martes, 10 de mayo de 2022

MEDITACIÓN SAN JUAN DE ÁVILA (P. Damián Ramírez)

"Mis ovejas escuchan mi voz" (Jn 10,22-30) 

Señor Jesús ¡cómo me gustaría saber escuchar tu voz como tus santos, como San Juan de Ávila! ¡Cómo me gustaría saber y sentir que mi voluntad, mis decisiones y mis actos son consecuencia de estar a la escucha de tu palabra! Afina Tú, Señor, mi oído, hazme dócil a tu voz, transforma mi vida entera. 

Señor Jesús, haz que sea capaz de escucharte en el grito desgarrador de los que sufren, de los que carecen de oportunidades, de los que sobreviven en su miseria, de los que me miran a los ojos y sin hablar extienden su mano o acompañan su cruz con un letrero en el que piden pan y paz. Afina mi oído, hazme dócil a tu voz, transforma mi vida entera. 

Señor Jesús, haz que también aprenda a escucharte en los testigos, en aquellas personas que viven fiadas totalmente de Ti, cuya alegría comparten sin medida y cuyo servicio hace nuevo todo por donde pasan. Hazme atento a tu voz como ellos. Enséñame a leer tu palabra entrelineas. Haz que tu voz guíe también mis pasos y me sienta renovado cada vez que tus labios pronuncien mi nombre. Afina mi oído, hazme dócil a tu voz, transforma mi vida entera. 

Señor Jesús, amanece. Un nuevo día para escucharte, orarte y alabarte con mi vida. Constancia - crecimiento y confianza… como San Juan de Ávila. Haz que así sea. Así te lo pido, buen pastor, por su intercesión .

Así sea.


Lectura del santo evangelio según san Juan 10, 22-30

Se celebraba en Jerusalén la fiesta de la Dedicación del templo. Era invierno, y Jesús se paseaba en el templo por el pórtico de Salomón. Los judíos, rodeándolo, le preguntaban:
«¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente».
Jesús les respondió: 
«Os lo he dicho, y no creéis; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, esas dan testimonio de mí. Pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas. Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano. Lo que mi Padre me ha dado es más que todas las cosas, y nadie puede arrebatar nada de la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos uno». 






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