Buenos días. Feliz Navidad. Hoy miércoles las lecturas nos muestran que una luz grande ha brillado en el pueblo. Y es que esa luz es el Amor de Dios que ha venido al mundo para darnos su Amor, para guiarnos a la auténtica felicidad. Pero acoger la luz de Dios significa convertir nuestras vidas, ser la mejor versión de nosotros mismos. Hermanos, amémosnos, porque quien ama está en Dios y Dios en él. ¿Qué tenemos en nuestro corazón? ¿La luz de Cristo? Seamos buenos y confiemos en Dios, que nos ha convertido en hijos suyos.
1ª Lectura (1Jn 3, 22—4,6): Queridos hijos: Puesto que cumplimos los mandamientos de Dios y hacemos lo que le agrada, ciertamente obtendremos de él todo lo que le pidamos. Ahora bien, éste es su mandamiento: que creamos en la persona de Jesucristo, su Hijo, y nos amemos los unos a los otros, conforme al precepto que nos dio. Quien cumple sus mandamientos permanece en Dios y Dios en él. En esto conocemos, por el Espíritu que él nos ha dado, que él permanece en nosotros.
Hermanos míos, no os dejéis llevar de cualquier espíritu, sino examinad toda inspiración para ver si viene de Dios, pues han surgido por el mundo muchos falsos profetas. La presencia del Espíritu de Dios la podéis conocer en esto: Todo aquel que reconoce a Jesucristo, Palabra de Dios, hecha hombre, es de Dios. Todo aquel que no reconoce a Jesús, no es de Dios, sino que su espíritu es del anticristo. De éste habéis oído decir que ha de venir; pues bien, ya está en el mundo.
Vosotros sois de Dios, hijos míos, y habéis triunfado de los falsos profetas, porque más grande es el que está en vosotros que el que está en el mundo. Ellos son del mundo, enseñan cosas del mundo y el mundo los escucha. Pero nosotros somos de Dios y nos escucha el que es de Dios. En cambio, aquel que no es de Dios no nos escucha. De esta manera distinguimos entre el espíritu de la verdad y el espíritu del error.
Salmo responsorial: 2
R/. Yo te daré en herencia las naciones.
Para predicar su precepto, el Señor me dijo: Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy. Pídeme y te daré las gentes en herencia tuya y en posesión tuya los términos de la tierra.
Y ahora, reyes, entended, sed instruidos lo que juzgáis la Tierra. Servid al Señor con temor y regocijaos en Él con temblor.
Versículo antes del Evangelio (Mt 4, 23): Aleluya. Predicaba Jesús la buena nueva del Reino y sanaba toda enfermedad en el pueblo. Aleluya.







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