viernes, 27 de mayo de 2022

EL FURGÓN (Sinesio Delgado)

Iban veintiocho muertos en el carro
del hospital, revueltos y desnudos,
carne medio podrida que a la fosa
desde su lodazal mandaba el mundo.
Cruzando por los baches del camino
se agitaba la carne a cada tumbo
y, con los choques, el montón quedaba
cada vez más informe y más confuso.
De todo había allí: pobres ancianos
por quienes nadie vestirá de luto,
porque dieron sus hijos a la patria
y se quedaron ellos sin ninguno;
infelices mujeres que en la feria
vendieron el amor por un mendrugo
y hallaron, en la fuerza de la vida,
veneno en el placer, muerte en el gusto,
y obreros que cayeron en la lucha
con el aire letal de su tugurio,
y niños que murieron sin que nadie
acercara los labios a los suyos...
Paró en el cementerio el carricoche;
el capellán les dedicó un murmullo
y echó una bendición, de mala gana,
que serviría para todos juntos.
Los obreros que habían de enterrarles
se acercaron corriendo y en tumulto
y abrieron a la par las portezuelas
del armatoste fétido y oscuro.
Tuvo aquello que ver. Hubo blasfemias,
maldiciones y votos como puños.
-¿Qué les pasa? ¿Qué es eso? (dije al cura).
-¡Que les insultan porque vienen muchos!

SINESIO DELGADO, 1890

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