4, 26-34): En aquel tiempo, Jesús decía a la gente: «El Reino de Dios es como un hombre que echa el grano en la tierra; duerma o se levante, de noche o de día, el grano brota y crece, sin que él sepa cómo. La tierra da el fruto por sí misma; primero hierba, luego espiga, después trigo abundante en la espiga. Y cuando el fruto lo admite, en seguida se le mete la hoz, porque ha llegado la siega».
Decía también: «¿Con qué compararemos el Reino de Dios o con qué parábola lo expondremos? Es como un grano de mostaza que, cuando se siembra en la tierra, es más pequeña que cualquier semilla que se siembra en la tierra; pero una vez sembrada, crece y se hace mayor que todas las hortalizas y echa ramas tan grandes que las aves del cielo anidan a su sombra». Y les anunciaba la Palabra con muchas parábolas como éstas, según podían entenderle; no les hablaba sin parábolas; pero a sus propios discípulos se lo explicaba todo en privado.
Oh san Afraates, modelo y ejemplar bien alto del sacerdote consagrado a su ministerio, viviste intensamente la vida de santidad, enseñaste la fe, la predicaste y polemizaste por defenderla. Te entregaste sin reserva a evangelizar a tu país. Con justicia la Iglesia te incluye entre sus santos y con orgullo tu patria te venera entre sus héroes. San Afraates, maestro de la sabiduría divina, enséñanos a buscar la verdad en humildad y a vivir con rectitud en medio de las pruebas. Amén.
Buenos días. Feliz jueves, hoy rezamos por las vocaciones, especialmente a la vida sacerdotal. Y las lecturas nos expresan una alegría inmensa al descubrir el favor de Dios en todo lo que vivimos. El rey David da gracias ante Dios porque, sin merecerlo, lo ha escogido para que su descendencia reine para siempre. David acoge humilde este regalo de Dios. En el evangelio nos enseña que la luz no se debe esconder, la luz debe alumbrar a todos. Dios nos ha llamado a ser hijos suyos, sus hermanos y hermanas, si acogemos su palabra, para que brille en medio del mundo y no para escondernos. Todo lo que somos y tenemos es gracia de Dios. Seamos buenos, confiemos en Dios y que brille a través de nuestras obras su luz en el mundo.
1ª Lectura (2Sam 7, 18-19.24-29): Después que Natán habló a David, el rey fue a presentarse ante el Señor y dijo: «¿Quién soy yo, mi Señor, y qué es mi familia, para que me hayas hecho llegar hasta aquí? ¡Y, por si fuera poco para ti, mi Señor, has hecho a la casa de tu siervo una promesa para el futuro, mientras existan hombres, mi Señor! Has establecido a tu pueblo Israel como pueblo tuyo para siempre, y tú, Señor, eres su Dios. Ahora, pues, Señor Dios, mantén siempre la promesa que has hecho a tu siervo y su familia, cumple tu palabra. Que tu nombre sea siempre famoso. Que digan: ‘¡El Señor de los ejércitos es Dios de Israel!’. Y que la casa de tu siervo David permanezca en tu presencia. Tú, Señor de los ejércitos, Dios de Israel, has hecho a tu siervo esta revelación: ‘Te edificaré una casa’; por eso tu siervo se ha atrevido a dirigirte esta plegaria. Ahora, mi Señor, tú eres el Dios verdadero, tus palabras son de fiar, y has hecho esta promesa a tu siervo. Dígnate, pues, bendecir a la casa de tu siervo, para que esté siempre en tu presencia; ya que tú, mi Señor, lo has dicho, sea siempre bendita la casa de tu siervo».
Salmo responsorial: 131
R/. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre.
Señor, tenle en cuenta a David todos sus afanes: cómo juró al Señor e hizo voto al Fuerte de Jacob.
«No entraré bajo el techo de mi casa, no subiré al lecho de mi descanso, no daré sueño a mis ojos, ni reposo a mis párpados, hasta que encuentre un lugar para el Señor, una morada para el Fuerte de Jacob».
El Señor ha jurado a David una promesa que no retractara: «A uno de tu linaje pondré sobre tu trono».
«Si tus hijos guardan mi alianza y los mandatos que les enseño, también sus hijos, por siempre, se sentarán sobre tu trono».
Porque el Señor ha elegido a Sión, ha deseado vivir en ella: «Esta es mi mansión por siempre, aquí viviré, porque la deseo».
Versículo antes del Evangelio (Sal 118, 105): Aleluya. Antorcha para mis pies es tu palabra, y luz para mis sendas. Aleluya.
Texto del Evangelio (Mc 4, 21-25): En aquel tiempo, Jesús decía a la gente: «¿Acaso se trae la lámpara para ponerla debajo del celemín o debajo del lecho? ¿No es para ponerla sobre el candelero? Pues nada hay oculto si no es para que sea manifestado; nada ha sucedido en secreto, sino para que venga a ser descubierto. Quien tenga oídos para oír, que oiga».
Les decía también: «Atended a lo que escucháis. Con la medida con que midáis, se os medirá y aun con creces. Porque al que tiene se le dará, y al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará».
Hay ojos que miran, -hay ojos que sueñan, hay ojos que llaman, -hay ojos que esperan, hay ojos que ríen -risa placentera, hay ojos que lloran -con llanto de pena, unos hacia adentro -otros hacia fuera. Son como las flores -que cría la tierra.
Mas tus ojos verdes, -mi eterna Teresa,
los que están haciendo -tu mano de hierba,
me miran, me sueñan, -me llaman, me esperan, me ríen rientes -risa placentera, me lloran llorosos -con llanto de pena, desde tierra adentro, -desde tierra afuera.
En tus ojos nazco, -tus ojos me crean, vivo yo en tus ojos -el sol de mi esfera, en tus ojos muero, -mi casa y vereda, tus ojos mi tumba, -tus ojos mi tierra.
Dios amoroso, Tú has revelado tu amor
a José Freinademetz a través de la vida y
la muerte de tu Hijo, Jesús.
José estaba profundamente
tocado por la entrega de Jesús en la cruz,
para que pudiéramos tener vida contigo.
Lleno del Espíritu de Jesús, José también dio su
vida para que otros pudieran conocer tu amor y
vivir como hermanos de un mismo
Padre.
Por lo tanto, con confianza oramos:
San José Freinademetz, ruega para que tengamos un corazón
que ame y que escuche.
Que como tú, podamos escuchar y responder valerosamente la llamada del Señor en nuestras
vidas.
Ayúdanos para que aprendamos a dar
amorosamente nuestras vidas, al servicio de
nuestros hermanos de todas las clases sociales, credos religiosos
y procedencias culturales.
Que realmente podamos apreciar la diversidad
de nuestra familia humana y celebremos esta
abundancia de vida que compartimos en Dios.
Amén.
Buenos días. Hoy miércoles las lecturas nos transmiten una idea muy importante: Dios quiere habitar en nuestros corazones. David quiere construir un templo a Dios, pero es Dios quien le dice que el único lugar donde quiere vivir es en el corazón del pueblo; por eso, le mantendrá a sus descendientes la esperanza, la gracia y su trono por siempre; de su linaje nacerá el Mesías. Y nosotros hoy estamos invitados a acoger y ser morada del Dios altísimo que reparte su semilla por todas partes para que donde haya tierra buena pueda dar mucho fruto. ¿Acogemos su palabra y le preparamos nuestro corazón para que su semilla habite en nosotros? Si lo hacemos Dios nos acompañará siempre y nunca más sentiremos vacío en el alma. Seamos buenos y confiemos siempre en Dios.
1ª Lectura (2Sam 7, 4-17): En aquellos días, recibió Natán la siguiente palabra del Señor: «Ve y dile a mi siervo David: ‘Así dice el Señor: ¿Eres tú quien me va a construir una casa para que habite en ella? Desde el día en que saqué a los israelitas de Egipto hasta hoy, no he habitado en una casa, sino que he viajado de acá para allá en una tienda que me servía de santuario. Y, en todo el tiempo que viajé de acá para allá con los israelitas, ¿encargué acaso a algún juez de Israel, a los que mandé pastorear a mi pueblo Israel, que me construyese una casa de cedro?’. Pues bien, di esto a mi siervo David: ‘Así dice el Señor de los ejércitos: Yo te saqué de los apriscos, de andar tras las ovejas, para que fueras jefe de mi pueblo Israel. Yo estaré contigo en todas tus empresas, acabaré con tus enemigos, te haré famoso como a los más famosos de la Tierra. Daré un puesto a Israel, mi pueblo: lo plantaré para que viva en él sin sobresaltos, y en adelante no permitiré que los malvados lo aflijan como antes, cuando nombré jueces para gobernar a mi pueblo Israel. Te pondré en paz con todos tus enemigos, y, además, el Señor te comunica que te dará una dinastía. Y, cuando tus días se hayan cumplido y te acuestes con tus padres, afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas, y consolidaré su realeza. Él construirá una casa para mi nombre, y yo consolidaré el trono de su realeza para siempre. Yo seré para él padre, y él será para mí hijo; si se tuerce, lo corregiré con varas y golpes como suelen los hombres, pero no le retiraré mi lealtad como se la retiré a Saúl, al que aparté de mi presencia. Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia; tu trono permanecerá por siempre’». Natán comunicó a David toda la visión y todas estas palabras.
Salmo responsorial: 88
R/. Le mantendré eternamente mi favor.
Sellé una alianza con mi elegido, jurando a David, mi siervo: «Te fundaré un linaje perpetuo, edificaré tu trono para todas las edades».
«Él me invocará: ‘Tú eres mi padre, mi Dios, mi Roca salvadora’; y yo lo nombraré mi primogénito, excelso entre los reyes de la tierra».
«Le mantendré eternamente mi favor, y mi alianza con él será estable; le daré una prosperidad perpetua y un trono duradero como el cielo».
Versículo antes del Evangelio: Aleluya. La simiente es la palabra de Dios, Cristo el sembrador; todo el que le encuentre, permanecerá para siempre. Aleluya.
Texto del Evangelio (Mc 4, 1-20): En aquel tiempo, Jesús se puso otra vez a enseñar a orillas del mar. Y se reunió tanta gente junto a Él que hubo de subir a una barca y, ya en el mar, se sentó; toda la gente estaba en tierra a la orilla del mar. Les enseñaba muchas cosas por medio de parábolas. Les decía en su instrucción: «Escuchad. Una vez salió un sembrador a sembrar. Y sucedió que, al sembrar, una parte cayó a lo largo del camino; vinieron las aves y se la comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde no tenía mucha tierra, y brotó enseguida por no tener hondura de tierra; pero cuando salió el sol se agostó y, por no tener raíz, se secó. Otra parte cayó entre abrojos; crecieron los abrojos y la ahogaron, y no dio fruto. Otras partes cayeron en tierra buena y, creciendo y desarrollándose, dieron fruto; unas produjeron treinta, otras sesenta, otras ciento». Y decía: «Quien tenga oídos para oír, que oiga».
Cuando quedó a solas, los que le seguían a una con los Doce le preguntaban sobre las parábolas. El les dijo: «A vosotros se os ha dado comprender el misterio del Reino de Dios, pero a los que están fuera todo se les presenta en parábolas, para que por mucho que miren no vean, por mucho que oigan no entiendan, no sea que se conviertan y se les perdone».
Y les dice: «¿No entendéis esta parábola? ¿Cómo, entonces, comprenderéis todas las parábolas? El sembrador siembra la Palabra. Los que están a lo largo del camino donde se siembra la Palabra son aquellos que, en cuanto la oyen, viene Satanás y se lleva la Palabra sembrada en ellos. De igual modo, los sembrados en terreno pedregoso son los que, al oír la Palabra, al punto la reciben con alegría, pero no tienen raíz en sí mismos, sino que son inconstantes; y en cuanto se presenta una tribulación o persecución por causa de la Palabra, sucumben enseguida. Y otros son los sembrados entre los abrojos; son los que han oído la Palabra, pero las preocupaciones del mundo, la seducción de las riquezas y las demás concupiscencias les invaden y ahogan la Palabra, y queda sin fruto. Y los sembrados en tierra buena son aquellos que oyen la Palabra, la acogen y dan fruto, unos treinta, otros sesenta, otros ciento».
“Salió un sembrador a sembrar” (Mc 4, 1-20)
Cada mañana, Señor Jesús, sé que sales a sembrar. Tomas sobre Ti infinidad de semillas y repartes sin medida.
Cada mañana, Señor Jesús, sé que me invitas a ser terreno fértil, a ser tierra buena en la que tu semilla caiga, se rompa, eche raíces y germine de manera sorprendente.
Cada mañana, Señor Jesús, me pregunto: ¿Y qué terreno soy yo? ¿Soy de aquel a “lo largo del camino, soy terreno pedregoso o soy terreno lleno de abrojos? Me reconozco, Señor, en todos ellos.
A veces tu Palabra llega a mí pero el ritmo frenético que llevo no me permite ni tan siquiera dedicarte un minuto ¡tengo tanto que hacer y tan poco tiempo para todo!
A veces tu Palabra cae en mí y la recibo con alegría, pero como ando tan liado no dejo tiempo a que eche raíces en mi corazón y acabo por acallarla con mis palabras, mis discursos y mi inmediatez.
A veces siento que tu Palabra no responde a mis necesidades, a mis exigencias, a mis propósitos y planes, y entonces la mínima preocupación es mucho más poderosa que lo que tú quieres decirme y termino ensordecido por mí mismo, por mis cosas y por todo aquello que me hace, en el fondo, estéril.
Pero a veces, Señor Jesús, hago un espacio en mi jornada, escucho tu Palabra, la acojo con humildad y noto cómo mi “tierra” se mueve y siente que estás.
Hoy quiero que así sea, que me hables, que yo te escuche y que deje que eches raíces en mí. Que me conviertas, que me envíes y que mi vida sea testimonio de tu Palabra, convencido de corazón de que la última palabra la tiene tu Palabra.
Podrá nublarse el sol eternamente; podrá secarse en un instante el mar; podrá romperse el eje de la tierra como un débil cristal. ¡Todo sucederá! Podrá la muerte cubrirme con su fúnebre crespón; pero jamás en mí podrá apagarse
Oh Señor, nos encomendarnos a tu divina misericordia por intercesión de santa Ángela de Mérici, para que, siguiendo sus ejemplos de caridad y prudencia, sepamos guardar tu doctrina y llevarla a la práctica en esta vida. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
Buenos días. Es martes y el pasaje del Evangelio de hoy es desconcertante por la respuesta de Jesús: ¿Quiénes son mis hermanos y hermanas y madre? Y su respuesta: Los que cumplen la voluntad del Padre. Hemos sido llamados a ser hijos de Dios, miembros de la familia de Cristo, pero deberíamos vivir según su voluntad y no según nuestro capricho y deseos. Su enseñanza y sus acciones en nuestra vida nos permiten descubrir su presencia en medio de nosotros, pero cuidado con acostumbrarnos a su cercanía y olvidar que Dios es Dios. Por eso, quizá la actitud del rey David de convertir su presencia en una gran fiesta nos ayude a que vivamos con especial atención y cuidado nuestro encuentro con Dios y cuando recemos, cuando estemos en el templo o cuando miremos al prójimo lo debemos hacer descubriendo que Dios está ahí. Seamos buenos y confiemos en Dios, que es el Rey de la Gloria.
1ª Lectura (2Sam 6, 12b-15.17-19): En aquellos días, fue David y llevó el arca de Dios desde la casa de Obededom a la Ciudad de David, haciendo fiesta. Cuando los portadores del arca del Señor avanzaron seis pasos, sacrificó un toro y un ternero cebado. E iba danzando ante el Señor con todo entusiasmo, vestido sólo con un roquete de lino. Así iban llevando David y los israelitas el arca del Señor entre vítores y al sonido de las trompetas. Metieron el arca del Señor y la instalaron en su sitio, en el centro de la tienda que David le había preparado. David ofreció holocaustos y sacrificios de comunión al Señor y, cuando terminó de ofrecerlos, bendijo al pueblo en el nombre del Señor de los ejércitos; luego repartió a todos, hombres y mujeres de la multitud israelita, un bollo de pan, una tajada de carne y un pastel de uvas pasas a cada uno. Después se marcharon todos, cada cual a su casa.
Salmo responsorial: 23
R/. ¿Quién es ese Rey de la gloria? Es el Señor en persona.
¡Portones!, alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas: va a entrar el Rey de la gloria.
¿Quién es ese Rey de la gloria? El Señor, héroe valeroso; el Señor, héroe de la guerra.
¡Portones!, alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas: va a entrar el Rey de la gloria.
¿Quién es ese Rey de la gloria? El Señor, Dios de los ejércitos. Él es el Rey de la gloria.
Versículo antes del Evangelio (Cf. Mt 11, 25): Aleluya. Bendito eres, Padre, Señor del Cielo y de la Tierra, porque revelaste los misterios del Reino a los niños. Aleluya.
Texto del Evangelio (Mc 3, 31-35): En aquel tiempo, llegan la madre y los hermanos de Jesús, y quedándose fuera, le envían a llamar. Estaba mucha gente sentada a su alrededor. Le dicen: «¡Oye!, tu madre, tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan». Él les responde: «¿Quién es mi madre y mis hermanos?». Y mirando en torno a los que estaban sentados en corro, a su alrededor, dice: «Estos son mi madre y mis hermanos. Quien cumpla la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre».
“El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre”(Mc 3, 31-35)
Señor Jesús, mi madre y mis hermanos son aquellos que viven haciendo el bien a los demás, son aquellos que miran por el otro y por los otros antes que por sí mismos, son aquellos que nada quieren para sí si no se puede compartir o si el prójimo, cercano o lejano, no tiene lo indispensable para vivir.
Señor Jesús, mi madre y mis hermanos son aquellos que viven sencillamente, sin ataduras, sin demasiados trastos, muchas veces a la intemperie, desapropiados, expuestos a la vida y comprometidos con la vida de tantos.
Señor Jesús, mi madre y mis hermanos son aquellos que se saben regalo para los demás, que son conscientes de que todo cuanto son no es fruto de la casualidad, ni de la suerte, ni de su esfuerzo, sino fruto de tu amor incondicional por nosotros. Un amor desmedido y en tantas ocasiones inmerecido.
Señor Jesús, mi madre y mis hermanos son aquellos que hablan en parábolas, viven las bienaventuranzas, perdonan 70 veces 7 ¡por decir un número!, cantan y cuentan buenas noticias, incluso sin saber de tu Evangelio, ni de tu Palabra, ni de Ti.
Señor Jesús, mi madre y mis hermanos son quienes viven desviviéndose por los demás, los que aman sin medida, los que perdonan sin condiciones, los que sanan sin medicinas, los que escuchan siempre, los que anhelan justicia y se comprometen por ella, los que leen entre líneas, los que saben interpretar los signos de los tiempos, los que viven apasionados, los que apasionan con su vida, los que te alegran el día, el día que más lo necesitas. Los que no se resignan a la mediocridad dominante y salen a la calle a pedir justicia para todos.
Dame, Señor Jesús, esa madre y esos hermanos. Porque ponen por obra, sin reloj y sin calendario, tu Palabra. Así te lo pido. Así sea.