Buenos días. Hoy miércoles las lecturas nos transmiten una idea muy importante: Dios quiere habitar en nuestros corazones. David quiere construir un templo a Dios, pero es Dios quien le dice que el único lugar donde quiere vivir es en el corazón del pueblo; por eso, le mantendrá a sus descendientes la esperanza, la gracia y su trono por siempre; de su linaje nacerá el Mesías. Y nosotros hoy estamos invitados a acoger y ser morada del Dios altísimo que reparte su semilla por todas partes para que donde haya tierra buena pueda dar mucho fruto. ¿Acogemos su palabra y le preparamos nuestro corazón para que su semilla habite en nosotros? Si lo hacemos Dios nos acompañará siempre y nunca más sentiremos vacío en el alma. Seamos buenos y confiemos siempre en Dios.
1ª Lectura (2Sam 7, 4-17): En aquellos días, recibió Natán la siguiente palabra del Señor: «Ve y dile a mi siervo David: ‘Así dice el Señor: ¿Eres tú quien me va a construir una casa para que habite en ella? Desde el día en que saqué a los israelitas de Egipto hasta hoy, no he habitado en una casa, sino que he viajado de acá para allá en una tienda que me servía de santuario. Y, en todo el tiempo que viajé de acá para allá con los israelitas, ¿encargué acaso a algún juez de Israel, a los que mandé pastorear a mi pueblo Israel, que me construyese una casa de cedro?’. Pues bien, di esto a mi siervo David: ‘Así dice el Señor de los ejércitos: Yo te saqué de los apriscos, de andar tras las ovejas, para que fueras jefe de mi pueblo Israel. Yo estaré contigo en todas tus empresas, acabaré con tus enemigos, te haré famoso como a los más famosos de la Tierra. Daré un puesto a Israel, mi pueblo: lo plantaré para que viva en él sin sobresaltos, y en adelante no permitiré que los malvados lo aflijan como antes, cuando nombré jueces para gobernar a mi pueblo Israel. Te pondré en paz con todos tus enemigos, y, además, el Señor te comunica que te dará una dinastía. Y, cuando tus días se hayan cumplido y te acuestes con tus padres, afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas, y consolidaré su realeza. Él construirá una casa para mi nombre, y yo consolidaré el trono de su realeza para siempre. Yo seré para él padre, y él será para mí hijo; si se tuerce, lo corregiré con varas y golpes como suelen los hombres, pero no le retiraré mi lealtad como se la retiré a Saúl, al que aparté de mi presencia. Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia; tu trono permanecerá por siempre’». Natán comunicó a David toda la visión y todas estas palabras.
Salmo responsorial: 88
R/. Le mantendré eternamente mi favor.
Sellé una alianza con mi elegido, jurando a David, mi siervo: «Te fundaré un linaje perpetuo, edificaré tu trono para todas las edades».
«Él me invocará: ‘Tú eres mi padre, mi Dios, mi Roca salvadora’; y yo lo nombraré mi primogénito, excelso entre los reyes de la tierra».
«Le mantendré eternamente mi favor, y mi alianza con él será estable; le daré una prosperidad perpetua y un trono duradero como el cielo».
Versículo antes del Evangelio: Aleluya. La simiente es la palabra de Dios, Cristo el sembrador; todo el que le encuentre, permanecerá para siempre. Aleluya.
“Salió un sembrador a sembrar” (Mc 4, 1-20)
Cada mañana, Señor Jesús, sé que sales a sembrar. Tomas sobre Ti infinidad de semillas y repartes sin medida.
Cada mañana, Señor Jesús, sé que me invitas a ser terreno fértil, a ser tierra buena en la que tu semilla caiga, se rompa, eche raíces y germine de manera sorprendente.
Cada mañana, Señor Jesús, me pregunto: ¿Y qué terreno soy yo? ¿Soy de aquel a “lo largo del camino, soy terreno pedregoso o soy terreno lleno de abrojos? Me reconozco, Señor, en todos ellos.
A veces tu Palabra llega a mí pero el ritmo frenético que llevo no me permite ni tan siquiera dedicarte un minuto ¡tengo tanto que hacer y tan poco tiempo para todo!
A veces tu Palabra cae en mí y la recibo con alegría, pero como ando tan liado no dejo tiempo a que eche raíces en mi corazón y acabo por acallarla con mis palabras, mis discursos y mi inmediatez.
A veces siento que tu Palabra no responde a mis necesidades, a mis exigencias, a mis propósitos y planes, y entonces la mínima preocupación es mucho más poderosa que lo que tú quieres decirme y termino ensordecido por mí mismo, por mis cosas y por todo aquello que me hace, en el fondo, estéril.
Pero a veces, Señor Jesús, hago un espacio en mi jornada, escucho tu Palabra, la acojo con humildad y noto cómo mi “tierra” se mueve y siente que estás.
Hoy quiero que así sea, que me hables, que yo te escuche y que deje que eches raíces en mí. Que me conviertas, que me envíes y que mi vida sea testimonio de tu Palabra, convencido de corazón de que la última palabra la tiene tu Palabra.
Así te lo pido. Así sea.








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