Buenos días. Es martes y el pasaje del Evangelio de hoy es desconcertante por la respuesta de Jesús: ¿Quiénes son mis hermanos y hermanas y madre? Y su respuesta: Los que cumplen la voluntad del Padre. Hemos sido llamados a ser hijos de Dios, miembros de la familia de Cristo, pero deberíamos vivir según su voluntad y no según nuestro capricho y deseos. Su enseñanza y sus acciones en nuestra vida nos permiten descubrir su presencia en medio de nosotros, pero cuidado con acostumbrarnos a su cercanía y olvidar que Dios es Dios. Por eso, quizá la actitud del rey David de convertir su presencia en una gran fiesta nos ayude a que vivamos con especial atención y cuidado nuestro encuentro con Dios y cuando recemos, cuando estemos en el templo o cuando miremos al prójimo lo debemos hacer descubriendo que Dios está ahí. Seamos buenos y confiemos en Dios, que es el Rey de la Gloria.
1ª Lectura (2Sam 6, 12b-15.17-19): En aquellos días, fue David y llevó el arca de Dios desde la casa de Obededom a la Ciudad de David, haciendo fiesta. Cuando los portadores del arca del Señor avanzaron seis pasos, sacrificó un toro y un ternero cebado. E iba danzando ante el Señor con todo entusiasmo, vestido sólo con un roquete de lino. Así iban llevando David y los israelitas el arca del Señor entre vítores y al sonido de las trompetas. Metieron el arca del Señor y la instalaron en su sitio, en el centro de la tienda que David le había preparado. David ofreció holocaustos y sacrificios de comunión al Señor y, cuando terminó de ofrecerlos, bendijo al pueblo en el nombre del Señor de los ejércitos; luego repartió a todos, hombres y mujeres de la multitud israelita, un bollo de pan, una tajada de carne y un pastel de uvas pasas a cada uno. Después se marcharon todos, cada cual a su casa.
Salmo responsorial: 23
R/. ¿Quién es ese Rey de la gloria? Es el Señor en persona.
¡Portones!, alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas: va a entrar el Rey de la gloria.
¿Quién es ese Rey de la gloria? El Señor, héroe valeroso; el Señor, héroe de la guerra.
¡Portones!, alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas: va a entrar el Rey de la gloria.
¿Quién es ese Rey de la gloria? El Señor, Dios de los ejércitos. Él es el Rey de la gloria.
Versículo antes del Evangelio (Cf. Mt 11, 25): Aleluya. Bendito eres, Padre, Señor del Cielo y de la Tierra, porque revelaste los misterios del Reino a los niños. Aleluya.
Texto del Evangelio (Mc 3, 31-35): En aquel tiempo, llegan la madre y los hermanos de Jesús, y quedándose fuera, le envían a llamar. Estaba mucha gente sentada a su alrededor. Le dicen: «¡Oye!, tu madre, tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan». Él les responde: «¿Quién es mi madre y mis hermanos?». Y mirando en torno a los que estaban sentados en corro, a su alrededor, dice: «Estos son mi madre y mis hermanos. Quien cumpla la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre».
“El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre”(Mc 3, 31-35)
Señor Jesús, mi madre y mis hermanos son aquellos que viven haciendo el bien a los demás, son aquellos que miran por el otro y por los otros antes que por sí mismos, son aquellos que nada quieren para sí si no se puede compartir o si el prójimo, cercano o lejano, no tiene lo indispensable para vivir.
Señor Jesús, mi madre y mis hermanos son aquellos que viven sencillamente, sin ataduras, sin demasiados trastos, muchas veces a la intemperie, desapropiados, expuestos a la vida y comprometidos con la vida de tantos.
Señor Jesús, mi madre y mis hermanos son aquellos que se saben regalo para los demás, que son conscientes de que todo cuanto son no es fruto de la casualidad, ni de la suerte, ni de su esfuerzo, sino fruto de tu amor incondicional por nosotros. Un amor desmedido y en tantas ocasiones inmerecido.
Señor Jesús, mi madre y mis hermanos son aquellos que hablan en parábolas, viven las bienaventuranzas, perdonan 70 veces 7 ¡por decir un número!, cantan y cuentan buenas noticias, incluso sin saber de tu Evangelio, ni de tu Palabra, ni de Ti.
Señor Jesús, mi madre y mis hermanos son quienes viven desviviéndose por los demás, los que aman sin medida, los que perdonan sin condiciones, los que sanan sin medicinas, los que escuchan siempre, los que anhelan justicia y se comprometen por ella, los que leen entre líneas, los que saben interpretar los signos de los tiempos, los que viven apasionados, los que apasionan con su vida, los que te alegran el día, el día que más lo necesitas. Los que no se resignan a la mediocridad dominante y salen a la calle a pedir justicia para todos.
Dame, Señor Jesús, esa madre y esos hermanos. Porque ponen por obra, sin reloj y sin calendario, tu Palabra. Así te lo pido. Así sea.











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